«El idiota» antes de leerlo: cómo Dostoyevski pone a prueba la bondad
¿Puede la bondad sobrevivir en un mundo cruel? Es la pregunta con la que suele presentarse El idiota, y para alguien que lleva tiempo con ganas de leer a Dostoyevski es difícil encontrar mejor anzuelo. ¿Qué pasaría si una persona absolutamente buena apareciera entre nosotros: sobreviviría o la destruiríamos? Dostoyevski hizo ese experimento con el príncipe Mishkin, que vuelve a Rusia tras años en Suiza tratándose la epilepsia. Es como un niño en un cuerpo de adulto: no sabe mentir, no entiende el sarcasmo, no juzga a nadie. Y aterriza en la alta sociedad de San Petersburgo, un nido de víboras de codicia, apariencias, estatus y traición.
Tengo que empezar con una confesión: no he leído El idiota. Va a ser una de mis próximas lecturas. Pero antes de abrirlo he hecho lo que hago con casi todo: ir a las fuentes. Las cartas en las que Dostoyevski explicaba lo que quería hacer, la biografía de Joseph Frank, el libro de Mijaíl Bajtín, los recuerdos de quienes lo trataron. Y lo que me ha enganchado no es tanto la pregunta como la maquinaria: cómo se las arregla una novela para que entiendas un problema moral sin soltarte un sermón.
Así que esto no es una reseña, sino el cuaderno de alguien que se ha documentado antes de leer. Un aviso: hablo de escenas de la primera mitad del libro, pero el final no lo cuento. Entre otras cosas, porque todavía no lo conozco.
El experimento declarado: un «hombre positivamente bello»
Lo primero que sorprende es que ese experimento no es una interpretación de la crítica. Lo dijo él. El último día de 1867 (según el calendario ruso de la época), desde Ginebra, Dostoyevski le escribió a su amigo el poeta Apollon Máikov:
«Hace tiempo que me atormentaba una idea, pero me daba miedo hacer con ella una novela, porque es una idea demasiado difícil y no estoy preparado para ella. […] La idea es representar a un hombre completamente bello. No puede haber nada más difícil, a mi juicio, y menos en nuestro tiempo.»
Al día siguiente se lo explicó a su sobrina Sofía Ivánova, a quien dedicó la novela:
«La idea principal de la novela es representar a un hombre positivamente bello. No hay nada más difícil en el mundo, y sobre todo ahora. […] En el mundo solo hay un rostro positivamente bello: Cristo.»
(Salvo las de la edición de Alianza, que indico, las traducciones de las citas son mías y sin pretensiones: sirven para entender la idea, no para sustituir a una edición seria).
No le interesaba un buen hombre a secas, sino el bien llevado al límite: lo más parecido a Cristo que pudiera caminar por un salón de Petersburgo. Y lo sabía casi imposible. A Máikov le confiesa que solo su situación desesperada le hizo lanzarse: «Me la jugué como a la ruleta: "¡a lo mejor se desarrolla bajo la pluma!"». Que lo diga un jugador compulsivo tiene su gracia.
Ese es el primer mecanismo, y el más simple: la novela como laboratorio. Coges una hipótesis moral, la encarnas en un personaje y la sueltas en el medio más hostil posible para ver qué pasa.
Don Quijote: lo bello tiene que ser ridículo
En esa carta a su sobrina viene la parte que más me ha gustado de todo lo que he leído sobre el libro. Dostoyevski repasa quién lo intentó antes que él:
«De los personajes bellos de la literatura cristiana, el más acabado es Don Quijote. Pero es bello únicamente porque al mismo tiempo es ridículo. […] Surge la compasión hacia lo bello que es objeto de burla y no conoce su propio valor, y por tanto surge la simpatía en el lector. Esa excitación de la compasión es el secreto del humor.»
Menciona también al señor Pickwick de Dickens y al Jean Valjean de Hugo, que le parece «un intento poderoso», aunque despierta simpatía sobre todo por su desgracia y por la injusticia que sufre. Y remata: «Yo no tengo nada parecido, absolutamente nada, y por eso temo terriblemente que sea un fracaso rotundo».
Es una pequeña teoría de la novela. Si pones a un santo en escena, el lector desconfía o se aburre. Si lo pones haciendo el ridículo, el lector se compadece, y desde la compasión baja la guardia. A Mishkin lo llaman «idiota», se ríen de él, y en esa risa queda retratado quien se ríe. Ya dije que el Quijote es el libro del que descienden todos los demás, y aquí lo tenemos de padre declarado, con Valjean como el tío admirado cuyo camino no se quiere seguir.
Cervantes entra además en la novela con nombre propio: Aglaya, la hija pequeña de los Yepanchin, guarda una carta de Mishkin dentro de un ejemplar del Quijote y, más adelante, recita delante de todos «El pobre caballero» de Pushkin, el poema de un caballero que vive para una visión que nadie más entiende. Todo el salón sabe a quién se refiere.
El extranjero que llega
La novela empieza en un tren que entra en Petersburgo una mañana húmeda de noviembre. Mishkin viene de Suiza con un hatillo de seda descolorida y una capa que no sirve para el frío ruso. Es el viejo truco de las Cartas persas de Montesquieu: que alguien de fuera mire tu mundo como si fuera la primera vez, para que se vea lo absurdo que hay en él.
La primera escena en la que esto funciona es pequeña y me parece perfecta. Mishkin llega a casa del general Yepanchin y, mientras espera, se pone a charlar con el criado como charlaría con cualquiera:
«Parecería que la conversación del príncipe era harto sencilla; pero cuanto más sencilla era tanto más fuera de lugar estaba en este caso, y un criado sabedor de su oficio no podía menos de entender que lo que era enteramente conveniente entre hombre y hombre era enteramente improcedente entre un visitante y un criado.»
— El idiota, primera parte, capítulo 2 (traducción de Juan López-Morillas, Alianza Editorial)
«Entre hombre y hombre» frente a «entre un visitante y un criado»: ahí está el libro en una frase. Mishkin no denuncia nada; simplemente no ve las jerarquías, y al no verlas las deja a la vista. El criado concluye que o es un pedigüeño o es un imbécil, y poco después Aglaya lo despacha con un «el príncipe es un demócrata». La bondad funciona como un reactivo químico: no ataca a nadie, pero todo lo que toca cambia de color.
Las escenas de escándalo
El segundo gran mecanismo es más ruidoso. Dostoyevski construye la novela alrededor de grandes reuniones donde coinciden demasiadas personas con demasiadas cuentas pendientes, y todo revienta en público. La crítica las llama «escenas de escándalo», y Bajtín las leyó en clave de carnaval: momentos en que las jerarquías se suspenden y cada uno acaba mostrando lo que es.
La más famosa cierra la primera parte: la velada en que Nastasia Filíppovna cumple veinticinco años. Su antiguo tutor, el rico Totski, la convirtió en su amante cuando era una adolescente, y ahora quiere casarla con Gania, el secretario del general, con setenta y cinco mil rublos de por medio. A la fiesta llega Rogozhin, heredero de una fortuna de comerciantes, con un paquete de cien mil rublos para llevársela. Y Nastasia echa el paquete al fuego y reta a Gania a sacarlo de la chimenea con las manos desnudas. Si lo saca, es suyo.
No voy a contar qué pasa, pero el mecanismo se entiende sin saberlo. El dinero, que en el resto de la novela circula escondido detrás de los buenos modales, aparece ardiendo en el centro del salón, y cada invitado tiene que decidir delante de todos cuánto vale su dignidad. Son la codicia, las apariencias y el estatus de los que hablaba al principio, pero puestos en escena en lugar de explicados.
Los dobles: Mishkin y Rogozhin
Los dos se conocen en la primera página, sentados frente a frente en un vagón de tercera: uno rubio y pálido, de ojos azules; el otro moreno, con una sonrisa «insolente, sarcástica y hasta malévola», como dice la traducción de Alianza. Desde la primera escena el libro te avisa de que van a ser dos caras de lo mismo.
Rogozhin es la pasión: ama a Nastasia Filíppovna con un deseo que quiere poseerla. Mishkin la ama de otra manera, más cerca de la compasión que del amor. Frank lo resume en un reparto: Rogozhin encarna el amor pasional, Mishkin el amor cristiano y Gania el amor por vanidad. En la segunda parte, Mishkin piensa algo que podría servir de lema de la novela: «la compasión es la ley principal, y quizá la única, de la existencia de toda la humanidad».
En esa misma parte, Rogozhin le pide que se intercambien las cruces que llevan al cuello. El príncipe le da la suya, de estaño; Rogozhin, la suya, de oro. Se hacen hermanos. Pero el narrador apunta que la desconfianza no se le va a Rogozhin de la cara.
Luego está el triángulo con Aglaya, que lo idealiza como a un caballero andante, y Nastasia, la mujer herida a la que él quiere salvar. Por lo que he leído, aquí está el problema más incómodo del libro: la compasión, sola, no salva, y puede que hasta haga daño. Cómo se resuelve, lo descubriré leyendo.
El «Cristo muerto» de Holbein
En agosto de 1867, de camino a Ginebra, Dostoyevski y su mujer, Anna Grigórievna, pararon en Basilea para ver un cuadro: Cristo muerto en la tumba, de Hans Holbein el Joven. Es un lienzo estrecho y alargado, casi un ataúd, con un cadáver tendido de perfil y las heridas sin idealizar. Según el Kunstmuseum de Basilea, Anna contó en sus memorias que el cuadro lo dejó «como aturdido» y que en su cara vio el espanto que solía anunciar un ataque epiléptico. Lo llevó a un banco y esperó. El ataque no llegó.
En la novela, ese cuadro es una copia colgada en la casa sombría de Rogozhin, y me parece uno de los mecanismos más eficaces del libro: un objeto que plantea una pregunta sin que nadie tenga que enunciarla. Mishkin lo ve y exclama: «¡Pero si con ese cuadro a más de uno se le puede perder la fe!». Y Rogozhin responde: «Y se pierde». La fe y la duda no se discuten en abstracto: están ahí, colgadas encima de una puerta.
Ippolit: el libro discute consigo mismo
El cuadro vuelve a aparecer en boca de Ippolit, un chaval de diecisiete o dieciocho años, tísico y con los días contados, que lee en público una larga confesión titulada «Explicación necesaria». Él también vio la copia en casa de Rogozhin, y lo que sacó de ella es lo contrario de la fe: la naturaleza le parece una «máquina enorme de construcción moderna» que ha triturado y engullido, sin sentido, a un ser que valía más que toda ella.
Me fascina que la frase más famosa del libro la pronuncie este personaje, y en tono de burla. Es Ippolit quien pregunta: «¿Es verdad, príncipe, que una vez dijo usted que al mundo lo salvará la belleza?». El lema que asociamos a Dostoyevski aparece en la novela entre comillas, puesto en duda por un moribundo.
Aquí entra Bajtín. En Problemas de la poética de Dostoievski defendió que en sus novelas no hay una voz del autor que corrija a las demás, sino una polifonía de voces independientes. Joseph Frank, en una reseña de la edición del Fondo de Cultura Económica, recoge su formulación: en Dostoyevski «aparece un héroe […] cuya voz tiene tanto peso como la que suele tener la del autor». Dostoyevski creía en Cristo, pero le da a Ippolit sus mejores argumentos. Por eso esa pregunta no tiene una respuesta cerrada: el libro la discute consigo mismo.
Lo que Dostoyevski puso de su propia vida
Hay tres cosas en El idiota que no son invención, y explican por qué Frank lo llama «la más personal de todas sus grandes obras» (traduzco del inglés).
La ejecución. En casa de los Yepanchin, Mishkin le cuenta al criado una ejecución que vio en Lyon y suelta un alegato contra la pena de muerte: «Matar a quien ha cometido un asesinato es un castigo incomparablemente peor que el asesinato mismo». Y añade: «Quizá exista un hombre a quien se le ha leído una sentencia de muerte, se le ha dado tiempo para meditar esa tortura y se le ha dicho de pronto: "¡Hala, vete, se te perdona!". Quizá un hombre como ese pueda hablar de ello» (Alianza, trad. López-Morillas). Ese hombre era Dostoyevski. El 22 de diciembre de 1849, en la plaza Semiónovski de San Petersburgo, le leyeron la sentencia de muerte junto a otros presos del círculo de Petrashevski. Ese mismo día le escribió a su hermano Mijaíl: «Yo estaba el sexto; nos llamaban de tres en tres, así que estaba en la segunda tanda y no me quedaba más de un minuto de vida». El indulto del zar llegó en el último momento. Unos capítulos después, Mishkin cuenta la historia de un conocido al que le pasó lo mismo, y cómo esos últimos cinco minutos le parecieron una riqueza inmensa. Es la intuición que encontré en Séneca y en Lorca: el tiempo solo se ve con claridad cuando se acaba.
La epilepsia. Dostoyevski la padeció toda su vida adulta, igual que su protagonista. Mishkin recuerda los segundos previos al ataque, una luz en la que todo se reconcilia, y piensa: «Sí, por este momento se puede dar la vida entera». Pero el narrador no se deja llevar: después vienen el embotamiento, la oscuridad y el «idiotismo». La matemática Sofía Kovalévskaya cuenta en sus recuerdos que Dostoyevski les describía esa felicidad previa al ataque, y que citaba a Mahoma, igual que Mishkin. La gracia y la enfermedad vienen en el mismo paquete, y eso hace que la bondad de Mishkin nunca parezca de cartón piedra.
El duelo. La novela se escribió en el extranjero, huyendo de los acreedores, con la ruleta de por medio y unos 4.500 rublos de anticipo cobrados por una novela que aún no existía. En febrero de 1868 nació su primera hija, Sonia, y murió en mayo, con tres meses. A Máikov le escribió: «Mi Sonia ha muerto; la enterramos hace tres días», y que aquella criatura «tan pobre, tan diminuta» ya era para él «una persona y un carácter». Luego volvió a mandar capítulos a El Mensajero Ruso, donde la novela salió por entregas entre 1868 y 1869.
Al terminarla no estaba satisfecho. A su sobrina le dijo que no había expresado «ni la décima parte» de lo que quería, aunque seguía queriendo a su «idea fallida». Frank coincide a medias: quizá la más original de sus grandes novelas y, sin duda, la más irregular.
Para escucharlo
Si alguien prefiere escucharlo, conviene saber dónde. Las traducciones al español tienen derechos, así que las subidas completas que circulan por YouTube no son legales. En Audible (de pago o con suscripción) hay tres versiones completas en español:
- Narrada por Joan Carreras, con la traducción de Fernando Otero. Unas 25 horas.
- Narrada por Luis David García Márquez, con la traducción de José Laín Entralgo y Augusto Vidal. Unas 29 horas.
- Narrada por Germán Gijón. Unas 23 horas y media; la ficha no indica qué traducción usa.
Hay también una versión resumida de unas tres horas, pero en un libro que vive de sus escenas largas no le veo mucho sentido.
Gratis, legal y en inglés está la de LibriVox, una grabación completa de dominio público leída por voluntarios, de unas 29 horas (también en Internet Archive). Y nunca está de más mirar el catálogo de la biblioteca pública o de eBiblio.
Lo que me llevo antes de abrirlo
Creo que la pregunta con la que suele presentarse el libro está bien planteada, pero se queda corta. El idiota no pregunta solo si la bondad sobrevive, sino qué les pasa a los que la tienen delante: cómo deja a la vista lo que vale cada uno, cómo la compasión puede no bastar, cómo la fe se juega delante de un cadáver pintado. Y lo hace con piezas que se pueden señalar una a una. Tengo curiosidad por ver si, leyendo, se notan las costuras o se olvidan.
Lo leeré en papel, como casi todo, y despacio. Y no quiero que sea el único. Quiero adentrarme en Dostoyevski de verdad: Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, Memorias del subsuelo, Los demonios. Para ordenar ese camino estoy preparando un post sobre su vida y su obra: el fusilamiento que no llegó, Siberia, las deudas, la ruleta y lo que escribió entre medias. Saldrá cuando esté listo. Con alguien que tardó media vida en encontrar a su hombre positivamente bello, no voy a ser yo quien tenga prisa.