Tecnofeudalismo (III): el capital en la nube, o la máquina que te hace trabajar sin contratarte
Tercer post de la serie. Ya vimos la tesis general: mercados sustituidos por feudos, beneficio sustituido por renta. Hoy toca el concepto que Varoufakis considera su aportación teórica, el que da nombre a los nuevos señores: el capital en la nube (cloud capital; la traducción española de Deusto llama «nubelistas» a sus propietarios, los cloudalists, y confieso que el palabro me hace gracia y lo pienso usar).
El capital de toda la vida
Para entender qué tiene de nuevo, primero lo viejo. El capital clásico son medios de producción: el telar, el tractor, el torno, la cadena de montaje, el servidor incluso. Máquinas que amplifican el trabajo humano para producir cosas que luego se venden. El capitalista clásico compra máquinas, contrata trabajadores, produce, vende, y de la diferencia sale su beneficio. Las máquinas, en este esquema, son medios: no hacen nada solas, ayudan a hacer.
Toda la economía política de los últimos dos siglos —de Adam Smith a Marx y de ahí a tu libro de texto— se construyó sobre esa imagen. El poder económico venía de poseer los medios de producir mejor o más barato.
Lo que tiene de distinto la nube
El capital en la nube —los centros de datos, las redes, y sobre todo los algoritmos entrenados con nuestros datos— se parece al capital clásico en que son máquinas caras propiedad de unos pocos. Pero se diferencia, dice Varoufakis, en tres cosas que lo convierten en otra especie:
Primero: no produce cosas; produce comportamiento. El telar hacía tela. El algoritmo de recomendación no hace nada tangible: modifica lo que deseas, lo que miras, lo que compras y a quién se lo compras. Es la primera forma de capital cuya materia prima y cuyo producto son la atención y la conducta humanas. Cuando una plataforma te enseña un vídeo detrás de otro con una puntería que te asusta, no está fabricando un producto para venderte: te está fabricando a ti como consumidor más predecible.
Segundo: se reproduce con trabajo gratuito. El telar necesitaba obreros asalariados. El capital en la nube se alimenta y se mejora, sobre todo, con el trabajo no pagado de miles de millones de personas: cada búsqueda, cada reseña, cada foto etiquetada, cada like es una pequeña aportación de mantenimiento y mejora a una máquina ajena. De esto va el quinto post, porque es el mecanismo más silencioso y más importante de todos.
Tercero: no compite en el mercado; aloja el mercado. Y aquí volvemos al feudo. El dueño del telar competía con otros dueños de telares. El dueño del capital en la nube posee el territorio donde los demás compiten: la tienda donde venden los vendedores, el buscador donde existen los negocios, la red donde hablan las personas. No juega la partida: cobra la entrada al tablero.
La suma de las tres cosas es lo que justifica, para Varoufakis, hablar de una mutación y no de una evolución: un tipo de capital que manda sobre la conducta, se reproduce gratis y posee el terreno ya no funciona con la lógica del beneficio competitivo. Funciona con la lógica del señorío.
La analogía del alma: el algoritmo como capataz y como cura
Hay una imagen del libro que me parece de lo mejor que contiene. En el feudalismo clásico, el poder del señor necesitaba dos figuras: el capataz, que organizaba el trabajo, y el cura, que moldeaba los deseos y legitimaba el orden desde el púlpito. El capital en la nube, dice Varoufakis, integra ambas funciones en la misma máquina: el algoritmo que te organiza el trabajo (el reparto de tareas del almacén, la asignación de carreras al conductor, el orden de tu bandeja de entrada) es el mismo tipo de sistema que te sugiere qué desear esta noche en la pantalla. Capataz por el día, cura por la noche. Ningún capital anterior había tenido las dos llaves a la vez.
Como ingeniero, permitidme el matiz técnico que el libro no siempre cuida: «el algoritmo» no es una entidad mágica, son sistemas de recomendación y optimización entrenados para maximizar métricas concretas —tiempo de permanencia, conversión, coste por entrega—. No hay malicia en el código; hay una función objetivo. Pero eso, y esto Varoufakis lo entiende bien, casi lo hace más inquietante: nadie decidió moldear los deseos de nadie. Simplemente, moldear deseos resultó ser el camino más corto hacia la métrica.
«Pero si yo pago encantado mis servidores en la nube»
Aquí tengo que hablar de mi libro, porque en mi oficio la palabra «nube» significa algo más prosaico: máquinas virtuales, almacenamiento, balanceadores. Llevo años administrando infraestructura ajena y propia, y seré claro: el cloud como servicio de infraestructura es un invento magnífico. Poder levantar en diez minutos lo que antes exigía semanas de compras y cableado es progreso puro, y quien añore los tiempos de esperar un servidor tres meses es que no los vivió.
La distinción que el libro me ha ayudado a afinar es que no todo lo que se llama nube es capital en la nube en el sentido de Varoufakis. Alquilar cómputo es un negocio de toda la vida: pago por un recurso, puedo irme a la competencia, hay contratos y precios. El capital en la nube empieza donde acaba la sustituibilidad: cuando el servicio posee a los usuarios, los datos y el terreno, y marcharse deja de ser una opción real. Un servidor virtual se migra en una tarde; salirse de la tienda de aplicaciones donde están todos tus clientes, no. La frontera exacta es discutible —y en el post de críticas veremos a quienes la discuten—, pero la dirección del argumento me parece correcta: no es lo mismo alquilar la yunta que vivir en tierras del señor.
El mapa de los nuevos señores
Con el concepto en la mano, el paisaje se ordena solo. Los «nubelistas» son los propietarios de capital en la nube a escala de civilización: las cinco o seis empresas americanas que todos nombramos de corrido y sus equivalentes chinos. Por debajo de ellos, el resto de la economía se recoloca: las empresas normales —desde la multinacional hotelera hasta el comercio de mi calle— se convierten en vasallas, pagando renta por visibilidad y acceso; los trabajadores gestionados por algoritmo se convierten en proles de la nube; y los usuarios, tú y yo, en siervos que labran gratis el campo de datos. A esa taxonomía completa le dedicaré el séptimo post.
¿Exagera? Puede. Las metáforas potentes siempre exageran; para eso se contratan. La pregunta operativa no es si la palabra «feudalismo» es exacta —no lo es, ningún nubelista puede mandarte a galeras—, sino si el mecanismo económico que describe es real: si de verdad el centro de la economía se está desplazando del beneficio por producir a la renta por controlar el acceso.
Y esa pregunta, amigos, tiene números. Mañana los ponemos encima de la mesa: lo que cuesta exactamente, en porcentaje, existir en el feudo.
Imagen de portada: «Estudio de nubes», John Constable (1822), dominio público, vía Wikimedia Commons. Constable pintó nubes durante dos años para entender de qué estaban hechas; dos siglos después seguimos en ello.