Agosto en Mijas cuando no te vas de vacaciones
Cada año, hacia finales de julio, alguien me hace la misma pregunta: «¿Y vosotros este año dónde os vais?». Y cada año doy la misma respuesta, que provoca la misma cara de extrañeza: a ningún sitio. Vivo en Mijas Costa, a un paseo de la playa, en el sitio exacto al que media Europa está haciendo la maleta ahora mismo. Irme de vacaciones de aquí en agosto tendría algo de contrasentido logístico: reservar con meses de antelación, conducir seiscientos kilómetros y hacer cola en otra costa para conseguir una versión probablemente peor de lo que ya tengo en la puerta de casa.
Así que me quedo. Y quedarse tiene un precio que nadie te cuenta cuando te felicita por vivir donde vives: durante un mes, tu pueblo deja de ser tuyo. No es una metáfora, es un traspaso temporal de la posesión, con sus cláusulas no escritas y su fecha de devolución. Ya conté en su día lo que es vivir en la Costa del Sol sin ser turista; agosto es esa misma condición en versión concentrada, las cuatro semanas del año en que se vive en modo intensivo.
El pueblo en préstamo
La primera cláusula del traspaso es el aparcamiento. El resto del año aparco sin pensar, con esa memoria muscular del que conoce sus calles; en agosto ese conocimiento no vale nada, porque todas las plazas están ocupadas por coches de alquiler blancos idénticos entre sí, y uno acaba dando vueltas por su propio barrio como un forastero, mirando los huecos con la misma ansiedad que el que acaba de llegar. Hay pocas experiencias tan humillantes, en su pequeñez, como no poder aparcar delante de tu propia casa.
La segunda cláusula es el bar. El bar de diario, el del desayuno de siempre, el sitio donde no necesitas pedir porque ya saben lo que tomas, en agosto tiene lista de espera. Y ahí se produce una escena curiosa: el camarero que te conoce te ve llegar, te hace un gesto de disculpa desde la barra —los dos sabemos que esa mesa era tuya— y tú te vas a otro sitio sin rencor, porque entiendes perfectamente lo que está pasando: está haciendo el agosto, en el sentido más literal y contable de la expresión. De lo que esa marea les hace a los comercios de mi zona —a los que la surfean y a los que se ahogan en ella— ya escribí largo; en agosto no hace falta escribirlo, basta con salir a la calle y verlo funcionar a pleno rendimiento.
La tercera cláusula son los precios, que se ponen «de temporada» con una naturalidad admirable. No es que nadie te engañe: es que durante un mes la economía local se calibra para otro cliente, uno que ha venido a gastar y al que quince euros más o menos no le estropean la semana. El que vive aquí simplemente aprende a leer la letra pequeña del calendario y a dejar ciertas costumbres en barbecho hasta septiembre.
Vivir a contrahora
El que se queda desarrolla, con los años, una estrategia que se puede resumir en dos palabras: vivir a contrahora. La playa, por ejemplo, sigue existiendo en agosto, pero solo a primera hora. A las ocho de la mañana el paseo de La Cala es nuestro: los que caminamos, los que nadan su rato, los jubilados con el periódico, los perros que aún pueden pasear sin achicharrarse. Hay una complicidad silenciosa entre los madrugadores de agosto, un reconocerse entre nativos. A las once, esa misma playa es otra cosa: una ciudad efímera de sombrillas plantadas con vocación de permanencia. No es que esté prohibido ir; es que ya no tiene sentido.
Lo mismo vale para todo lo demás. La compra, a primera hora. Los recados, a primera hora. La carretera de la costa, mejor ni tocarla entre las doce y las ocho. Y luego está la siesta, que en agosto deja de ser un placer opcional para convertirse en una técnica de supervivencia térmica: entre las cuatro y las seis de la tarde el pueblo entero —el pueblo de verdad, el que se queda— baja las persianas y desaparece, cediéndole las horas imposibles a los que no saben que son imposibles. Uno se vuelve un animal crepuscular en su propia tierra: existe al amanecer y vuelve a existir cuando cae el sol, y en medio deja pasar el día como se deja pasar un chaparrón.
Los ojos de los que vienen
Y sin embargo —y aquí viene la parte que me cuesta más admitir— agosto también me da cosas que el resto del año no me da. La luz, para empezar: esa luz espesa y dorada de las tardes largas, que no es mejor que la de junio pero sí más consciente de sí misma, como si supiera que se acaba. Las noches en la calle, con el pueblo despierto hasta las tantas y ese rumor de terrazas que en noviembre echaré de menos aunque ahora me estorbe.
Y sobre todo, los ojos de los demás. En agosto veo a diario a gente fotografiando esquinas por las que yo paso sin mirar, deteniéndose ante una buganvilla que para mí es un elemento más del mobiliario, cenando frente a un mar que yo tengo tan asumido que hay semanas en que no recuerdo haberlo mirado. Y eso, más que molestarme, me corrige. Porque la familia que ha ahorrado todo el año para pasar aquí sus dos semanas ha venido, exactamente, a mi vida cotidiana. Mi rutina es su premio. Hace falta ver tu casa a través de los ojos de los que vienen para acordarte de lo que tienes, y agosto, con toda su incomodidad, es el mes en que el pueblo entero me hace ese recordatorio. Es difícil sostener la queja cuando entiendes que el atasco que sufres está hecho de gente cumpliendo un deseo.
Septiembre, la liberación
El secreto mejor guardado del que se queda es que nuestras vacaciones empiezan cuando se acaban las de los demás. Septiembre en la Costa del Sol es un mes clandestino y perfecto: el mar está más caliente que en junio, la luz sigue siendo de verano, y de pronto, sin previo aviso, todo vuelve. Vuelve la plaza de aparcamiento. Vuelve la mesa del bar, y el camarero, ya con otra cara, tiene tiempo hasta de charlar. Vuelve la playa a cualquier hora, no solo al alba. El pueblo te es devuelto con un ligero desgaste por el uso, como un piso tras un inquilino razonable, y hay un suspiro colectivo de los que nos quedamos que no es alivio exactamente: es recuperación de la posesión.
Por eso ya no vivo agosto como una invasión, sino como lo que de verdad es: una convivencia anual con sus reglas conocidas. Un mes al año presto mi pueblo, me hago a un lado, madrugo más y protesto menos, sabiendo que la marea sube y baja con una puntualidad que casi tranquiliza. No me voy de vacaciones en agosto porque vivo donde otros las sueñan. Me quedo, guardo la sombra, y espero a septiembre, que es cuando este sitio vuelve a ser mío. Y les aseguro que la espera compensa.