Hay una frase que me persigue desde hace mucho. Me la he cruzado en una de esas imágenes con busto de mármol y atardecer de fondo, en el estado de WhatsApp de alguien, en una taza de una tienda de regalos. Dice así: «Para ser feliz, debes liberarte de dos cosas: el miedo a un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.» — Séneca Es una buena frase. Tiene la simetría que tienen las frases que se recuerdan: dos cosas, una hacia delante y otra hacia atrás, y en medio tú, liberado. Y tiene la firma adecuada, porque...
Tengo un grupo de WhatsApp que se llama, hoy, «La Junta». Antes se llamó «Cena viernes 12», y antes de eso «Nos vemos ya coño», y antes de eso algo relacionado con una despedida de soltero de la que no voy a dar detalles. Los nombres de un grupo son su estratigrafía: si excavas, sale la historia entera. Somos siete. Uno no escribe nunca —lleva sin escribir, calculo, dos años—, pero lo lee todo, porque cuando quedamos hace referencias a conversaciones en las que no participó. Otro manda audios de cuatro minutos. Otro manda exclusivamente memes, jamás una frase propia,...
Hace cuatro años me senté un domingo por la tarde con una hoja de cálculo abierta y el propósito muy serio de duplicar la facturación. Salieron veintidós ideas. Subir tarifas un quince por ciento. Empaquetar como producto la parte de aprovisionamiento que ya tenía medio hecha. Ir a dos ferias. Meter un plan de soporte gestionado. Contratar a alguien de comercial a media jornada. Escribir en LinkedIn dos veces por semana. Todas razonables. Todas ejecutables. Ninguna estúpida. Dos años después facturaba prácticamente lo mismo y trabajaba bastantes más horas. El problema no fue ninguna de las veintidós. El problema fue...
Llevo escritos unos cuantos domingos sobre la amistad adulta: la cerveza semanal, las sobremesas sin reloj, quedar sin motivo, volver a ver a los de toda la vida. Todos tratan del mismo problema: cómo se conserva lo que ya tienes. Que es difícil, y por eso da para tantos domingos. Pero hay una pregunta que llevo tiempo esquivando porque no tengo una respuesta cómoda, y es la otra mitad del asunto: ¿cómo se hace un amigo nuevo a los cuarenta y muchos? No hablo de conocidos. De conocidos vamos sobrados: gente del trabajo, padres del colegio, vecinos, el del taller,...
Ayer por la tarde compré un rotulador permanente, una plancha de forro adhesivo y un paquete de etiquetas con nombre. Antes de eso, estuve diez minutos delante del expositor calculando cuánto forro necesitaba. Diez minutos. Hubo un tiempo en que esa cuenta la hacía en la puerta del bazar, sin mirar, porque me la sabía: tres. Tres de todo. Este año la respuesta era uno y he tardado diez minutos en aceptarlo. Es el noveno o décimo septiembre que escribo sobre lo mismo sin escribirlo. La vuelta al cole no es un trámite: es el único calendario honesto que tiene...