Conducir una Honda Forza 125 por la Costa del Sol
Tengo una Honda Forza 125. No es una moto de verdad si le preguntas a un motero, que te mirará con condescendencia y te explicará que ciento veinticinco centímetros cúbicos no son suficientes para nada. Tiene razón en los números y se equivoca en todo lo demás.
Por qué un scooter

La respuesta corta: aparcamiento. Vivo en la Costa del Sol, donde aparcar en verano es un deporte extremo y en invierno es solo difícil. Con el coche puedes tirarte veinte minutos buscando sitio. Con la Forza llegas, apartas las cuatro macetas del aparcamiento de motos que está justo delante de donde vas, y ya está. Esa diferencia de veinte minutos, multiplicada por todas las veces que sales al día, es tiempo de vida que recuperas.
La respuesta larga: libertad. No hay otra palabra. Un scooter en una zona como la Costa del Sol, donde la temperatura permite rodar prácticamente todo el año, te da una libertad de movimiento que el coche no te da. No piensas en si habrá sitio para aparcar. No piensas en el tráfico porque te filtras entre los coches en los atascos. No piensas en la gasolina porque con tres euros llenas el depósito y haces doscientos kilómetros.
La Forza en concreto
Honda hace scooters como hace todo lo demás: bien, sin drama y sin que se rompa nada. La Forza 125 es un scooter de rueda alta con un motor monocilíndrico que da doce caballos, que no es mucho pero es exactamente lo que necesitas para moverte por ciudad y carretera comarcal.
Lo mejor de la Forza es lo que no notas: que funciona. Arranca siempre. Frena cuando tiene que frenar. La suspensión absorbe los baches de las carreteras de la costa, que son muchos y variados. El asiento es cómodo para una hora de viaje sin que se te duerma nada. El hueco del asiento cabe un casco integral. El consumo es ridículo: dos litros a los cien.
Lo peor es el viento. Al no tener carenado completo, a partir de ochenta kilómetros por hora el viento te empuja. No es peligroso pero es incómodo. La pantalla de serie ayuda pero no hace milagros. He pensado en ponerle una pantalla más alta pero entonces deja de quedar bonita, y seamos honestos: la estética importa.
Las rutas

Hay tres rutas que hago regularmente y cada una tiene su personalidad.
La primera es la costera: de Mijas Costa a Fuengirola y vuelta. Quince minutos por la carretera de la costa, con el mar a la izquierda, pasando por La Cala, por el puerto deportivo y por el centro de Fuengirola. Es la ruta utilitaria, la que hago para ir a comprar algo o para tomar un café. Nada espectacular pero el mar siempre está ahí y nunca aburre.
La segunda es la de montaña: subir a Mijas Pueblo por la carretera que serpentea desde la costa. Son diez minutos de curvas con vistas que quitan el hipo. Subes quinientos metros de altitud en unos pocos kilómetros y cuando llegas arriba ves toda la costa desde Málaga hasta Marbella. En la Forza las curvas se hacen bien porque es ágil y ligera, aunque en las rampas más pronunciadas notas que ciento veinticinco centímetros cúbicos son ciento veinticinco centímetros cúbicos.
La tercera es la de domingo: bajar hasta Marbella por la antigua carretera nacional, evitando la autopista. Son cuarenta minutos de curvas suaves, pasando por Calahonda, Cabopino y los campos de golf. Esta ruta es la que hago cuando necesito desconectar de verdad. Cuarenta minutos conduciendo sin pensar en nada más que en la carretera, el motor y la siguiente curva.
Los días de lluvia
En la Costa del Sol llueve poco pero cuando llueve, llueve de verdad. Y conducir un scooter bajo la lluvia es una experiencia que te hace replantear todas las decisiones que te han llevado hasta ese momento.
El problema no es mojarte, que también. El problema es que las carreteras de aquí, que llevan meses sin ver agua, se convierten en pistas de patinaje con las primeras gotas. La grasa acumulada, el polvo, los restos de aceite, todo eso forma una capa sobre el asfalto que con la lluvia se vuelve más resbaladiza que una pista de hielo. La primera media hora de lluvia es la peor. Después, cuando el agua ha lavado la carretera, mejora. Pero esa primera media hora la pasas con el corazón en la boca.
Mi estrategia para la lluvia es sencilla: no salgo. Suena cobarde pero es sentido común. Si miro por la ventana y está lloviendo, cojo el coche. No hay prisa que justifique jugarse el cuello en un scooter sobre asfalto mojado. La Forza se queda en el garaje y yo mantengo los huesos intactos.
La comunidad invisible

Cuando conduces un scooter descubres que hay una comunidad invisible de gente que se mueve sobre dos ruedas. Nos reconocemos. Nos saludamos con un gesto de cabeza o levantando dos dedos de la mano izquierda. No nos conocemos de nada pero compartimos algo: la decisión de no ir en coche cuando el coche es la opción obvia.
Hay una jerarquía no escrita. Los de moto grande miran a los de scooter con cierta superioridad. Los de Vespa se consideran más elegantes que los de scooter japonés. Los de scooter japonés nos consideramos más prácticos que todos los demás. Y los ciclistas nos miran a todos con superioridad moral porque ellos no contaminan.
Pero cuando llueve solo quedamos nosotros y los ciclistas. Y los ciclistas se mojan más.
Ciento veinticinco son suficientes
Mucha gente me pregunta si no me quedo corto con ciento veinticinco centímetros cúbicos. La respuesta es no, para lo que yo hago. No voy por autopista a ciento cuarenta. No hago viajes de quinientos kilómetros. No necesito adelantar camiones en cuestas. Me muevo por la costa, subo al pueblo, bajo a Marbella y vuelvo a casa. Para eso, ciento veinticinco sobran.
Hay una tendencia a pensar que más es siempre mejor. Más cilindrada, más potencia, más velocidad. Pero más también es más peso, más consumo, más seguro, más mantenimiento y, sobre todo, más tentación de hacer cosas que no deberías hacer en una carretera pública.
La Forza 125 es exactamente lo que necesito: un vehículo que me lleva donde quiero ir de forma eficiente, económica y divertida. No me sobra nada y no me falta nada. Y en un mundo que insiste en que siempre necesitas más, hay algo muy satisfactorio en tener justo lo suficiente.