Javier Valencia Javier Valencia
Paseo marítimo de Fuengirola con palmeras, paseantes y la playa al fondo

La marea de cada verano: el turismo y los comercios de mi zona

Javier Valencia · · 7 min de lectura · 2 visitas · Personal
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Vivo en Mijas Costa, y eso significa que vivo dentro de un fenómeno que la mayoría de España solo ve dos semanas al año. Aquí el turismo no es una temporada: es el clima. Sube y baja como una marea —más alta en agosto, más baja en noviembre—, pero nunca se retira del todo. Y como toda marea, mueve cosas: trae dinero, trae trabajo, trae gente, y a la vez arrastra, erosiona y va cambiando la forma de la costa sin que te des cuenta, hasta que un día miras la calle de siempre y ya no es la calle de siempre.

Llevo años dándole vueltas a lo que esa marea les hace a los comercios de mi zona. No desde la teoría: desde la compra del sábado, el café del domingo y el paseo de después de cenar. Y la conclusión a la que he llegado es incómoda de resumir, porque no hay un solo efecto. Hay tres historias distintas pasando a la vez: la de los que surfean la ola, la de los que se ahogan en ella y la de los grandes, que juegan con otras reglas.

Los números del monocultivo

Primero, la escala, porque sin la escala no se entiende nada. La Costa del Sol cerró 2025 con 14,6 millones de turistas, otro récord, y un impacto económico que ronda los 22.000 millones de euros. Solo entre junio y agosto pasaron por aquí más de seis millones de visitantes. El empleo turístico de la provincia superó las 152.000 personas ocupadas, la cifra más alta de su historia.

Son números de vértigo, y conviene decirlo sin cinismo: esta tierra come de esto. Una parte enorme de las familias de Fuengirola, de Mijas, de Benalmádena, de Torremolinos, tiene su nómina atada directa o indirectamente a esa marea. Yo trabajo en software y podría fingir que el asunto no va conmigo, pero sería mentira: mis vecinos son camareros, recepcionistas, cocineras, taxistas, dependientas. Cuando el turismo tose, aquí no se resfría nadie: aquí hay neumonía. Lo vimos en 2020, cuando la marea se retiró de golpe y el paseo marítimo parecía el decorado de una película apocalíptica de bajo presupuesto.

El problema no es que el turismo sea malo. El problema es lo que le pasa a cualquier ecosistema cuando se convierte en monocultivo: todo lo que no sirve al cultivo principal empieza a estorbar.

Los que surfean la ola

Empecemos por la cara amable, que existe y es muy real. Hay un pequeño comercio de mi zona al que el turismo le ha salvado la vida, literalmente.

El chiringuito familiar que lleva décadas espetando sardinas —he escrito sobre los que no cambio— hace en cuatro meses la caja de todo el año. La expresión «hacer el agosto» aquí no es una metáfora: es contabilidad. La heladería artesana, el alquiler de bicis, el restaurante de la esquina con la carta en tres idiomas: para todos ellos la marea alta es la cosecha, y la cosecha da para aguantar el invierno, pagar a la familia y mantener abierto un negocio que, en una ciudad de interior con la misma población, probablemente no existiría.

Y hay un efecto menos evidente que me gusta subrayar: el turismo sostiene una densidad de servicios de la que los residentes nos beneficiamos todo el año. En un municipio de cien mil habitantes no tocan tantos restaurantes, tantas farmacias abiertas, tanta frecuencia de tren de cercanías. La tenemos porque en verano aquí somos muchos más. El Mercado Central de Fuengirola, que es de las cosas que más quiero de mi zona, sobrevive en parte porque también el turista curioso deja allí su dinero.

Esa es la parte del trato que funciona. Ahora viene la letra pequeña.

Los que se ahogan

Hay otro pequeño comercio, en las mismas calles, al que la misma marea lo está hundiendo: el que no vende nada que un turista quiera comprar.

La mercería, la ferretería de barrio, la papelería, el zapatero, la tienda de electrodomésticos pequeña. Su cliente es el vecino, y su margen es el de siempre; pero su alquiler ya no se calcula sobre lo que ellos facturan, sino sobre lo que facturaría en ese local un negocio orientado al turista. Cuando vence el contrato, el propietario hace una cuenta muy sencilla, y la mercería se convierte en una tienda de vapeo, una hamburguesería smash o un local de alquiler de patinetes. Nadie ha hecho nada ilegal. Simplemente, el suelo comercial se ha repreciado en una moneda en la que el comercio de barrio no cobra.

En el centro histórico de Málaga el proceso está ya en fase terminal: quedan unos cuatro mil vecinos empadronados conviviendo con más de un millar de pisos turísticos, y las calles que hace veinte años tenían tiendas de tejidos y ultramarinos hoy encadenan franquicias de comida internacional, consignas de equipaje y tiendas de souvenirs que venden la misma sombrilla flamenca fabricada a diez mil kilómetros. Es un centro precioso, cada vez más lleno y cada vez menos de nadie.

Y aquí está la trampa que tardé en ver: el comercio de barrio no muere solo porque suba su alquiler; muere porque se le va el barrio. Según la OCU, la vivienda de uso turístico creció en la provincia de Málaga un 16,7 % en un solo año, y en municipios como Fuengirola o Mijas ya supera el diez por ciento de los hogares (en Benahavís, Nerja o Casares, más del treinta). Cada piso que pasa de tener inquilinos a tener huéspedes le resta al zapatero un cliente de cincuenta y dos semanas y le da a la franquicia uno de siete noches. Multiplícalo por miles de pisos y entiendes por qué cierra la tienda que «llevaba ahí toda la vida»: la vida que llevaba ahí era la de una clientela que ya no puede permitirse vivir ahí. Y la puntilla es laboral: el camarero que sirve la marea tampoco encuentra piso a menos de una hora, y hay negocios de temporada que no completan plantilla no por falta de gente, sino por falta de camas para la gente.

Los grandes juegan con otras reglas

¿Y las grandes superficies, las cadenas, las franquicias? Para ellas el turismo no es una ola que surfear ni una marea en la que ahogarse: es una línea más en la hoja de cálculo, y casi siempre suma.

La cadena puede pagar el local prime que expulsó a la mercería, porque no lo paga con la caja de ese local sino con la del grupo. Puede aguantar un invierno malo en la costa compensándolo con cien tiendas de interior. Puede negociar con el centro comercial, rotar personal entre municipios, ajustar surtido por semanas al perfil del visitante —he visto a los supermercados de aquí cambiar de idioma los carteles de la entrada según el mes—. El centro comercial con aire acondicionado y parking gratuito se ha convertido en el refugio oficial del turista en las horas de calor, y cada euro que se deja allí es un euro que no baja a la calle.

No lo cuento como agravio, sino como asimetría estructural: la estacionalidad, que es el gran impuesto del pequeño, es para el grande apenas ruido estadístico. El resultado se ve paseando: la marea sube para todos, pero unos tienen barco y otros tienen los pies en la arena.

Hay además una señal reciente que me parece muy reveladora: en 2025 la Costa del Sol perdió un cinco por ciento de turistas nacionales. Los precios se han ido calibrando para el poder adquisitivo del visitante extranjero, y la familia española de toda la vida —la que llenaba los apartamentos en agosto y repetía cada año, la clienta fiel del comercio mediano— empieza a quedarse fuera de su propia costa. Cuando un mercado optimiza tanto para el cliente que más paga, va perdiendo a los clientes que más vuelven. Eso también es comercio local: el que te conoce por tu nombre no puede competir en un ecosistema afinado para gente que está de paso.

Votar con los pies

¿Qué hace uno con todo esto, aparte de escribir un post? Lo único que está a mi alcance: elegir dónde gasto. El sábado, mercado. El desayuno, en el bar de siempre. El tornillo, en la ferretería del barrio aunque cueste veinte céntimos más que en la plataforma de turno. El pescado, donde el aceite no miente, y el producto, cuanto más de aquí, mejor. No es una heroicidad ni va a cambiar la macroeconomía de 22.000 millones. Pero cada ticket es un voto sobre cómo quiero que sea mi calle dentro de diez años, y prefiero votar a abstenerme.

No estoy contra el turismo. Estaría feo y además sería estúpido: vivo en una de las zonas más privilegiadas de Europa en parte gracias a él. Lo que me inquieta es el monocultivo, porque los monocultivos son frágiles y porque un pueblo donde solo se puede vender a los de fuera acaba sin sitio para los de dentro. La marea seguirá subiendo cada verano. La pregunta que me hago, mirando los locales de mi calle, es qué quedará en la arena cuando baje.


Imagen de portada: paseo marítimo de Fuengirola, fotografía de Olaf Tausch, CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.