Metropolis (1927), III: mutilada, perdida y rescatada en Buenos Aires
Llegamos al final de la serie, y me he guardado para el cierre la mejor historia de las tres. En la primera entrega hablé de la película de Fritz Lang; en la segunda, de la novela de Thea von Harbou. Esta tercera no va de cómo se hizo Metropolis, sino de cómo estuvo a punto de perderse para siempre y de cómo volvió de entre los muertos por uno de esos golpes de suerte que parecen escritos por un guionista. Es una historia de mutilación, de azar y, sobre todo, de gente que guarda cosas. Y por eso, como verás al final, es una historia que me toca de cerca.
La mutilación
Metropolis se estrenó completa, con sus 4.189 metros de película y unas dos horas y media, una sola vez: la noche del 10 de enero de 1927 en Berlín. A partir de ahí, todo fue tijeras.
Casi de inmediato, para el mercado estadounidense, un dramaturgo llamado Channing Pollock recibió el encargo de «arreglar» la película, y la dejó irreconocible: la recortó de dieciséis rollos a nueve, reescribió los rótulos y eliminó subtramas enteras. Entre otras víctimas, borró al personaje de Hel —la madre muerta de Freder, el viejo amor de Rotwang— por una razón tan tonta como real: en inglés, «Hel» se leía demasiado parecido a Hell, infierno, y temían las risas del público. Poco después, la propia UFA volvió a cortar su negativo para el reestreno alemán, y en el proceso se destruyeron dos de los tres negativos de cámara originales. Más tarde, ya en los años treinta, se redujo aún más, hasta dejarla en torno a la hora y media. Esa versión mutilada fue la base de casi todas las copias del mundo durante décadas.
El resultado de tanto tijeretazo es que, durante más de ochenta años, nadie vivo había visto Metropolis entera. Faltaba casi una cuarta parte de la película. Existían fotos de escenas que ya no estaban, descripciones en la novela y en los guiones de momentos que nadie podía ver. La obra maestra circulaba como un cuerpo amputado, y se daba por hecho que los trozos perdidos lo estaban para siempre. Las películas mudas se conservaban en nitrato, un soporte que arde, se descompone y desaparece; muchísimo cine de aquellos años se ha perdido de verdad, sin remedio. Se asumía que Metropolis completa era uno de esos fantasmas.
Ochenta años buscando
No es que nadie lo intentara. A lo largo de las décadas hubo restauraciones parciales, cada vez mejores, que iban juntando fragmentos de aquí y de allá. La más importante la presentó la fundación alemana que custodia el legado de Lang, la Murnau-Stiftung, en 2001: una reconstrucción de unos 124 minutos, con la partitura original recuperada, que durante un tiempo fue lo más cerca que íbamos a estar de la película verdadera.
Ese mismo año, Metropolis recibió un honor sin precedentes: fue la primera película de la historia inscrita en el registro Memoria del Mundo de la UNESCO, el mismo programa que protege manuscritos y documentos esenciales de la humanidad. Una declaración solemne de que aquella obra importaba. Pero, por debajo de la solemnidad, seguía faltando ese cuarto de película. La joya estaba reconocida, catalogada y querida. Y, aun así, incompleta. Hasta que sonó un teléfono en Buenos Aires.
El milagro de Buenos Aires
En 2008, en el Museo del Cine de Buenos Aires, apareció lo imposible: un negativo de seguridad de 16 milímetros —una copia reducida, sacada en su día de un viejo positivo de nitrato de 35 milímetros— que contenía la película prácticamente completa. Con los veinticinco minutos que faltaban. Con las escenas que nadie había visto desde 1927.
Lo identificaron el coleccionista e historiador Fernando Martín Peña, que llevaba años detrás de pistas sobre una copia argentina larga, y Paula Félix-Didier, entonces directora del museo. El hallazgo se anunció al mundo el 1 de julio de 2008 y fue una bomba: titulares en todo el planeta, incredulidad entre los expertos, y luego la confirmación. Era real.
Pero lo que más me fascina es el porqué, la cadena de azares que lo hizo posible. ¿Cómo acabó la única versión casi íntegra de una película alemana en Argentina? Pues porque, poco después del estreno de Berlín y antes de los recortes americanos, un distribuidor llevó una copia de 35 milímetros al otro lado del océano. Esa copia —una de las larguísimas, de las de verdad— pasó de mano en mano durante décadas: de un distribuidor a un crítico de cine, de ahí a una institución pública, de ahí al museo. En algún momento de los años noventa alguien sacó de ese viejo nitrato una copia de seguridad en 16 milímetros. Y ahí se quedó, olvidada en una lata, mientras en Europa daban la película por perdida.
Léelo otra vez, porque es de una ironía perfecta: la versión completa de Metropolis sobrevivió precisamente porque alguien sacó una copia y se la llevó lejos antes de que llegaran las tijeras. Mientras en Alemania troceaban los negativos «buenos», a doce mil kilómetros dormía, intacta, la única que conservaba el original entero. El material estaba muy rayado —se rodó a través de ochenta años de polvo— y solo dos secuencias quedaron irrecuperables. Pero estaba. Estaba casi toda.
The Complete Metropolis
Con ese tesoro argentino, los restauradores alemanes se pusieron a trabajar, combinando el material de Buenos Aires con las restauraciones anteriores. El resultado, «The Complete Metropolis», se estrenó el 12 de febrero de 2010 por todo lo alto: en la Berlinale, en un gran teatro de Berlín, con proyecciones simultáneas al aire libre junto a la Puerta de Brandeburgo y en Fráncfort, con la partitura original de Gottfried Huppertz interpretada en directo por una orquesta sinfónica.
Por fin, ochenta y tres años después, el público volvía a ver Metropolis prácticamente como Lang la había estrenado: cerca del 95% de la película, con su narración restituida, sus subtramas recuperadas, su sentido completo. Las escenas rescatadas, fáciles de distinguir porque se ven más arañadas, no son un adorno: devuelven la lógica a partes de la historia que durante décadas habían resultado confusas. Es, casi con seguridad, la mejor historia de restauración cinematográfica que existe. Y el tráiler de esa versión es el que incrusté en la primera entrega, por si quieres volver a verlo con esta historia ya en la cabeza.
Un paréntesis pop: el Metropolis de Moroder
Antes del rescate argentino hubo otro episodio curioso que merece una mención. En 1984, el productor italiano Giorgio Moroder —el genio del synth-pop, el de las bandas sonoras de discoteca— compró los derechos y lanzó su propia versión de Metropolis: más corta, tintada de colores, con efectos de sonido y una banda sonora de pop-rock ochentero con Freddie Mercury, Pat Benatar, Bonnie Tyler, Adam Ant y compañía.
A los puristas les dio un soponcio, como es lógico. Pero hay que reconocerle algo a aquel experimento medio hortera: reavivó el interés popular por la película en una generación que jamás se habría sentado a ver un mudo de 1927. Hoy es un objeto de culto por derecho propio, un cruce extrañísimo entre el expresionismo alemán y la MTV. A mí, que no soy purista de casi nada, me parece una nota a pie de página entrañable: cada época abraza los clásicos a su manera, y la de los ochenta fue ponerle a Bonnie Tyler de fondo. Podría ser peor.
Por qué esta historia me obsesiona
Llego al final, y a lo personal, que en este caso es lo que de verdad me empujó a escribir la serie entera. Porque la historia de Metropolis no es solo una historia de cine. Es una parábola sobre lo que guardamos y lo que perdemos, y eso es algo en lo que pienso constantemente.
Quien me lee sabe que soy un obseso de las copias de seguridad. He escrito sobre backups, sobre conservar las cosas, sobre no fiarlo todo a un único soporte que un día falla. Y resulta que la historia de Metropolis es la mejor charla sobre backups que he visto nunca, contada con una película de cien años. Piénsalo: el original «bueno», el que estaba en casa, en Alemania, lo destruyeron sus propios dueños a base de recortes. Lo que se salvó fue una copia, hecha sin mucha ceremonia, que estaba lejos, en otro continente, en otro formato. Es, casi al pie de la letra, la regla de oro de cualquiera que se tome en serio no perder sus datos: ten copias, en sitios distintos, en soportes distintos. La única razón por la que hoy podemos ver Metropolis entera es que, hace un siglo, alguien hizo una copia y la guardó en otra parte. Si eso no es una lección, no sé qué lo es.
Y hay algo más, más melancólico. La mayor parte del cine mudo se ha perdido de verdad: se calcula que se esfumó la mayoría de todo lo que se rodó antes de los años treinta. Metropolis es la excepción afortunada, la que volvió. Por cada Metropolis rescatada hay decenas de obras que nadie copió, nadie se llevó lejos, nadie guardó, y que ya no existen ni existirán. Eso me recuerda que la conservación no es un acto neutro ni automático: lo que llega al futuro llega porque alguien, en algún momento, se molestó en protegerlo. Las fotos de tus hijos, los documentos de tu vida, la cultura de tu época: nada de eso sobrevive solo. Sobrevive si alguien hace la copia y la pone a salvo.
El 10 de enero de 2027 se cumplirán cien años de aquella única noche en que Metropolis se vio entera en Berlín. Cien años de una película que imaginó el futuro, que casi se pierde en el pasado y que una copia olvidada en Buenos Aires nos devolvió. Si el centenario te pilla con ganas, ya sabes qué hacer: busca «The Complete Metropolis», ponte cómodo dos horas y media, y mira el futuro tal como lo soñaron hace un siglo. Y luego, hazme caso y comprueba tus copias de seguridad. Nunca se sabe lo que el futuro querrá recuperar.
Imagen de portada: la ciudad de Metropolis según el cartel de Boris Bilinsky para la película (1927), dominio público. Con esto se cierra la serie del centenario. Gracias por acompañarme las tres entregas.