Javier Valencia Javier Valencia
Ilustración retrofuturista de estética synthwave: un televisor antiguo de neón con la pantalla en negro sobre el horizonte y tres patos que se alejan volando recortados contra un sol a rayas a la derecha

El día que el mundo perdió a Tony: James Gandolfini y Los Soprano

Javier Valencia · · 16 min de lectura · 2 visitas · Personal
personal series television hbo los-soprano james-gandolfini opinion

El 19 de junio de 2013 hacía en Roma uno de esos calores que aplastan. James Gandolfini había pasado el día de turismo con su familia y pensaba bajar a Sicilia unos días después: el festival de Taormina iba a darle un premio. Esa noche, hacia las diez, su hijo Michael lo encontró inconsciente en el baño de la habitación del hotel. A las once lo declararon muerto en el hospital. Un infarto. Tenía 51 años.

Todos los titulares dijeron lo mismo: ha muerto Tony Soprano. Y era verdad y no lo era. Había muerto, sobre todo, un tipo del que casi no sabíamos nada, porque él se encargó durante años de que no supiéramos nada.

Los Soprano es la segunda mejor serie que he visto en mi vida. Solo Breaking Bad está por delante, y eso en esta casa no se discute. Hace tiempo que quería escribir sobre ella, y sobre todo sobre el hombre que había detrás de Tony. Cuando se habla de él, casi siempre sale la historia de unos cheques que Gandolfini repartió entre sus compañeros, y suele rematarse con una frase que se me quedó dentro: aunque Tony Soprano fue muy grande, más grande fue aún James Gandolfini. Fui a comprobar si era verdad. Lo era, con algún matiz. Y tirando del hilo salió todo lo demás.

(Las citas en inglés de este post las he traducido yo.)

Un mafioso en el diván

Para entender lo que perdimos aquel junio hay que volver al 10 de enero de 1999, cuando HBO estrenó una serie sobre un capo de la mafia de Nueva Jersey que sufre ataques de pánico y acaba en la consulta de una psiquiatra.

La idea era de David Chase, un guionista con veinte años de oficio en la tele (The Rockford Files, Doctor en Alaska). Fox y CBS le dijeron que no. HBO le dejó hacer lo que quería: un protagonista que mata, miente y engaña a su mujer, y al que acompañas con una mezcla incómoda de miedo, risa y cariño.

El arranque lo dice todo. A Tony Soprano, un hombretón de Jersey en albornoz, le da un ataque de pánico el día en que se marchan los patos que habían anidado en su piscina. Para averiguar qué se le ha roto por dentro, se sienta delante de la doctora Melfi (Lorraine Bracco) y empieza a hablar de su madre, de su ansiedad, de sus miedos. Un mafioso en el diván. En 1999 aquello era casi una provocación.

Fueron seis temporadas y 86 episodios, hasta 2007. Veintiún Emmy, entre ellos el de mejor serie dramática en 2004, el primero para una serie de cable. Pero los números se quedan cortos: lo que hizo Los Soprano fue demostrar que la televisión podía contar lo que parecía reservado al cine o a la novela.

Cómo encontraron a Tony

Gandolfini era casi un desconocido. Un chaval de Park Ridge, Nueva Jersey, hijo de un albañil de origen italiano, que había sido portero de discoteca y camarero en Manhattan antes de hacerse un hueco como secundario de tipo duro, sobre todo tras su escena como Virgil, el matón de True Romance (1993).

Chase contó a The Hollywood Reporter que lo conoció en julio de 1997, en una sala encima de una academia de baile. Gandolfini empezó a leer, lo estaba haciendo muy bien… y se paró. «No puedo hacer esto», dijo, y se fue. Tras un par de intentos fallidos, acabó leyendo el papel en casa de Chase, que lo grabó en su garaje de Santa Mónica. A la prueba final en HBO llegaron tres: Gandolfini, Michael Rispoli y Steven Van Zandt, el guitarrista de Springsteen. Tony tenía que ser «amenazante, feroz, pero humano», recordaba Chris Albrecht, entonces jefe de programación de HBO. Estaba claro quién lo era.

Esa es la clave del personaje: Tony da miedo, pero tiene unos ojos de niño perdido. Ya llegaremos a eso.

Los momentos de Tony (sin destripar nada)

Si no la has visto, mereces llegar sin saber nada. Solo unos cuantos momentos que explican por qué lo de Gandolfini fue otra cosa:

  • «College» (primera temporada). Tony lleva a su hija Meadow a visitar universidades. Padre cariñoso por la mañana; por la tarde reconoce a alguien de su pasado en una gasolinera. Es el episodio en que la serie te pregunta a la cara si vas a seguir a su lado.
  • Las sesiones con la doctora Melfi. Cualquiera.
  • «Pine Barrens» (tercera temporada), dirigido por Steve Buscemi: Paulie y Christopher perdidos en un bosque nevado, y la serie demostrando que también es una comedia negra de primera.
  • «Whitecaps» (final de la cuarta). Una pelea de pareja entre Tony y Carmela que es de lo mejor que he visto actuar nunca. Gandolfini y Edie Falco ganaron el Emmy por ese episodio.

Y la cabecera, claro: Tony saliendo del túnel Lincoln con un puro, conduciendo por las autopistas de Jersey mientras suena «Woke Up This Morning» de Alabama 3. Sin decir una palabra, ya sabes quién es.

(Si el vídeo dejara de funcionar con el tiempo, búscalo como «The Sopranos opening credits HBO» en el canal oficial de HBO.)

Sin Tony no habría Walter

Aquí entra mi número uno. Cuando murió Gandolfini, Bryan Cranston escribió en Twitter: «Sin Tony Soprano no hay Walter White». Y Vince Gilligan, el creador de Breaking Bad, lo repitió en The Hollywood Reporter: «Lo he dicho muchas veces, en público y en privado. Pero nunca en una ocasión tan triste como esta: sin Tony Soprano, no habría Walter White».

Tienen razón. Antes de Tony, al protagonista de una serie había que quererlo. Después vinieron Vic Mackey en The Shield, Al Swearengen en Deadwood, Don Draper en Mad Men y Walter White. Esa «edad de oro de la televisión» sale de la puerta que abrieron Chase y Gandolfini. Ya escribí sobre lo que me enseñó Breaking Bad y, en el post de El padrino, se me escapó que Gandolfini construyó a Tony con Don Vito en la cabeza. Walter es mi favorito. Pero Walter tiene un padre, y se llama Tony.

«Gracias por aguantar conmigo»

En marzo de 2003, con la serie convertida en fenómeno, Gandolfini se plantó. Cobraba unos 5 millones al año, sabía que sin él no había serie (Chase lo había dicho en público: «sin Jim Gandolfini no hay Los Soprano») y pidió bastante más. Demandó a HBO por un tecnicismo del contrato; HBO respondió con una reclamación de 100 millones. La quinta temporada estaba a punto de empezar a rodarse.

Chris Albrecht contó después en The Hollywood Reporter cómo se desatascó: «Al final le dijimos: vamos a tener que despedir a todo el equipo, vamos a cerrar la serie. Y en 24 horas teníamos un acuerdo. Porque lo que él no iba a permitir era que toda esa gente sufriera». Albrecht admite que fue «un poco juego sucio». Y que sabían que funcionaría.

Lo que vino después es la historia que más se repite sobre él. De vuelta al rodaje, Gandolfini fue llamando a su tráiler, uno a uno, a los actores del reparto que cobraban mucho menos que él, y les fue dando un cheque. Steve Schirripa, Bobby Bacala en la serie, lo contó en la radio WFAN dos días después de su muerte, según CBS New York: «Nos dio 33.000 dólares a cada uno, a 16 personas. Nos dio un cheque y dijo: "Gracias por aguantar conmigo"». Dieciséis por treinta y tres mil: 528.000 dólares. Más de medio millón, como se suele contar. «Tan buen actor como era, era mejor persona», añadía Schirripa.

Los matices. En la versión que circula son 35.000, pero la cifra baila: Drea de Matteo ha hablado de 30.000 y Jason Bailey, en su biografía Gandolfini: Jim, Tony, and the Life of a Legend (2025), de 36.000. Me quedo con la de quien recibió el cheque, que es también la que recoge James Andrew Miller en Tinderbox, su historia de HBO. Tampoco está claro si fue tras la pelea de 2003 o antes (Schirripa hablaba de la cuarta temporada), ni cuánto sacó él del pulso. Pero en lo importante coinciden todos: lo primero que hizo fue repartir.

«No va de mí, va de ellos»

Lo de los cheques se supo porque alguien lo contó. Lo de los soldados casi no se supo nunca.

«Fui a Irak porque hacía de tipo duro en la tele y supongo que quería conocer a unos cuantos de verdad», explicó, según NBC News. Sheila Nevins, la jefa de documentales de HBO, lo recordaba en el hospital militar Walter Reed «yendo de cama en cama y de madre en madre».

De ahí salió Alive Day Memories: Home from Iraq (2007), un documental que produjo y en el que entrevistaba a diez veteranos gravemente heridos sobre su alive day, el aniversario del día en que estuvieron a punto de morir. Uno de ellos, Jonathan Bartlett, que perdió las piernas en la guerra, resumía: «Gandolfini escuchaba». Cuando en la promoción un periodista le coló una pregunta sobre el final de Los Soprano, sonrió: «Esa ha sido muy buena, y casi me dan ganas de responder, pero todo esto no va de mí. Va de ellos». En 2010 llegó Wartorn: 1861-2010, sobre el estrés postraumático en los soldados desde la guerra de Secesión, estrenado en el Pentágono.

Pero lo que más me impresiona no salió en ningún documental. Al Giordano, cofundador del Wounded Warrior Project, contó en The Hollywood Reporter que lo vio recorrer los hospitales puerta por puerta: «Hola, soy Jim Gandolfini, solo pasaba a ver qué tal estás. ¿Tienes todo lo que necesitas?». Y que siempre volvía a preguntar por ellos. Un día él y Tony Sirico, Paulie en la serie, pasaron una mañana entera en la unidad de quemados del ejército en Texas. Sin cámaras.

Y cuando le daban las gracias, desviaba el foco. En su funeral, Chase pidió que nadie olvidara el trabajo de Sirico, porque Jim le había dicho poco antes: «Es más cosa de Tony que mía».

Lo que cuentan los que trabajaron con él

HBO dijo el día de su muerte que «trataba a todo el mundo, fuera cual fuera su cargo, con el mismo respeto». Podría parecer una frase de cortesía, si no fuera porque todo lo demás la confirma:

  • Jeff Daniels, compañero de reparto en Un dios salvaje en Broadway (2009), contaba en The Hollywood Reporter que, al prorrogar las funciones, Gandolfini dijo: «Todo el mundo cobra lo mismo». «No tenía por qué hacerlo. Tiene una generosidad del tamaño de Nueva Jersey».
  • Marcia Gay Harden, de la misma obra, añadía en la misma revista que fue «una roca» cuando ella se divorció.
  • Lin-Manuel Miranda, mucho antes de Hamilton, hizo de botones en un episodio de 2007. Recordaba (en el libro Sicker in the Head de Judd Apatow, según AV Club) que, aunque era ya el final de la noche, Gandolfini «se quedó e hizo la escena para el chaval puertorriqueño muerto de miedo vestido de botones».
  • Edie Falco, su Carmela: «Un hombre de una profundidad y una sensibilidad tremendas, con una bondad y una generosidad que no caben en palabras».
  • Jamie-Lynn Sigler, su hija Meadow: «Jim tenía la capacidad, sin saberlo, de hacerte sentir que todo iría bien si él estaba cerca».

Un Woody Allen de 120 kilos

Aun así, sería injusto pintarlo como un santo. Él sería el primero en reírse de este post.

Gandolfini odiaba la fama. «Soy un neurótico», le dijo a Rolling Stone en 2001. «En el fondo soy un Woody Allen de 260 libras». Unos 118 kilos de timidez. Esquivaba las entrevistas todo lo que podía. Daniels recordaba que le gustaba repetir: «¿Por qué tienen que saberlo todo? ¿Por qué tienen que saber nada?».

Chase decía que era «extremadamente duro consigo mismo». Cargar diez años con Tony le pesó. Los libros que mejor han contado la serie, Difficult Men de Brett Martin y la biografía de Bailey, hablan sin rodeos de sus demonios: el alcohol, la cocaína, los días en que no aparecía por el rodaje. En enero de 2002 desapareció varios días en mitad de un rodaje carísimo; al cuarto, llamó a la oficina de producción desde una peluquería de Brooklyn para pedir que alguien le mandara un coche.

Lo cuento porque forma parte de él, no para regodearme. Y porque Bailey destacó en NPR un detalle que me parece lo más revelador de todo: de toda la gente que le habló de esos problemas, «ni uno solo habló mal de él». Robert Iler, su hijo A.J. en la ficción, le dijo que a Jim no le habría gustado el libro, porque no sabía aceptar un cumplido.

Más allá de Tony

Pasó sus últimos años demostrando que era mucho más que Tony. Volvió a Broadway con Un dios salvaje, que le valió una nominación al Tony; puso voz a Carol, el monstruo triste de Donde viven los monstruos; fue el director de la CIA en La noche más oscura. Y dejó dos películas que no vio estrenarse: Enough Said (2013), con Julia Louis-Dreyfus, en la que hace de un divorciado tierno, gracioso e inseguro que se parece mucho a lo que contaban de Jim, y The Drop (2014), con Tom Hardy, su último papel.

El día que el mundo perdió a Tony

Volvemos a junio de 2013. Nueva Jersey puso las banderas a media asta, Broadway apagó sus marquesinas y Springsteen le dedicó en concierto el Born to Run entero.

El comunicado de Chase, recogido por The Hollywood Reporter, es de los que se leen dos veces: «Era un genio. [...] Gran parte de ese genio estaba en esos ojos tristes. Recuerdo decirle muchas veces: "No te das cuenta. Eres como Mozart". Y al otro lado del teléfono había un silencio. [...] No siempre era fácil. Pero era mi socio; era mi hermano de un modo que no sé explicar y que nunca sabré explicar».

Schirripa contó que, al enterarse, «se me doblaron las piernas». Aquí matizo lo que se cuenta por ahí, que en el funeral «lloró Bobby»: no he encontrado ninguna crónica fiable que lo cuente, aunque sí lo destrozado que estaba.

El funeral fue el 27 de junio en la catedral de St. John the Divine, en Manhattan. Unas 1.500 personas, según AP: Falco, Imperioli, Bracco, Sigler, Sirico, Buscemi. Habló su viuda, Deborah Lin, que lo describió como «un hombre honesto, bueno y cariñoso». Habló Susan Aston, su amiga y entrenadora de diálogos, que no pudo contener las lágrimas. Y habló David Chase.

Querido Jimmy

Chase no leyó un elogio fúnebre. Leyó una carta: «Intenté escribir un elogio tradicional, pero me salía como mala televisión. Así que te he escrito esta carta». Le habían aconsejado empezar con un chiste, pero, como decía Jim, no lo sentía: «Estoy demasiado triste y lleno de desesperación».

La carta, que puede leerse entera en ScreenCrush, es una maravilla. Confiesa que tiene miedo y que le gustaría salir corriendo y llamar cuatro días después desde una peluquería: una broma privada sobre la peor semana de Jim, delante de mil quinientas personas, que solo un hermano puede hacer. Recuerda verlo en el rodaje del piloto, en pleno verano húmedo de Jersey, en una silla de playa de aluminio, con los pantalones remangados, calcetines negros y un pañuelo mojado en la cabeza, como su padre y sus tíos, albañiles italianos al mismo sol. «Y supe que estaba en el sitio correcto».

Recuerda una tarde a orillas del Hudson en que Jim, hundido, le dijo: «¿Sabes lo que quiero? Quiero ser un hombre. Nada más». Y Chase, que no entendía cómo podía decir eso alguien tan hombre, le contesta con el párrafo que para mí lo explica todo:

«Siempre sentí que contigo estaba viendo a un niño. [...] Un niño triste, asombrado y confundido y lleno de amor, asombrado por todo aquello, y todo eso estaba en tus ojos. Y por eso, creo, eras un gran actor: por ese niño que llevabas dentro.»

Y la explicación de por qué quisimos tanto a un personaje tan miserable: «La gente siempre dice: "Tony Soprano, ¿por qué lo queríamos tanto si era un cabrón?". Y mi teoría es que veían al niño». Justo después, la frase más sencilla de la carta: «Eras un buen chico».

No le esconde nada: le dice que lo intentaba más que nadie, a veces demasiado, y que a veces eso tenía un coste para él y para los demás. Y termina como terminaban los episodios: con una canción. Imagina una escena que nunca rodaron: Tony perdido, sin coche, sin cartera, sin pistola, subiendo a un autobús como un currante más mientras suena «One of Us» de Joan Osborne. ¿Y si Dios fuera uno de nosotros? Un desconocido en el autobús, intentando volver a casa. Y añade los versos siguientes, «por lo que ha pasado esta semana»: volver al cielo solo, sin que nadie llame, salvo quizá el Papa, en Roma.

Firma: «Con cariño, David».

Aviso de spoiler: el corte a negro

Si no has visto la serie, sáltate esta sección. En serio.

El 10 de junio de 2007, 11,9 millones de personas vieron en Estados Unidos «Made in America», el último episodio. Tony entra en Holsten's, una heladería de toda la vida en Bloomfield, Nueva Jersey. Elige en la máquina de discos «Don't Stop Believin'» de Journey. Llega Carmela. Llega A.J. Hay aros de cebolla en la mesa. Un hombre con chaqueta Members Only va al baño. Meadow no consigue aparcar. Suena la campanilla de la puerta, Tony levanta la vista y… negro. Unos segundos de silencio. Créditos.

Media América creyó que se le había caído la señal; la otra media lleva casi veinte años discutiendo si Tony muere. La explicación de Chase que más me gusta es la que dio en 2015 a DGA Quarterly: «A lo que yo apuntaba era a "no dejes de creer". Hay vínculos que creamos que valen muchísimo, y somos afortunados de haberlos vivido. La vida es corta. [...] Pero, a pesar de eso, merece mucho la pena. Así que no dejes de creer».

Más grande fue aún

Seis años después de aquel corte a negro, la vida le hizo a Gandolfini lo que Chase no quiso hacerle a Tony: le apagó la pantalla sin avisar, de vacaciones con su familia, justo cuando, según su biógrafo, por fin estaba en un buen momento. Sin canción. Sin segunda oportunidad.

Pero me quedo con lo que sí hubo. Un actor que se marchó de su propia prueba porque no se veía a la altura. Dieciséis cheques y un «gracias por aguantar conmigo». Un hombretón yendo de cama en cama en un hospital militar, preguntando si a alguien le faltaba algo, y pidiendo después que el mérito fuera para su amigo. Un niño triste en los ojos de un mafioso.

Su hijo Michael, el chaval que lo encontró aquella noche en Roma, acabó interpretando al joven Tony Soprano en The Many Saints of Newark (2021). Hay historias que se cierran solas.

Aquella frase lo dice en una línea y yo he necesitado bastantes más palabras, pero llegamos al mismo sitio: Tony Soprano fue enorme. James Gandolfini, más.

Y si no has visto la serie, empieza esta noche. Los patos te están esperando en la piscina.