Hace unas semanas, en el post sobre el wabi-sabi, dediqué una sección al kintsugi —el arte japonés de reparar cerámica rota sellando las grietas con oro— y dije que era el objeto que mejor encarna toda esa filosofía. Me quedé con ganas de más, porque despaché en tres párrafos algo que merece su propia entrada. El kintsugi se ha convertido en los últimos años en una metáfora de autoayuda tan manoseada que corre el riesgo de que olvidemos lo mejor: que detrás de la metáfora hay una leyenda estupenda, un oficio real, lento y endiabladamente exigente, y una idea sobre...
En la parte I conté de dónde salió el Réquiem de Verdi y en la parte II, por qué su «Dies irae» sigue dando miedo físico siglo y medio después. Esta tercera parte no va de música. Va de las interpretaciones más importantes que ha tenido esta obra en toda su historia, y no ocurrieron en La Scala, ni en Salzburgo, ni en ningún sitio con lámparas de araña. Ocurrieron en un campo de concentración, a sesenta kilómetros de Praga, con un solo piano y una sola partitura, y las protagonizó gente que sabía que probablemente no viviría para contarlo....
Tengo que empezar con una confesión de orden: hace unas semanas publiqué la parte II de esta serie antes que la parte I. No fue un despiste. El «Dies irae» llevaba días dándome vueltas en la cabeza y no podía esperar a que yo escribiera ordenadamente; hay músicas que exigen paso preferente. Pero un réquiem no es solo su movimiento más famoso, igual que una casa no es solo el salón. Así que hoy toca lo que debió ir primero: la obra entera. De dónde salió, qué clase de hombre la escribió, qué hay en cada uno de sus siete...
Me topé con este libro buscando otra cosa, y me quedé enganchado al título antes que a nada. «El caballero que creyó en sí mismo». Hay algo en esa frase que funciona como un pequeño resorte: no es el caballero más fuerte, ni el más valiente, ni el que mató al dragón más grande. Es el que creyó en sí mismo. Toda la promesa del libro está ahí, en el verbo. Y me pareció un buen punto de partida para hablar un rato de un tema que me interesa —cómo se le enseña a un niño a confiar en sus...
Tenía una escena clavada en la memoria. En Kung Fu Panda, el viejo maestro Oogway —la tortuga sabia, la del bastón— sacaba un escorpión del agua, lo salvaba de ahogarse, y el escorpión, en agradecimiento, le picaba. Y entonces Oogway, con su calma de tortuga milenaria, soltaba una de sus frases: algo sobre cómo cada uno debe permanecer fiel a sí mismo y no cambiar para contentar a los demás. Quería escribir un post sobre esa escena. Me parecía una pequeña joya de sabiduría, de esas que la película dejaba caer entre golpe y golpe de kung-fu. Así que fui...