Javier Valencia Javier Valencia
Operadoras de una centralita telefónica manual en 1907

Tecnofeudalismo (IX): lo que se ve desde dentro del feudo — veinticinco años pagando peajes

Javier Valencia · · 5 min de lectura · 41 visitas · Personal
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Noveno post de la serie. Ya está contada la teoría y están contadas sus grietas. Hoy toca el contraste con la única base de datos que administro desde hace casi medio siglo de vida: la mía. Llevo más de veinticinco años en el software y las telecomunicaciones —facturación de telecos, ERP, VoIP, infraestructura—, es decir, llevo veinticinco años viendo construirse el feudo desde el andamio. Esto es lo que he visto.

La foto de portada no es nostalgia: es una advertencia

El hero de hoy son operadoras de centralita en 1907. Las he elegido porque son mi gremio: eso es una plataforma de comunicaciones, versión manual. Y porque ilustran una cosa que en mi sector sabemos y que el debate sobre las Big Tech olvida: las telecos fueron los nubelistas de su siglo. Dueñas absolutas de la red, cobraban peaje por cada minuto de voz humana, decidían qué aparatos podían conectarse, y llegaron a ser desmanteladas por ley (el troceo de AT&T en 1984) cuando su señorío se hizo insoportable. Quien crea que los imperios de red son eternos, que mire cuántas de aquellas operadoras siguen mandando.

Pero la segunda mitad de la historia es la interesante, porque la viví desde dentro: a las telecos no las destronó solo la ley. Las destronó internet, que convirtió su preciado peaje en una tubería tonta por la que circula el valor de otros.

El destronamiento de mi sector, en una factura

Cuando yo empecé, el negocio de una operadora era vender minutos y mensajes. El SMS es el ejemplo que uso siempre porque es obsceno: cobrar dinero real por 160 bytes fue posiblemente el producto con mejor margen de la historia de las telecomunicaciones. Llegaron WhatsApp y compañía y aquel negocio desapareció en cinco años. No mejoró, no se encogió: desapareció. Las llamadas internacionales, ídem. Hoy la voz —mi especialidad, mi oficio, lo que facturan mis sistemas— es para el usuario un icono más dentro de aplicaciones propiedad de dos o tres señores de California.

Fíjate en la estructura, porque es el libro de Varoufakis en una factura: la operadora sigue pagando la red —las antenas, la fibra, los técnicos en la zanja—, sigue asumiendo el capital físico y sus riesgos, pero el valor y la relación con el cliente se los queda quien está arriba, sin poner un metro de cable. La teleco quedó de vasalla en su propia infraestructura: cobra la cuota de la tubería, cada vez más ajustada, mientras el señor cobra el territorio donde ocurre la conversación. En el gremio lo llamamos, con resignación técnica, ser dumb pipe. La tubería muda.

¿Y sabes qué es lo más instructivo? Que las telecos se lo hicieron antes a otros: pregúntale a los fabricantes de terminales de los noventa quién decidía qué teléfono llegaba al cliente. El feudo no es una maldad de esta generación de empresas: es la forma que toma cualquier red cuando alguien consigue poseer el punto de paso. Por eso me tomo en serio el libro y por eso mismo no me lo tomo como apocalipsis: he visto caer un señorío entero y a sus siervos cambiar de amo en una década.

Estampitas del feudo, coleccionadas en el trabajo

Del resto de mi vida profesional, tres estampas rápidas que cualquier colega reconocerá.

La tienda de aplicaciones. He visto proyectos serios —meses de trabajo, clientes esperando— retenidos días en revisiones opacas de las tiendas de turno, o rechazados por reglas reinterpretadas sobre la marcha. No apelas a un juez: apelas al señor, con el formulario del señor, en los plazos del señor. Cualquiera que haya publicado software móvil sabe que eso no se parece a un mercado: se parece a pedir audiencia.

El hyperscaler. En infraestructura, la concentración es de libro de texto: tres proveedores americanos concentran la mayor parte del cloud occidental, y cuando una región grande de uno de ellos tose, se cae medio internet a la vez — lo hemos visto en varias ocasiones sonadas: aplicaciones, medios, hasta timbres de puerta. Yo defiendo el cloud como herramienta desde hace años, pero he aprendido a diseñar pensando en la salida: lo que no puedes migrar en un plazo razonable no es un proveedor, es una dependencia señorial, y las facturas de egress —el peaje por sacar tus propios datos— están calculadas exactamente para que lo notes.

El estándar abierto arrinconado. Mi mundo, la VoIP, se construyó sobre SIP: un estándar abierto donde cualquier servidor habla con cualquier otro, como el correo. Técnicamente, hoy podrías tener una identidad de voz tan portable como tu email. La realidad es que el planeta habla por silos cerrados que no interoperan entre sí a propósito: la lista de contactos como foso defensivo. Cada vez que monto un Kamailio y veo lo bien que funciona la federación abierta, me acuerdo de que la clausura de los jardines no fue una necesidad técnica. Fue una decisión de negocio: el efecto red vale más cercado.

Mi huerto: este blog

Y luego está la estampa doméstica, la que me hace especial ilusión contar en esta serie. Este blog que lees es mi respuesta práctica de andar por casa, contada en su día: ficheros Markdown en un servidor que administro yo, un binario en Go que compilo yo, un dominio a mi nombre, copias de seguridad que restauro yo. Sin plataforma, sin algoritmo de recomendación, sin señor. Si mañana quiero mudarlo entero, es un rsync.

No lo cuento como heroicidad, que sería ridículo: lo cuento como contraste experimental. Porque conozco el precio exacto de vivir fuera de las murallas: nadie me «distribuye», ningún algoritmo me regala lectores, todo crecimiento es lento y orgánico. El feudo ofrece de verdad lo que ofrece —alcance, comodidad, visibilidad instantánea— y por eso sus murallas están llenas. La cuestión, como siempre en ingeniería, no es pureza sino arquitectura: decidir qué partes de tu vida y de tu negocio pueden permitirse ser dependientes y cuáles no deben serlo jamás. Ese cálculo, que en mi oficio hacemos para cada sistema, es el que como sociedad no estamos haciendo para nada.

De ese cálculo va el último post de la serie: las salidas que propone Varoufakis —algunas utópicas, otras menos—, lo que la Unión Europea está intentando a su manera, y mi lista práctica de campesino con huerto, herramientas incluidas. Mañana cerramos.


Imagen de portada: operadoras de centralita telefónica en Salt Lake City, octubre de 1907, dominio público, vía Wikimedia Commons.