Chiringuitos de Fuengirola: los que no cambio
Fuengirola tiene ocho kilómetros de paseo marítimo y, a lo largo de esos ocho kilómetros, una cantidad absurda de chiringuitos. Van desde los que sirven paella de sobre a cuarenta euros hasta los que tienen el mejor espeto de sardinas de la provincia. Distinguir unos de otros no es fácil si no vives aquí. Este post es mi intento de resumir lo que he aprendido después de años comiendo en la playa, con los favoritos que no cambio y los errores que te evitas si lees hasta el final.
Qué es un chiringuito de verdad

Antes de nada, una definición útil. Un chiringuito, en el sentido en que se usa la palabra en la Costa del Sol, es un restaurante a pie de playa con terraza sobre la arena, especializado en productos del mar cocinados a la brasa o al fuego en barca. El elemento distintivo de los chiringuitos buenos es la espetera: una barca varada en la arena con leña encendida donde se asan los espetos (sardinas ensartadas en una caña).
Cualquier sitio en la playa que no tenga espetera encendida no es un chiringuito auténtico. Es un restaurante de playa. La diferencia importa, porque el espeto de sardinas es el producto estrella y cocinarlo bien requiere fuego de olivo, cañas de caña de azúcar y un espetero con experiencia. Los tres elementos cuestan dinero y paciencia, y los sitios que los tienen son una minoría.
El Cachalote: el clásico que sigue siendo clásico
Lo pongo primero porque es el que más me gusta. Está en Los Boliches, pegado al paseo pero con acceso directo a la arena. No es grande, no tiene grandes letreros, y si vas en julio un domingo sin reservar te quedas fuera.
Pido siempre lo mismo: espetos de sardinas, un boquerón en adobo, una ensaladilla rusa y una caña. Los espetos cuestan unos quince euros las seis sardinas. El precio ha subido en los últimos años, como todo, pero la calidad no ha bajado. Las sardinas son frescas, de la lonja de Fuengirola casi siempre, y el punto de la brasa es el que tiene que ser: piel crujiente, carne jugosa, sal gorda por encima que se queda pegada en la piel.
La ensaladilla es otra seña de identidad del sitio. Es casera, con mayonesa hecha con aceite de oliva suave, atún del bueno, patata del punto. Cuando sirven las raciones todavía están templadas, cosa que muchos sitios no hacen. Cuatro euros y medio la ración.
La Cucharita: para el pescado frito

Si lo que quieres es una fritura de pescado clásica, no un espeto, mi parada es La Cucharita, hacia el lado oeste del paseo, cerca del río Fuengirola. Es un chiringuito pequeño, con cuatro mesas dentro y unas diez en la arena.
La fritura variada incluye boquerón, calamar, salmonete, chopitos y a veces puntillitas. El aceite es limpio (se nota en que no se queda pegado al plato) y la harina es de garbanzo mezclada con trigo, así que el rebozado no queda plastificado. Una fritura para dos personas ronda los dieciocho euros.
Un truco: pide también unos pimientos fritos verdes pequeños (palos de los buenos) y espolvoréales sal encima. Por dos euros más tienes uno de los mejores complementos que existen para un pescado frito bien hecho.
La Lonja: la opción cara que a veces vale la pena
Hay un chiringuito que se aleja del modelo tradicional y apuesta por un estilo más restaurante: La Lonja, en el puerto deportivo. No es barato. Comer para dos con vino se te puede ir a setenta euros fácilmente. Pero la calidad del producto está al nivel del precio, que no es poco decir.
Su punto fuerte son los mariscos. Las gambas rojas de Málaga cuando las hay, el bogavante a la plancha, las ostras gallegas con una vinagreta de chalota. Es el sitio al que voy cuando hay algo que celebrar, no el sitio de cada semana. Pero cuando toca, no defrauda.
Un consejo: reserva y pide por la mañana qué es lo fresco del día. A veces tienen atún rojo de almadraba, a veces tienen jurel de roca. Si vas sin preguntar te quedas con la carta estándar, que es correcta pero no es lo mejor del sitio.
Lo que evito

Hay varios tipos de chiringuitos que he aprendido a descartar:
Los que tienen "paella" en el cartel de la calle. La paella en un chiringuito de la Costa del Sol es una señal de alarma. Los que saben hacerla bien están en Valencia. Los que te la venden aquí casi siempre la tienen hecha desde hace horas en una paellera gigante y la recalientan. Evita.
Los que tienen ofertas de "menú turístico 15 euros". Son menús pensados para gastar lo mínimo por cliente, con producto congelado, raciones pequeñas, y calidad proporcional al precio. Si lo que quieres es un chiringuito, pide a la carta. Si lo que quieres es comer barato, hay mejores opciones en el centro que en la playa.
Los que venden "cóctel de camarón" o "ensalada de marisco" en la carta. Ambos platos son un vehículo para usar marisco congelado con mayonesa barata. Ningún chiringuito serio tiene estos platos en temporada; los que los tienen están tirando de despensa vieja.
Los que ponen música alta en la terraza. Un chiringuito bueno no necesita música. El sonido del mar y las conversaciones bastan. Cuando tienen altavoces pinchando reggaetón en bucle es porque quieren clientela que no preste atención a la comida.
La temporada importa
Un aspecto que casi nadie menciona: los chiringuitos no son iguales todo el año.
De octubre a abril es mi temporada favorita. Menos gente, producto de temporada (el boquerón de enero es otra cosa), los dueños están accesibles para conversar, puedes comer a las dos y media sin reserva. La pega: algunos cierran entre semana o incluso todo el invierno.
De mayo a junio es la mejor combinación: buen tiempo, producto bueno, todavía sin masificación. Si tuviera que recomendar meses concretos para comer en chiringuitos, serían mayo y junio.
Julio y agosto son una trampa. Los chiringuitos se llenan de turistas, las colas son eternas, la calidad baja porque no les da tiempo, y los precios suben un 15-20%. Si vas en estos meses, reserva, ve a las tres de la tarde o a las nueve de la noche, y asume que no vas a comer en las mismas condiciones que en mayo.
Septiembre recupera. La gente se va, el producto sigue bien, y el agua está a 24 grados. Comer en septiembre en la playa es uno de los placeres más infravalorados del año en la Costa del Sol.
La pregunta del espeto
Todo chiringuito auténtico debería tener espeto de sardinas, pero no todos lo hacen igual. Tres señales para distinguir el bueno del malo:
El fuego tiene que ser de olivo, no carbón. El carbón da un sabor fuerte y homogéneo que mata el matiz de la sardina. El fuego de olivo tiene un aroma más dulce y deja que el pescado sepa a pescado.
Las cañas tienen que ser de caña verdadera, no metal. La caña aporta un mínimo de humedad y evita que la sardina se seque. Los espetos de varilla metálica son una comodidad del chiringuito, no una elección gastronómica.
El espetero tiene que estar delante de la espetera cuando tú llegas. Si las sardinas las meten en la espetera, las dejan veinte minutos y las sacan cuando te las traen, el resultado es irregular. Un espetero bueno voltea los espetos, los mueve, los retira antes si el fuego está fuerte. Es un trabajo artesanal.
Mi ruta cuando vienen amigos de fuera
Cuando tengo que impresionar a alguien que viene a visitarnos, la ruta clásica es: caña y ensaladilla en El Cachalote, espetos allí mismo, y si queda hambre, postre en otro sitio porque los postres de los chiringuitos son, sin excepción, mejorables. Un flan industrial o una tarta de queso hecha hace tres días no rescatan un almuerzo bueno. Prefiero levantarme y tomar un café con un dulce en algún bar del paseo, o directamente volver a casa.
Para cenas, La Lonja si es celebración, El Cachalote si es más informal. Para comidas de amigos los sábados, casi siempre El Cachalote o La Cucharita según si vamos a espetos o a fritura.
Para terminar
Los chiringuitos de Fuengirola siguen siendo una de las cosas que más defiendo cuando alguien me pregunta por qué vivo aquí. No porque sean únicos (los hay en toda la provincia) sino porque son accesibles: son parte de la vida cotidiana, no un evento especial. Un sábado al mediodía, pedir unos espetos con una caña mirando el mar, y volver a casa andando por el paseo, es algo que se puede hacer varias veces al año sin que pierda gracia. Y eso, en una vida adulta donde casi todo se ha vuelto planificado, es un lujo discreto.