Tecnofeudalismo (X): salidas — las de Varoufakis y las mías
Décimo y último post de la serie. Hemos recorrido la tesis entera —feudos, capital en la nube, rentas, siervos, dinero barato, vasallos—, le hemos dado su turno completo a los críticos y he contado lo que se ve desde mi andamio. Queda la pregunta que despacha todo libro de diagnóstico en su último capítulo y que a mí me interesa más que el diagnóstico: ¿y ahora qué?
Las salidas de Varoufakis: la artillería grande
Las propuestas del libro son coherentes con su autor: estructurales, ambiciosas y —lo dice casi con orgullo— nada fáciles. Las tres principales:
Democratizar la empresa. Su propuesta estrella, que arrastra de libros anteriores: un esquema de «una persona, una acción, un voto» en el que quienes trabajan en una empresa son sus copropietarios, no mercenarios de accionistas lejanos. Aplicado a las plataformas, el capital en la nube pasaría a ser propiedad de quienes lo crean y lo alimentan.
El dividendo de los datos y la nube como bien común. Si el capital en la nube se construye con el trabajo gratuito de todos, su rendimiento debería revertir en todos: desde socializar la propiedad de los datos hasta un dividendo universal pagado con una parte de las rentas de las plataformas.
Dinero público digital. Cuentas y pagos digitales provistos directamente por los bancos centrales, para que la fontanería del dinero no acabe siendo también territorio privado de los señores — y para desactivar la palanca del dinero barato canalizado hacia los castillos.
¿Qué pienso? Que como horizonte intelectual son estimulantes y como programa a corto plazo son inviables, y no pasa nada por decir las dos cosas. Exigen mayorías políticas transnacionales que no existen ni se las espera. El propio Varoufakis lo sabe: su libro es más un intento de que veamos el sistema que una hoja de ruta para desmontarlo. Las gafas, otra vez. Y no es poco: nadie organiza una salida de un sitio que no sabe que habita.
La salida europea: el regulador con espada corta
Entre la revolución de Varoufakis y la nada, existe una tercera vía que ya está en marcha y que conviene juzgar con justicia: la regulación europea. La Ley de Mercados Digitales y la de Servicios Digitales son, leídas con las gafas de esta serie, legislación antifeudal explícita: obligar a los señores designados como «guardianes de acceso» a abrir sus puentes — mensajería interoperable, tiendas de aplicaciones alternativas, prohibición de autofavorecerse en los resultados, portabilidad de datos.
El balance de momento es agridulce: multas históricas que para las tesorerías de los gigantes son gastos de tramitación, aperturas cumplidas con la letra pequeña y burladas en el espíritu (las «tiendas alternativas» con condiciones diseñadas para que nadie las use). Pero señalo dos cosas a favor. Primera: es el único poder político del planeta que lo está intentando en serio; los propios señores dedican fortunas a combatirla, lo que da una pista de que algo teme el castillo. Segunda: la historia de mi sector enseña que estas espadas cortan tarde pero cortan — el troceo de AT&T también pareció imposible hasta que dejó de serlo, como conté ayer. El regulador no te devolverá el mercado idílico; puede, con suerte y años, mantener las puertas del feudo entreabiertas. No es épico. Es útil.
Mi lista: soberanía de andar por casa
Y luego está lo que no depende de Bruselas ni de la revolución: lo que uno hace con sus propios sistemas, su propio dinero y su propia atención. Lo llamo soberanía de andar por casa, y es la versión digital de aquello de votar con el ticket de compra que escribí sobre el comercio de mi zona. Mi lista, después de veinticinco años de oficio y unos cuantos peajes pagados:
Dominio propio. Es la pieza más barata y más rentable de toda la soberanía digital: correo y web bajo un dominio tuyo. Quien escribe en su dominio puede mudarse de proveedor sin pedir permiso; quien construye su presencia en el perfil de una plataforma está decorando una celda ajena. Este blog es exactamente eso.
Formatos abiertos y datos exportables. Markdown antes que el formato cautivo de turno; estándares antes que silos; y ante cualquier servicio nuevo, la pregunta del ingeniero de guardia: ¿cómo saco mis datos de aquí, y cuánto me costaría hacerlo el mes que viene? Si la respuesta da miedo, la respuesta es no.
Copias de seguridad propias. Restic y disciplina. Los datos que solo existen en el feudo son datos que tienes en usufructo, no en propiedad: la cuenta suspendida por error del algoritmo —pregúntale a cualquiera que lo haya vivido— no distingue entre tus archivos y los del spammer de al lado.
Autoalojar lo que importa; alquilar lo que no. No hay que autoalojarlo todo, ni tiene sentido: hay que saber qué funciones de tu vida o tu negocio son órganos vitales y tenerlas en infraestructura que puedas migrar. El resto, alquilado sin remordimientos: la nube como herramienta es magnífica; la nube como señorío, no.
Pagar por software a gente pequeña. Cada suscripción a un desarrollador independiente, cada donación a un proyecto libre, es comprar en la tienda del barrio digital: mantiene vivo el ecosistema que no cobra en datos ni en dependencia. Lo gratis del señor sale caro; lo modesto de pago sale barato.
Reserva de independencia. Y la versión financiera, de la que hice una serie entera: el colchón que te permite decir que no. La dependencia del feudo, como casi todas, se negocia mucho mejor con ahorros.
Nada de esto derriba castillo alguno, ya lo sé. Pero cambia tu posición dentro del mapa: de siervo a campesino con huerto. Y los huertos, históricamente, importaron más de lo que parecía: fueron la razón de que el señor no pudiera pedirlo todo.
Cierre de la serie
Empecé el primer post con la miniatura de un campesino arando tierras ajenas, y cierro con el hero de hoy: el caminante de Friedrich en lo alto del risco, mirando el mar de niebla. Me gusta como final porque es exactamente lo que un buen libro polémico hace por ti, y lo que el Tecnofeudalismo ha hecho conmigo estas semanas: no te saca de la niebla —sigues teniendo que bajar y cruzarla—, pero te sube un momento a un sitio desde donde se ve que la niebla tiene forma.
¿Ha muerto el capitalismo? Probablemente no, y quedó argumentado. ¿Se parece cada año más a un paisaje de castillos, peajes y campesinos conectados? Me temo que sí, y a partir de ahora ya no podrás dejar de verlo — que es, para bien y para mal, lo máximo que se le puede pedir a un libro.
El resto es lo de siempre, en digital y en todo: cuidar el huerto, conocer los peajes, guardar semillas propias, y no confundir jamás la comodidad de las murallas con la propiedad del castillo.
Imagen de portada: «El caminante sobre el mar de nubes», Caspar David Friedrich (c. 1818, Kunsthalle de Hamburgo), dominio público, vía Wikimedia Commons.