Cuando escribí sobre el desayuno molinero mencioné el café de puchero, y me quedé con ganas de explicar la palabra. El puchero, antes que un plato, es una olla: la vasija panzuda de barro que se arrimaba a la lumbre. Viene del latín pultarius, el recipiente donde se cocían las gachas. Aquí en el sur, el nombre de la olla acabó quedándose con lo que se cocía dentro. Y lo que se cocía dentro es, para mí, el plato de cuchara más importante de Andalucía. No el más famoso ni el más fotogénico: el más importante. El que sostiene media...
Hay desayunos que se piden y desayunos que se heredan. El desayuno molinero de pan, aceite y sal es de los primeros, y ya le dediqué su post. La manteca colorá es de los segundos: nadie te la explica, nadie te la recomienda, simplemente un día aparece en la barra un mollete tostado chorreando una grasa naranja con trocitos de carne, alguien a tu lado dice «¿eso no lo has probado?», y a partir de ahí ya no hay vuelta atrás. Es, probablemente, el desayuno más impresentable desde el punto de vista nutricional de toda la gastronomía española. Y es...
Cada vez que le explico el gazpachuelo a alguien de fuera pasa lo mismo. Empiezo bien: «es una sopa caliente de pescado, típica de Málaga». Asienten. Sigo: «con patata». Asienten más. Y entonces llego a la parte importante: «y se liga con mayonesa». Ahí se acaba la conversación. La cara es siempre la misma, una mezcla de educación y de alarma, como si les hubiera propuesto echarle ketchup al cocido. Lo entiendo. Dicho así suena a invento de nevera vacía. Pero es que es exactamente eso, un invento de nevera vacía, solo que con un par de siglos de pulido...
Quinta y última entrega de mis paellas de amateur, y la he guardado para el final porque es la más rara de las cinco y la que más discusiones genera cuando la cuento: el arroz de chuletón. Que nadie busque tradición detrás, porque no la hay; esto es un invento de patio, de esos que nacen un día que sobra caldo, sobra chuletón y falta vergüenza. Pero tiene una idea técnica dentro —una sola— que me parece la más interesante de toda la serie, y por eso cierra ella: la capa de arroz finísima. La idea que lo cambia todo...
Cuarta entrega de mis paellas de amateur, y hoy toca ponerse serios, o todo lo serios que uno puede ponerse en zapatillas junto a un paellero de gas: la de bogavante. Esta no es una paella de diario. Es la de las ocasiones: la comida que se decide con días de antelación, la que justifica ir a la pescadería con una misión concreta, la que hace que alguien en la mesa diga «hombre, bogavante» con ese tono entre la ilusión y el reproche por el gasto. Porque sí: el bicho impone, y el precio del bicho también. Precisamente por eso...