Las 10 mejores cosas de cada país: las reglas del juego (y todo lo que se queda fuera)
Todo empezó, como empiezan ahora tantas cosas, con una pregunta tonta a una IA a deshoras. Le pedí a Claude un ranking objetivo de las diez mejores cosas italianas — y le puse ejemplos deliberadamente incomparables: Cinema Paradiso, el Ferrari Enzo, la Capilla Sixtina, el Cristo Velado. Me contestó lo único honesto que se puede contestar: que un ranking objetivo de eso es imposible. Y acto seguido, me hizo uno. Descomunal. Tan bueno que le pedí el de España. Y luego el de Francia. Y cuando quise darme cuenta habíamos dado la vuelta a medio mundo y yo tenía material para una serie entera.
Así que eso va a ser esta serie: siete países, siete listas de diez, un post por día. Italia, España, Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Japón. Las listas salieron de aquella conversación; los comentarios, las traiciones al orden y las opiniones discutibles que leerás estos días son míos. Me parece justo decir de dónde viene cada cosa: la materia prima es de la máquina, el criterio de quedármela o enmendarla es mío. Como casi todo últimamente, también en mi oficio.
Las reglas del juego
Antes de empezar, las reglas que fueron saliendo solas y que conviene dejar escritas:
Uno. No existe el ranking objetivo. Existe el ranking defendible: el que puedes argumentar a las dos de la mañana contra un amigo cabezón sin cambiar de tema. Todo lo que va a aparecer en esta serie es discutible, y esa es exactamente la gracia.
Dos. Vale mezclar peras con sinfonías. Un coche puede competir con una catedral y una pizza con un poema. Si te parece absurdo, piénsalo dos veces: cuando dices que «Italia es lo más», estás haciendo exactamente esa cuenta imposible en tu cabeza. Nosotros solo la escribimos.
Tres. Cada lista tiene derecho a una trampa final: un décimo puesto que en vez de una cosa mete una época o una idea entera (el Renacimiento, el Siglo de Oro, la Ilustración...). Es trampa, lo sabemos, y se declara siempre. Las trampas honestas son las mejores trampas.
Cuatro. Cada país cierra con un elegido: si solo pudiera quedarme una cosa de esa lista, cuál y por qué. Y al final de la serie, en el post de Japón, el colofón: el mejor de todos los elegidos. Ya aviso: la respuesta me sorprendió hasta a mí.
Lo que se queda fuera (y también duele)
Toda lista de diez es, sobre todo, una máquina de dejar cosas fuera. Lo dije con mi top de películas y lo mantengo: una lista que no te duele no vale nada. Así que antes de que empiecen a caer los posts, aquí va el cementerio de la serie completo: los «fuera por poco» de cada país. Considéralo el aperitivo y, de paso, el descargo de responsabilidad.
Italia. Se quedan fuera la Vespa (icono absoluto, y mira que me tira, que yo voy en scooter a todas partes), el risotto, el Ferrari F40 —último coche aprobado por Enzo en persona— y Leonardo da Vinci, que técnicamente no está fuera: está implícito en la trampa final del Renacimiento. Aun así, que Leonardo no tenga puesto propio te da la medida de la densidad italiana.
España. Fuera la tortilla de patatas (con su guerra civil de la cebolla incluida, en la que no pienso pronunciarme por escrito), la paella, el Museo del Prado —que duele especialmente, porque pinacotecas mejores hay pocas—, Mar adentro y Todo sobre mi madre como equivalentes de Cinema Paradiso, y el SEAT 600 como icono motor. En coches, Italia nos gana por goleada y no pasa nada por admitirlo.
Francia. Fuera el croissant —con matiz demoledor: es vienés de origen, el kipferl, así que igual ni siquiera debería estar en el duelo—, el Tour de Francia, Zidane, el perfume de Grasse con Chanel a la cabeza, y Astérix. Un país que puede permitirse dejar fuera a Astérix es un país muy serio.
Alemania. Fuera la aspirina (Bayer, 1899, probablemente el medicamento más universal de la historia), la selección del 74 con Beckenbauer, El hundimiento y La vida de los otros en cine, los cuentos de los hermanos Grimm —que criaron a media humanidad, incluidas mis tres hijas— y la reunificación de 1989 como momento histórico. Ojo a un país cuyo descarte es «la caída del Muro».
Inglaterra. Fuera Churchill y su «sangre, sudor y lágrimas», Hitchcock (que brilló sobre todo en Hollywood, de ahí la duda), el pub como institución social —y quien haya leído lo que pienso de los bares con vida sabe que esto me cuesta—, Stonehenge y los Monty Python. Dejar fuera a los Python estuvo a punto de romper la negociación.
Estados Unidos. Fuera la hamburguesa, Muhammad Ali, el Mustang y el Corvette, la penicilina industrializada —el descubrimiento fue británico, de Fleming, pero convertirla en algo que salvara millones de vidas fue trabajo americano— y los parques nacionales: Yellowstone fue el primero del mundo en 1872, y la idea de proteger la naturaleza por ley es más revolucionaria de lo que parece.
Japón. Fuera el ramen, el karaoke (invento japonés del que los introvertidos tenemos opiniones encontradas), Murakami, el Toyota 2000GT y el Nissan GT-R, y el monte Fuji como icono. El Fuji fuera de la lista y nadie se inmuta: eso es tener banquillo.
El calendario
A partir de mañana, un país cada día a las diez: Italia, España, Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Japón, que además cargará con el veredicto final.
Siete países, setenta maravillas, treinta y cinco descartes dolorosos y una conclusión que adelanto en versión críptica: cada país gana en una categoría distinta, y esa categoría lo retrata mejor que su bandera. Mañana empezamos por el país que gana en la más envidiable de todas.
Imagen de portada: mapa del mundo de Gerard van Schagen (Ámsterdam, 1689), dominio público, vía Wikimedia Commons.