Llegamos al final de la serie, y me he guardado para el cierre la mejor historia de las tres. En la primera entrega hablé de la película de Fritz Lang; en la segunda, de la novela de Thea von Harbou. Esta tercera no va de cómo se hizo Metropolis, sino de cómo estuvo a punto de perderse para siempre y de cómo volvió de entre los muertos por uno de esos golpes de suerte que parecen escritos por un guionista. Es una historia de mutilación, de azar y, sobre todo, de gente que guarda cosas. Y por eso, como verás...
En la primera entrega de esta serie hablé de Metropolis como «la película de Fritz Lang». Y es verdad, pero también es una media verdad, de esas que la historia repite porque le resulta cómoda. Porque detrás de la película hay una novela, y detrás de la novela —y del guion, y de casi todas las grandes películas de Lang de aquellos años— hay una persona cuyo nombre casi nadie recuerda: su mujer, Thea von Harbou. Esta segunda entrega es para ella. Que lo merece, y por más de un motivo. Quién era Thea von Harbou Thea Gabriele von Harbou...
El 10 de enero de 2027 se cumplen cien años de una de las películas más importantes jamás rodadas. Una película muda, en blanco y negro, alemana, de casi tres horas, que se estrenó cuando mis abuelos eran niños y que, sin embargo, sigue definiendo cómo imaginamos el futuro. Cada vez que ves una megaciudad de rascacielos infinitos en una película de ciencia ficción, cada vez que aparece un robot con forma humana, estás viendo, sin saberlo, a los nietos de Metropolis. Llevo tiempo queriendo dedicarle algo en serio, y el centenario es la excusa perfecta. Así que he decidido...
Tenía una escena clavada en la memoria. En Kung Fu Panda, el viejo maestro Oogway —la tortuga sabia, la del bastón— sacaba un escorpión del agua, lo salvaba de ahogarse, y el escorpión, en agradecimiento, le picaba. Y entonces Oogway, con su calma de tortuga milenaria, soltaba una de sus frases: algo sobre cómo cada uno debe permanecer fiel a sí mismo y no cambiar para contentar a los demás. Quería escribir un post sobre esa escena. Me parecía una pequeña joya de sabiduría, de esas que la película dejaba caer entre golpe y golpe de kung-fu. Así que fui...
Llegamos al final. La décima de mi top diez. La he reservado para el cierre porque es la película que mejor representa, en mi cabeza, lo que el cine puede hacer con muy poco: un escenario, un puñado de actores, un guion concentrado y un par de horas. Es Doce hombres sin piedad. Y no la he puesto la décima porque sea la peor de la lista. Probablemente, en términos de pura arquitectura de guion, es la mejor de todas. Está la décima porque es la que menos veces he revisitado, y eso es el criterio de mi lista personal:...