Las 10 mejores cosas de Italia
Primera parada de la serie, y no es casual que sea esta. Italia es el país con el que empecé el juego, porque es el país que lo hace más difícil: aquí el problema no es encontrar diez maravillas, es echar a las otras doscientas. Vamos con la lista, del diez al uno no: del uno al diez, que en esta serie el orden es parte de la opinión.
La lista
1. La Capilla Sixtina. Cuatro años (1508-1512) pintando boca arriba, con el cuello destrozado y quejándose por carta a todo el que quisiera leerle. Miguel Ángel ni siquiera se consideraba pintor —era escultor, y aceptó el encargo a regañadientes— y aun así produjo la obra pictórica definitiva. Que un techo siga dejando mudo a cualquiera quinientos años después, en plena era de las pantallas, lo dice todo.
2. La Divina Comedia. Dante escribió el poema total —infierno, purgatorio y paraíso, con ajuste de cuentas incluido contra sus enemigos políticos, que eso se olvida— y de paso hizo algo más raro todavía: fijó una lengua. El italiano moderno desciende del toscano de Dante en una medida que ningún otro idioma europeo le debe a un solo libro.
3. El David. Miguel Ángel otra vez, que en esta lista podría ocupar cinco puestos. Empezó el David con veintiséis años, sobre un bloque de mármol que otros escultores habían dado por estropeado. Más de cinco metros de perfección anatómica sacados de un material que no admite errores: en mármol no hay git revert.
4. El Cristo Velado. En la capilla Sansevero de Nápoles, Giuseppe Sanmartino talló en 1753 un velo de mármol que el cerebro se niega a aceptar como piedra. Yo llegué a esta obra por su prima, la Virgen Velada de Strazza, y acepto la corrección que me hicieron: el Cristo es aún mejor. Si algún día pasas por Nápoles, ve. La foto no cuenta la mitad.
5. La pizza napolitana. Bajamos del cielo al horno de leña sin pedir perdón, porque la regla de esta serie lo permite y porque, siendo honestos, es el invento italiano con más impacto diario en la humanidad. Hoy se comerán en el mundo cientos de millones de pizzas. Ninguna otra obra de esta lista se consume a esa escala, cada día, con esa alegría.
6. El Ferrari 250 GTO. Yo propuse el Enzo y me corrigieron con razón: el 250 GTO (1962-1964, treinta y seis unidades fabricadas) es el coche más deseado de la historia, el que bate récords cada vez que una unidad cambia de manos en subasta por cifras de museo. Es lo que pasa cuando la ingeniería de carreras y la belleza dejan de ser departamentos separados.
7. Cinema Paradiso. Aquí confieso el conflicto de interés más grande de la serie: es mi película favorita de todos los tiempos, así que no soy juez imparcial. En cine puramente italiano compiten Ladrón de bicicletas y La vida es bella; los italoamericanos de El Padrino juegan en la lista de otro país. Pero el puesto no se lo quita nadie.
8. La ópera. Italia inventó el género, le puso nombre a todo lo que ocurre dentro —aria, libreto, soprano— y produjo a Verdi y a Puccini. De lo que me hace a mí el Réquiem de Verdi ya escribí una serie entera; y el «Nessun dorma» justifica el puesto él solo, cantado incluso por gente que no sabe qué está diciendo.
9. El espresso. La máquina de Luigi Bezzera (patentada en 1901) creó algo más grande que una bebida: una liturgia civil. El café de pie en la barra, en treinta segundos, perfecto, por poco dinero, igual para el notario que para el albañil. Pocas democracias funcionan tan bien como la del espresso.
10. El Renacimiento. La trampa final, declarada: meter una época entera. Pero es que Florencia entre 1400 y 1500 es el mayor pico de densidad de genio por metro cuadrado de la historia humana —Brunelleschi, Donatello, Botticelli, Leonardo, y los Médici pagando las facturas—. Si una civilización extraterrestre pidiera una sola prueba de lo que sabe hacer nuestra especie cuando se pone, yo enseñaría esa ciudad y ese siglo.
El elegido: la Capilla Sixtina
Si solo pudiera quedarme una: la Sixtina. Porque es el punto exacto donde el arte deja de ser oficio y se convierte en algo que no debería ser humanamente posible. Un escultor cabreado, un encargo no deseado, una postura absurda, cuatro años — y el resultado es el techo contra el que se mide todo lo demás desde entonces. Hay obras que admiras y obras que te hacen dudar de la escala que usabas para admirar. La Sixtina es de las segundas.
Mañana, España. Y aviso: el número uno español no admite debate ni con Dante.
Imagen de portada: fragmento de «La creación de Adán», Miguel Ángel (Capilla Sixtina, c. 1511), dominio público, vía Wikimedia Commons.