Las 10 mejores cosas de España
Segunda parada de la serie, y la más comprometida para mí: jugar en casa. Aquí es donde uno descubre si el juego va en serio o si va a hacer patria. He intentado lo primero. Que cada cual juzgue.
La lista
1. El Quijote. Aquí no hay debate, y lo digo con todas las letras: ni con Dante. Cervantes escribió la primera novela moderna y probablemente la mejor, y cuatro siglos después seguimos dentro de ella: toda ficción que sabe que es ficción, todo personaje que se cree su propia historia, todo humor que esconde una tristeza, desciende de ese hidalgo. Del elegido hablo abajo, así que aquí lo dejo.
2. Las Meninas. El cuadro sobre el que más se ha escrito en la historia del arte, y con motivo: Velázquez pintó un cuadro que te está pintando a ti. Picasso le dedicó una serie entera de obras —cincuenta y ocho piezas en 1957, hoy en el Museu Picasso de Barcelona— intentando desmontarlo desde dentro. No lo consiguió del todo. Nadie lo ha conseguido.
3. La Alhambra. El edificio más bello de Europa, y procuro que no me pierda la cercanía: la tengo a hora y media y me sigue pareciendo un milagro cada vez. Es arquitectura que trabaja con lo que no pesa —el agua, la luz, la caligrafía, el aire— y que convierte un sistema defensivo en un poema. Los Reyes Católicos conquistaron Granada y no se atrevieron a tocarla; ese es el mejor informe pericial posible.
4. La Sagrada Familia. Ciento cuarenta y tantos años en obras y todavía te para el corazón al doblar la esquina. Gaudí entendió algo que casi nadie: que la geometría de la naturaleza —el árbol, el hueso, el panal— es estructuralmente mejor que la línea recta. La catedral gótica la inventó Francia; la catedral que parece crecida en vez de construida solo la tiene Barcelona.
5. El jamón ibérico de bellota. El equivalente exacto de la pizza en la lista italiana: la aportación gastronómica insuperable. Con una diferencia a nuestro favor que me parece justa señalar: la pizza es genial por accesible; el jamón es un ecosistema entero —la dehesa, la montanera, los cuatro años de paciencia— concentrado en una loncha. Es paisaje comestible.
6. El Guernica. El cuadro político más importante del siglo XX. Picasso cogió el bombardeo de un pueblo vasco y produjo la imagen universal de todas las guerras contra civiles, en blanco y negro, sin una gota de sangre visible. Sigue doliendo en el Reina Sofía y seguirá doliendo mientras haya bombardeos, es decir, me temo que siempre.
7. La guitarra española y el flamenco. España inventó un instrumento que adoptó el planeta y un género musical entero, Patrimonio Inmaterial de la UNESCO, capaz de las dos cosas más difíciles de la música: la técnica absoluta (Paco de Lucía) y la verdad absoluta (el cante jondo). En mi zona lo sé de primera mano: las peñas flamencas siguen siendo de los pocos sitios donde la música se hace a un metro de tu cara.
8. La España de 2008-2012. El sesgo futbolero se declara y se asume: dos Eurocopas y un Mundial encadenados, jugando además el fútbol mejor pensado que se ha visto nunca. El tiki-taka fue una idea antes que un palmarés: la posesión como forma de defensa, el pase como forma de ataque, Iniesta como forma de vida. Los que lo vimos en directo sabemos que no volverá.
9. El aceite de oliva virgen extra. España produce cerca de la mitad del aceite de oliva del mundo, y el mar de olivos de Jaén es uno de los paisajes agrícolas más impresionantes de Europa. Lo cuento siempre que escribo de producto local: hemos tardado siglos en aprender a venderlo con nuestro nombre en vez de a granel, pero el producto siempre estuvo a la altura de cualquier vino francés.
10. El Siglo de Oro. La trampa final, equivalente al Renacimiento italiano: en apenas cien años, Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora, Calderón, Velázquez, Zurbarán y El Greco. Un imperio en decadencia política produciendo la mayor concentración de literatura y pintura de su historia: quizás la lección española por excelencia, que el arte no espera a que la contabilidad cuadre.
El elegido: el Quijote
Si solo pudiera quedarme una cosa, me quedo el libro. Porque lo importante no es solo que sea la primera novela moderna: es cómo lo es. Un fracasado entrañable decide que la realidad no le gusta y sale a corregirla; el libro se ríe de él, se ríe de sí mismo, se ríe del género que lo contiene — y en mitad de la risa te rompe el corazón. Y el autor: un soldado manco de Lepanto, cinco años cautivo en Argel, recaudador de impuestos con estancia en la cárcel —donde, según su propio prólogo, se engendró la historia—. De ahí salió el libro del que descienden todos los demás. Si eso no es lo mejor que ha hecho este país, no sé qué puede serlo.
Mañana, Francia: el país que, según iremos viendo, no gana en objetos ni en obras, sino en algo más escurridizo y probablemente más importante.
Imagen de portada: «Don Quijote y los molinos de viento», grabado de Gustave Doré (1863), dominio público, vía Wikimedia Commons.