Kung Fu Panda, el escorpión y ser fiel a uno mismo
Tenía una escena clavada en la memoria. En Kung Fu Panda, el viejo maestro Oogway —la tortuga sabia, la del bastón— sacaba un escorpión del agua, lo salvaba de ahogarse, y el escorpión, en agradecimiento, le picaba. Y entonces Oogway, con su calma de tortuga milenaria, soltaba una de sus frases: algo sobre cómo cada uno debe permanecer fiel a sí mismo y no cambiar para contentar a los demás.
Quería escribir un post sobre esa escena. Me parecía una pequeña joya de sabiduría, de esas que la película dejaba caer entre golpe y golpe de kung-fu. Así que fui a buscar la cita exacta, el minuto concreto, para no meter la pata. Y me topé con un problema: esa escena no existe. No está en Kung Fu Panda. Ni en la primera, ni en la segunda, ni en la tercera, ni en la cuarta. La busqué en guiones, en recopilaciones de frases de Oogway, en foros de fans capaces de citarte hasta el último fotograma. Nada.
Lo cuento porque la verdad de lo que pasó es mucho más interesante que la escena que yo creía recordar. Y porque ilustra perfectamente lo fácil que es fabricar un recuerdo juntando tres piezas que vienen de sitios distintos.
La escena que no existe (y la que casi)
Lo más parecido a «un escorpión y Oogway» que existe en todo el universo de Kung Fu Panda no está en las películas, sino en la serie de televisión, Legends of Awesomeness. En el primer episodio aparece una villana llamada Escorpión, y hay un recuerdo en el que Oogway se enfrenta a ella. Pero los detalles contradicen mi escena imaginaria: Escorpión es una sanadora corrompida que hipnotiza a los aldeanos; Oogway la derrota gracias a la lealtad de la gente del valle y a su propio caparazón, contra el que el aguijón se hace añicos. Es decir: a Oogway no lo pican. No hay agua, no hay rescate, no hay discurso sobre ser fiel a uno mismo. La destierra, y ya.
Así que mi recuerdo era un montaje. Tres piezas pegadas: una tortuga sabia (Oogway), un escorpión que pica por naturaleza (de otra historia) y una moraleja sobre ser uno mismo (de otra más). El cerebro hace esto constantemente: coge fragmentos que le encajan, los suelda y te los devuelve como un recuerdo único y nítido. Y tú jurarías que lo viste.
De dónde viene de verdad el escorpión
La pieza del «escorpión que pica al que lo ayuda» no es de Kung Fu Panda. Es una de las fábulas más famosas del mundo: la fábula del escorpión y la rana.
Va así. Un escorpión quiere cruzar un río pero no sabe nadar, y le pide a una rana que lo lleve sobre su espalda. La rana, lógicamente, desconfía: «¿y si me picas?». El escorpión la tranquiliza con un argumento impecable: «no seas tonta, si te picara nos ahogaríamos los dos». La rana se convence y empieza a cruzar. Y a mitad del río, el escorpión... la pica. Mientras los dos se hunden hacia una muerte segura, la rana, agonizando, le pregunta por qué lo ha hecho, si ahora mueren los dos. Y el escorpión responde con una de las frases más demoledoras que existen:
«No he podido evitarlo. Es mi naturaleza.»
Esa es la fábula. Y su moraleja, ojo, no es exactamente bonita. Habla de seres que no pueden dejar de actuar según su carácter aunque eso los destruya, y a la vez es una advertencia: no esperes que quien tiene una naturaleza dañina cambie por ti; te picará aunque le cueste la vida.
Un par de datos curiosos, ya que estamos, porque a esta fábula se la atribuye mal constantemente: no es de Esopo, aunque medio mundo lo crea. Su versión más antigua documentada es bastante moderna —aparece en una novela rusa de 1933— y se hizo mundialmente famosa cuando Orson Welles la recitó en su película Mr. Arkadin (1955). De Esopo, nada.
El detalle que lo explica todo: la versión de la tortuga
Y aquí viene la parte que, cuando la descubrí, me hizo sonreír, porque explica mi falso recuerdo casi al milímetro.
La fábula del escorpión y la rana tiene un antecesor persa mucho más antiguo, de hacia el año 1500. Y en esa versión original no es una rana la que cruza al escorpión: es una tortuga. Pero hay una diferencia crucial en el final. Cuando el escorpión pica a la tortuga a mitad del río, la tortuga no muere: su caparazón la protege, y sobrevive a la picadura.
Léelo otra vez. Una tortuga. Un escorpión que pica. Un caparazón que salva. ¿Te suena? Es exactamente la mezcla de mi recuerdo y, curiosamente, también del episodio de la serie donde el aguijón se rompe contra el caparazón de Oogway. Mi cabeza había cogido a la tortuga sabia de Kung Fu Panda, el escorpión que pica por naturaleza de la fábula y el caparazón que protege de la versión persa, y lo había fundido todo en una escena que jamás existió pero que, en cierto modo, está hecha de piezas reales. No me lo inventé del todo. Lo ensamblé mal.
Lo que Oogway sí dice
Ya que he venido a desmentir mi propio recuerdo, hagamos justicia a Oogway citándolo bien, porque sus frases reales son estupendas. La más famosa la dice junto a su melocotonero sagrado:
«El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el hoy es un regalo. Por eso se llama presente.»
(En inglés el juego de palabras es perfecto, porque present significa a la vez «presente» y «regalo». En español se pierde un poco, pero la idea aguanta.)
También es suya «no existen los accidentes», su forma de decir que nada de lo que pasa es casualidad, y aquella otra, más inquietante, de que «a menudo uno se encuentra con su destino en el camino que tomó para evitarlo». Y, lo más gracioso para este post: la única frase de Oogway que tiene que ver con el agua no tiene ningún escorpión dentro. Es esta:
«Tu mente es como el agua. Cuando se agita, es difícil ver. Pero si la dejas reposar, la respuesta se vuelve clara.»
Probablemente esa imagen del agua —la mente que hay que dejar quieta— fue otra de las piezas que mi memoria metió en la batidora. Tortuga, agua, sabiduría: hala, ya tenemos escena.
Y lo que sí enseña Kung Fu Panda sobre ser uno mismo
Lo más bonito de todo esto es que la lección que yo buscaba sí está en la película. Solo que no la dice Oogway con un escorpión, sino que la encarna Po, el panda protagonista, a lo largo de toda su historia.
El mensaje central de Kung Fu Panda es ese: no hay ingrediente secreto. Lo descubre Po al final, cuando abre el legendario Pergamino del Dragón, que se supone que contiene el secreto del poder definitivo, y se encuentra con que está en blanco, que es un espejo: lo único que ve reflejado es a sí mismo. «There is no secret ingredient. It's just you.» No hay ingrediente secreto. Eres solo tú. Po no se convierte en un gran guerrero imitando a los maestros que admira, ni fingiendo ser algo que no es. Triunfa justo cuando deja de pelear contra lo que es —un panda torpe, glotón, poco aparente— y empieza a usarlo a su favor. Ser fiel a uno mismo, exactamente lo que yo recordaba. Solo que sin escorpión.
Las dos formas de ser fiel a uno mismo
Y aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad, porque mi falso recuerdo había unido, sin querer, dos ideas que en realidad apuntan en direcciones casi opuestas.
La fábula del escorpión dice «sé fiel a tu naturaleza» en un sentido fatalista y oscuro: el escorpión no puede cambiar, y por eso se destruye a sí mismo y mata a quien lo ayudó. Ahí, «ser fiel a uno mismo» significa no poder ser otra cosa, aunque te hunda. Es una advertencia, no un consejo de autoayuda.
Po dice «sé fiel a ti mismo» en un sentido luminoso y opuesto: acepta quién eres, deja de avergonzarte de ello y conviértelo en tu fuerza. Ahí, ser fiel a uno mismo significa dejar de imitar a los demás y florecer desde lo que ya eres.
Misma frase, dos mundos. Y creo que la sabiduría está justo en saber distinguir cuál de las dos te aplica en cada momento. Hay rasgos tuyos que son como el aguijón del escorpión: si los conservas «por fidelidad a ti mismo», haces daño y te haces daño. Esos no hay que defenderlos: hay que trabajarlos. Y hay otros rasgos que son como la torpeza entrañable de Po: cosas que crees que son defectos, que llevas toda la vida intentando esconder para encajar, y que en realidad son tu mejor material en cuanto dejas de pelearte con ellos. La gracia de la vida adulta es ir aprendiendo a separar unos de otros.
Lo personal
Escribo esto siendo, como sabe quien me lee, una persona introvertida y bastante tímida. Y durante muchos años intenté cambiar eso para los demás: forzarme a ser más extrovertido, más sociable, más «lo que se supone que hay que ser» en un mundo que premia al que habla alto. Funcionó regular. Cada vez que me disfrazaba de alguien más expansivo, se notaba el disfraz, y yo acababa agotado.
Lo que de verdad me sirvió fue lo de Po, no lo del escorpión: dejar de fingir y empezar a usar lo que soy. Resulta que ser introvertido trae cosas buenas si dejas de combatirlas: escuchas mejor, te concentras durante horas, sostienes conversaciones largas y de verdad en lugar de muchas y superficiales. En mi oficio, la capacidad de sentarme solo con un problema difícil durante horas no es un defecto: es media carrera. Lo que parecía un aguijón a esconder era, en realidad, el pergamino en blanco que solo me reflejaba a mí.
Es, en el fondo, lo que intento transmitir a mis hijas, sin ponerme pesado: que no se pasen la vida intentando ser la versión que creen que los demás esperan. Que distingan lo que de verdad tienen que mejorar —los aguijones— de lo que solo tienen que aceptar y aprovechar. Que ser fiel a uno mismo no es una excusa para no cambiar nunca, ni una condena a no poder hacerlo: es saber qué parte de ti defender y qué parte trabajar.
Curioso que todo esto me haya venido de una escena que no existe, contada por una tortuga que nunca dijo eso, sobre un escorpión que viene de otra historia. Pero así funciona la cabeza, y así funcionan las buenas ficciones: a veces te enseñan cosas verdaderas por caminos completamente falsos. Lo importante no era de dónde venía la escena. Era la pregunta que me dejó: ¿qué parte de ti estás defendiendo, y deberías cambiar? ¿Y qué parte estás escondiendo, y deberías dejar salir?
Imagen de portada: rostro de una tortuga, en evocación del maestro Oogway. Fotografía de Moise Nicu (Wikimedia Commons, CC BY 3.0).