Llevo doce años escribiendo mentalmente este post y no lo había escrito nunca, que es lo que pasa siempre con lo que tienes a doscientos metros de casa. He hablado de chiringuitos, de pescaíto, de mercados y de productores, y me había saltado la única cosa que un malagueño pondría en primer lugar sin dudar dos segundos. El espeto no es un plato. Es un procedimiento. Y es, seguramente, la última comida verdaderamente local que queda en esta costa: no se puede industrializar, no se puede llevar a domicilio, no se puede hacer en una cocina y no viaja. O...
Hace cuatro años me senté un domingo por la tarde con una hoja de cálculo abierta y el propósito muy serio de duplicar la facturación. Salieron veintidós ideas. Subir tarifas un quince por ciento. Empaquetar como producto la parte de aprovisionamiento que ya tenía medio hecha. Ir a dos ferias. Meter un plan de soporte gestionado. Contratar a alguien de comercial a media jornada. Escribir en LinkedIn dos veces por semana. Todas razonables. Todas ejecutables. Ninguna estúpida. Dos años después facturaba prácticamente lo mismo y trabajaba bastantes más horas. El problema no fue ninguna de las veintidós. El problema fue...
Llevo escritos unos cuantos domingos sobre la amistad adulta: la cerveza semanal, las sobremesas sin reloj, quedar sin motivo, volver a ver a los de toda la vida. Todos tratan del mismo problema: cómo se conserva lo que ya tienes. Que es difícil, y por eso da para tantos domingos. Pero hay una pregunta que llevo tiempo esquivando porque no tengo una respuesta cómoda, y es la otra mitad del asunto: ¿cómo se hace un amigo nuevo a los cuarenta y muchos? No hablo de conocidos. De conocidos vamos sobrados: gente del trabajo, padres del colegio, vecinos, el del taller,...
Ayer por la tarde compré un rotulador permanente, una plancha de forro adhesivo y un paquete de etiquetas con nombre. Antes de eso, estuve diez minutos delante del expositor calculando cuánto forro necesitaba. Diez minutos. Hubo un tiempo en que esa cuenta la hacía en la puerta del bazar, sin mirar, porque me la sabía: tres. Tres de todo. Este año la respuesta era uno y he tardado diez minutos en aceptarlo. Es el noveno o décimo septiembre que escribo sobre lo mismo sin escribirlo. La vuelta al cole no es un trámite: es el único calendario honesto que tiene...
Quinta y última entrega de mis paellas de amateur, y la he guardado para el final porque es la más rara de las cinco y la que más discusiones genera cuando la cuento: el arroz de chuletón. Que nadie busque tradición detrás, porque no la hay; esto es un invento de patio, de esos que nacen un día que sobra caldo, sobra chuletón y falta vergüenza. Pero tiene una idea técnica dentro —una sola— que me parece la más interesante de toda la serie, y por eso cierra ella: la capa de arroz finísima. La idea que lo cambia todo...