Tecnofeudalismo (VII): vasallos y proles — el organigrama del feudo
Séptimo post de la serie. Ya tenemos a los señores («nubelistas», dueños del capital en la nube) y a los siervos que labran gratis. Pero un feudo de verdad tenía más estamentos, y la economía digital también. Hoy completamos el organigrama con las dos figuras intermedias, que probablemente te incluyen: el capitalista vasallo y el prole de la nube.
Los vasallos: empresas con señor
En el feudalismo clásico, el vasallo no era un campesino: era alguien con recursos —tierras, armas, hombres— que sin embargo debía homenaje a un señor superior. Conservaba su hacienda y su rango, pero su posición dependía de una lealtad que se renovaba de rodillas y que el señor podía revocar.
El capitalista vasallo de Varoufakis es la empresa normal de nuestra época: produce de verdad, compite de verdad, asume riesgos de verdad — y sin embargo su acceso al cliente pertenece a otro. El fabricante que vende en Amazon entregando más de la mitad de sus ingresos. El desarrollador que existe a discreción de dos tiendas de aplicaciones. El medio de comunicación cuyo tráfico sube o se hunde con cada cambio de algoritmo que nadie le consulta. La marca que «tiene» seguidores a los que solo puede llegar pagando.
Lo veo constantemente en mi zona, y quien haya leído mi post sobre turismo y comercio local reconocerá el patrón: el hotel de la Costa del Sol entrega a las plataformas de reservas una comisión de dos dígitos por cada huésped —15-25 % es la horquilla habitual del sector—, y no puede salirse porque «ahí buscan todos». El restaurante paga al agregador de reparto comisiones que rondan el 30 % de cada pedido, y mantiene la cuenta abierta a pérdidas porque cerrarla es desaparecer del mapa donde ahora existe la cena. Nótese la estructura en ambos casos: negocios solventes, con oficio y con clientela, pagando renta perpetua por el derecho a que su clientela los encuentre. Eso no es un proveedor más: es un señor. El homenaje ya no se rinde de rodillas; se rinde aceptando unos términos de servicio que cambian unilateralmente y que nadie lee.
La distinción con un mercado duro pero sano está en la salida. Un proveedor caro se sustituye; una calle cara se abandona por otra. Del feudo no hay salida lateral: la alternativa a la plataforma dominante no es otra plataforma, es la invisibilidad.
Los proles: trabajar para el capataz de silicio
Un escalón más abajo aparece la figura más nueva y más estudiada: el trabajador cuya jornada dirige un algoritmo. Varoufakis los llama proles de la nube (cloud proles): el mozo de almacén cuya productividad mide y ordena un sistema que le marca los segundos por estantería; el repartidor que no tiene jefe humano al que replicar, solo una app que asigna, puntúa y desconecta; el conductor cuya tarifa fluctúa según una fórmula que no conocerá jamás.
Lo distintivo no es la dureza —trabajos duros ha habido siempre— sino la arquitectura de la relación. El capataz humano de toda la vida era negociable: se le podía discutir, engañar un poco, convencer, hacer huelga a la contra. El capataz algorítmico no negocia: optimiza. Y produce una figura laboral inédita: el falso autónomo que no tiene ninguna de las libertades del autónomo —no fija precio, no elige cliente, no diseña su servicio— pero tampoco ninguna de las protecciones del asalariado. En España lo conocemos bien: la «ley rider» de 2021 fue de los primeros intentos europeos de meterle mano, con resultados que aún se discuten en los juzgados y en las esquinas donde esperan los repartidores.
El prole de la nube trabaja, cobra —a diferencia del siervo del post anterior— pero cobra al precio y al ritmo que decide la máquina del señor, y cada movimiento suyo entrena además a la máquina que lo sustituirá o lo apretará mañana. Es la única figura del organigrama que alimenta el capital en la nube dos veces: con su trabajo y con sus datos.
El organigrama completo
Recapitulemos el feudo, de arriba abajo:
Los nubelistas. Dueños del capital en la nube: el territorio, el algoritmo, los datos. Cobran renta de todos los de abajo.
Los vasallos. Empresas productivas de todos los tamaños que pagan renta —comisión, publicidad, visibilidad— por acceder a clientes que ya no son alcanzables de otro modo.
Los proles. Trabajadores dirigidos por algoritmo, dentro o fuera de nómina.
Los siervos. Todos nosotros: los que labramos gratis el campo de datos con nuestra vida cotidiana conectada.
La misma persona ocupa varias casillas a la vez, claro: el autónomo que vende por plataforma (vasallo) reparte a veces sus propios pedidos guiado por la app (prole) y alimenta los sistemas con cada gesto (siervo). Las castas digitales no van con la sangre: van con la relación de cada actividad respecto al capital en la nube. Pero fíjate en lo que no hay en el organigrama: no hay ninguna casilla donde uno se relacione con sus clientes o su trabajo sin pasar por el territorio de un señor. Esa casilla, que hace veinte años era simplemente «la economía», es la que se está quedando vacía.
La objeción que ya estarás pensando
«Pero nadie les obliga.» Cierto, y es la diferencia real con el año mil: no hay espada. El hotel podría salirse del portal de reservas, el restaurante del agregador, tú y yo de las redes. La respuesta honesta es la que di en el post de los siervos: la coacción ha sido sustituida por el efecto red y el coste de la invisibilidad, y la libertad formal de irse se parece cada año más a la libertad formal del campesino de 1300 de echarse al camino: existir, existía; ejercerla era la miseria. Un negocio hoy puede vivir fuera de los feudos —haberlos, haylos, y algunos muy dignos— pero cuesta el doble de esfuerzo llegar a la mitad de gente. Lo sé de primera mano porque este blog es exactamente ese experimento, y de eso hablaré en el noveno post.
Antes toca algo más importante. Llevamos seis posts dándole la razón a Varoufakis con matices, y así no se lee un libro: se comulga con él. Mañana viene el post que me obligué a escribir desde el principio: las críticas. Economistas y pensadores serios —Morozov a la cabeza— sostienen que todo esto es un espejismo conceptual, que las Big Tech son capitalismo en estado puro, y que llamarlas feudalismo es mala historia y peor economía. Les vamos a dar su turno completo, porque alguna de sus objeciones hace daño de verdad.
Imagen de portada: detalle del mes de septiembre de «Las muy ricas horas del duque de Berry», hermanos Limbourg (c. 1412-1440): la vendimia a los pies del castillo de Saumur. Dominio público, vía Wikimedia Commons.