Tecnofeudalismo (VI): el dinero barato que pagó los castillos
Sexto post de la serie. Hemos visto el mecanismo del feudo: el territorio, la máquina, el peaje y la mano de obra gratuita. Falta la pregunta del contable: los centros de datos, las flotas de reparto, las décadas de pérdidas de las plataformas antes de dominar sus territorios — todo eso costó cantidades astronómicas. ¿Quién pagó la construcción de los castillos? La respuesta de Varoufakis es la parte de su libro donde el economista profesional se nota más, y donde menos le discuten los críticos: los pagamos, indirectamente, todos, a través de los bancos centrales.
2008: el año que lo torció todo
Conviene recordar 2008 sin la niebla de la costumbre, porque quienes lo vivimos trabajando lo recordamos bien. El sistema financiero occidental quebró de facto: los bancos habían apilado montañas de deuda mala empaquetada como buena, Lehman cayó, y durante unas semanas el dinero mismo —el crédito, la confianza— dejó de circular. Los estados rescataron a la banca con dinero público, y las economías entraron en la Gran Recesión. En España lo llamamos «la crisis» a secas, sin apellido, porque marcó una década entera: el paro por encima del 25 %, los desahucios, media generación emigrando o encadenando prácticas. Yo tenía treinta y pocos años, tres hijas pequeñas y un sector, el de las telecos, que también apretaba. No hace falta que me cuenten cómo fue.
Lo que vino después es lo que interesa al libro. Para evitar la depresión total, los bancos centrales —la Reserva Federal, el BCE, el Banco de Inglaterra, el de Japón— hicieron dos cosas a una escala jamás vista: bajaron los tipos de interés a cero (y en Europa, por debajo de cero) y se pusieron a comprar activos financieros masivamente con dinero de nueva creación, la famosa expansión cuantitativa. La lógica oficial era razonable: inundar de liquidez el sistema para que el crédito volviera a fluir hacia empresas y familias, hacia la economía real.
El desvío: adónde fue realmente el río
La tesis de Varoufakis —compartida, en esto, por economistas de casi todas las escuelas— es que el río de dinero no llegó mayoritariamente a la economía real. Las empresas no lo invirtieron en fábricas ni en salarios: la demanda estaba deprimida, ¿para qué producir más? El dinero fue adonde va el agua: cuesta abajo, hacia los activos. Bolsa, bonos, vivienda —los que vivimos en zonas turísticas conocemos bien ese capítulo—, recompras de acciones. Los precios de los activos se inflaron durante una década mientras los sueldos se quedaban quietos: quien tenía patrimonio se hizo más rico durmiendo; quien vivía de su nómina, no. Buena parte del malestar político de estos años cabe en esa frase.
Y una porción decisiva de aquel dinero gratis encontró el destino perfecto: la tecnología. Con los tipos a cero, el inversor no podía sacar rentabilidad de lo seguro, así que compró promesas de futuro: cuanto más lejana la ganancia, mejor, porque el dinero de esperar no costaba nada. Ahí está la clave técnica que explica la década: los tipos cero hacen racional financiar pérdidas eternas si al final del arcoíris hay un monopolio.
Pérdidas hoy, señorío mañana
Ese es exactamente el modelo con el que se levantaron los feudos digitales, y con tipos normales habría sido imposible.
Amazon pasó años acumulando pérdidas o beneficios ridículos mientras construía la infraestructura logística y de datos más grande del mundo, con la bendición de una bolsa que no le pedía dividendos sino conquista. Uber perdió miles de millones año tras año subvencionando carreras por debajo de coste —cada viaje barato de aquella época lo pagaba un fondo de inversión— hasta reventar al taxi de medio mundo. Las plataformas de reparto, de streaming, de patinetes: la misma partitura. Precio artificialmente bajo, competencia tradicional arrasada, posición dominante conquistada; ya subiremos las tarifas cuando no quede nadie enfrente. Quien haya visto cómo han evolucionado los precios (y las comisiones del post cuarto) una vez consolidado cada feudo sabe cómo acaba la canción.
Varoufakis lo formula con su punta habitual: el capital en la nube se financió con socialismo para los ricos: dinero público creado por los bancos centrales, canalizado por los mercados financieros hacia la construcción de monopolios privados. El campesino medieval al menos veía al señor pagar a sus canteros; nosotros financiamos los castillos sin enterarnos, vía la inflación de activos que nos dejaba fuera y los tipos cero que evaporaban cualquier ahorro modesto.
La prueba del algodón: 2022
Si esta explicación es correcta, debería verificarse en su contraria: cuando el dinero dejó de ser gratis, la construcción de castillos debió frenarse en seco. Y eso es exactamente lo que pasó. Con la inflación pospandemia, los bancos centrales subieron tipos a velocidad récord, y el ecosistema de «pérdidas eternas financiadas» se congeló de un día para otro: valoraciones desplomadas, despidos masivos en tecnología, unicornios evaporados, el capital riesgo cerrando el grifo. Sobrevivieron, y de qué manera, los que ya tenían el castillo construido: los cinco o seis grandes, sentados sobre montañas de caja, que además aprovecharon el invierno para comprar barato y despedir sin castigo bursátil.
Es un detalle que refuerza la tesis más de lo que parece: el fin del dinero barato no restauró la competencia. Llegó tarde: los fosos ya estaban llenos de agua. La ventana en la que aquellos imperios podían haberse quedado sin financiación se cerró alrededor de una década después de haberse abierto, y por ella pasaron justo los que hoy cobran los peajes.
Lo que este capítulo tiene de incómodo para todos
Me interesa subrayar por qué este capítulo del libro convence incluso a quienes rechazan la palabra «tecnofeudalismo»: porque no requiere conspiración ni malicia. Cada actor hizo lo racional. Los bancos centrales evitaron una depresión (y probablemente hicieron bien). Los inversores buscaron rentabilidad donde la había. Las plataformas ejecutaron la estrategia óptima con el precio del dinero que les pusieron delante. Y del agregado de tanta racionalidad salió un resultado que nadie votó: una economía donde el acceso de miles de millones de personas al comercio, la información y la vida social es propiedad de un puñado de empresas cuya construcción subvencionamos entre todos sin querer.
Queda por mirar la letra pequeña del organigrama del feudo: si arriba están los señores y abajo los siervos que labran gratis, ¿dónde queda todo lo demás? ¿Qué es hoy una empresa normal, un autónomo, un repartidor, un hotel de la Costa del Sol? Mañana: vasallos y proles, o el lugar de la gente corriente en el organigrama feudal.
Imagen de portada: «El cambista y su mujer», Quentin Massys (1514, Museo del Louvre), dominio público, vía Wikimedia Commons.