Javier Valencia Javier Valencia
Ilustración minimalista de un círculo terracota en el centro, con unas tijeras cortando los hilos que lo atan a una piedra a un lado y a una nube de lluvia al otro

Séneca, Lorca y Camarón: el miedo al futuro y el recuerdo del pasado

Javier Valencia · · 17 min de lectura · 2 visitas · Personal
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Hay una frase que me persigue desde hace mucho. Me la he cruzado en una de esas imágenes con busto de mármol y atardecer de fondo, en el estado de WhatsApp de alguien, en una taza de una tienda de regalos. Dice así:

«Para ser feliz, debes liberarte de dos cosas: el miedo a un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.» — Séneca

Es una buena frase. Tiene la simetría que tienen las frases que se recuerdan: dos cosas, una hacia delante y otra hacia atrás, y en medio tú, liberado. Y tiene la firma adecuada, porque Séneca vende. Un estoico romano, consejero de Nerón, con la cara seria de las estatuas: es difícil encontrar mejor avalista para una frase de taza.

Antes de ponerme a escribir fui a buscar el original. Y la frase existe, más o menos. Lo interesante es el «más o menos».

Pero mientras tiraba del hilo me di cuenta de que esa misma idea me sonaba de otro sitio, y no de un libro de filosofía. Me sonaba cantada. Así que este post, que iba a ser sobre Séneca, es en realidad un post triple: un filósofo romano, un poeta granadino y un cantaor de San Fernando diciendo lo mismo con casi dos mil años de distancia. Vamos por orden.

I. Séneca: «esto ya no me afecta; aquello, todavía no»

Lo que escribió de verdad

Está en las Cartas a Lucilio, la colección de cartas morales que Séneca escribió en sus últimos años, ya retirado de la corte y con la sombra de Nerón cada vez más cerca. Concretamente, en la carta 78, párrafo 14. En latín:

Circumcidenda ergo duo sunt, et futuri timor et veteris incommodi memoria: hoc ad me iam non pertinet, illud nondum.

Que, traducido por mí y sin muchas pretensiones, viene a ser: «Hay que recortar, pues, dos cosas: el temor a lo que vendrá y el recuerdo del mal pasado. Esto ya no me afecta; aquello, todavía no».

Lo primero que salta a la vista es que el «para ser feliz» no está. No aparece en esa frase ni en las de alrededor. Alguien lo añadió por el camino, supongo que porque una frase que promete la felicidad se comparte mucho mejor que una que no promete nada. Y lo segundo es que, con el añadido, se ha perdido la mitad que de verdad importa: la justificación. Séneca no dice «olvida el pasado y no temas el futuro» porque sí, como quien da un consejo de bienestar. Lo dice porque ninguna de las dos cosas está ocurriendo. El pasado ya no te toca y el futuro aún no ha llegado. Es un argumento, no un eslogan.

Me gusta también el verbo. Circumcidere no es «liberarse», que suena a soltar globos. Es cortar alrededor, recortar, podar. Es un verbo de jardinero o de cirujano: algo que se hace con una herramienta, con cuidado y más de una vez, porque lo que se poda vuelve a crecer. Quédate con las tijeras, que van a volver a salir.

Un hombre enfermo escribiendo a otro

La carta 78 no va de la felicidad. Va de la enfermedad. Lucilio le ha escrito contándole que anda fastidiado con catarros que no se le quitan y fiebres que vienen y van, y Séneca le contesta con una carta entera sobre cómo llevar el dolor físico. Empieza, además, con una confesión: de joven estuvo tan enfermo, tan consumido, que pensó en quitarse de en medio, y lo que le frenó fue pensar en su padre, ya mayor, que no lo habría soportado.

Así que el que escribe no es un sabio de mármol repartiendo frases. Es un señor de sesenta y tantos años, con muy mala salud de toda la vida, escribiendo a un amigo que lo está pasando mal. Y lo que le dice, justo antes de la frase famosa, es bastante más concreto que «sé feliz». Le dice que no se cuente su propia enfermedad como una epopeya, que aunque todo eso sea verdad, ya pasó, y que no tiene ningún sentido seguir siendo desgraciado por haberlo sido. Y un poco antes deja caer otra frase que a mí me parece todavía mejor que la de la taza: tam miser est quisque quam credidit. Cada uno es tan desgraciado como se ha convencido de serlo.

Leída así, la frase cambia de tamaño. No es una receta para ser feliz. Es una técnica para no sufrir dos veces: una cuando las cosas pasan y otra cada vez que las recuerdas o las anticipas.

Lo que se sufre en la imaginación

Séneca vuelve a esta idea una y otra vez en las cartas, y la versión más redonda está en la 13: plura sunt quae nos terrent quam quae premunt, et saepius opinione quam re laboramus. Son más las cosas que nos asustan que las que nos aplastan, y sufrimos más por lo que imaginamos que por lo que pasa.

Cualquiera puede comprobarlo sin leer a nadie: basta con acordarse de la última vez que esperó el resultado de una analítica o una llamada que no llegaba. Los días de espera suelen ser peores que la noticia, sea cual sea la noticia.

En mi oficio esto lo he visto muchas veces. Las caídas de servidor que más me han hecho sufrir no son las que ocurrieron, sino las que imaginé un domingo por la noche, repasando de memoria qué pasaría si fallaba tal disco o caducaba tal certificado. Las que pasaron de verdad se arreglaron, mejor o peor, en unas horas. Las imaginadas no se arreglan nunca, porque no hay nada que arreglar.

El pasado que se cuenta

Con el recuerdo del mal pasado pasa algo parecido, pero más sutil, y aquí es donde la versión de taza me parece directamente engañosa.

Séneca no dice que haya que olvidar. Nadie que haya vivido un poco cree que eso se pueda hacer por decisión propia. Lo que señala es el hábito de recontarlo: la queja, el repaso, la letanía de agravios que uno saca en cada sobremesa. De hecho, en la misma carta dice lo contrario de olvidar: que lo que fue amargo de soportar es agradable de haberlo soportado, y cita aquel verso de la Eneida que dice que quizá algún día nos alegre recordar también esto.

O sea, que el pasado no es el problema. El problema es revivirlo en lugar de recordarlo. Recordar es mirar algo que está detrás de ti. Revivir es volver a ponerlo delante. Todos conocemos a alguien —y si no lo conocemos, conviene mirarse al espejo— que lleva veinte años contando la misma traición, el mismo despido injusto, la misma herencia mal repartida, con la misma rabia que el primer día. No es que tenga buena memoria. Es que no ha dejado que aquello termine.

Pasados los cuarenta

Con cuarenta y muchos, esta frase se lee de otra manera que con veinticinco, por pura aritmética: los dos cajones están más llenos. Hay más pasado que revisar, y el futuro, que a los veinticinco era abstracto y optimista, se ha vuelto concreto: ya sabes cómo envejecen los padres porque lo estás viendo. Y aparecen las dos tentaciones típicas de esta edad, las dos caras de lo que Séneca quería recortar: la nostalgia agria, que vuelve al pasado para lamentarlo, y la prudencia convertida en ansiedad, que vigila sin descanso todo lo que podría salir mal. Ninguna de las dos tiene mala intención. Las dos te roban el presente con mucha educación.

Los límites de la frase

El miedo al futuro a veces sirve. Es lo que te hace revisar las copias de seguridad o ir al médico cuando algo no cuadra. En otra carta, la 24, Séneca recomienda justo eso: imaginar lo que temes, medirlo con calma y comprobar que o no es tan grande o no dura tanto. No contradice la carta 78; la completa. Pensar en lo malo una vez, en frío, para prepararse, es una cosa. Pensarlo en bucle, para sufrirlo por adelantado, es otra. La diferencia entre un plan y una preocupación es que el plan se acaba.

Y el recuerdo del pasado enseña. En mi oficio hay una costumbre que me parece de lo mejor que ha inventado la profesión: el post-mortem. Cuando algo se rompe en producción, se escribe qué pasó y qué se cambia para que no vuelva a pasar. Una vez, se saca la lección y se archiva. Lo que nadie debería hacer es releerlo cada noche antes de dormir. Eso, más o menos, es lo que pide Séneca con el pasado: quédate con la lección y deja el informe en el cajón.

Como pasaba con el kintsugi, que también ha acabado en tazas de desayuno, la versión de autoayuda se queda con la conclusión bonita y se salta el oficio. La de la taza promete la felicidad; la de Séneca promete, como mucho, sufrir una vez en lugar de tres. Y de la original yo me quedo con la segunda mitad, la que nadie comparte porque no queda bien sobre un atardecer:

Esto ya no me afecta. Aquello, todavía no.

II. Lorca: «ayer y mañana comen oscuras flores de duelo»

Un poema que vive dentro de una obra de teatro

Lo que me sonaba era Lorca. Su poema «La leyenda del tiempo», que así lo he llamado siempre y así lo llama casi todo el mundo, tiene una pequeña trampa: no es un poema suelto. Vive dentro de una obra de teatro, Así que pasen cinco años, que Lorca subtituló precisamente Leyenda del tiempo y que terminó en la Huerta de San Vicente, en Granada, en agosto de 1931. Es una de sus «comedias imposibles», escrita a la vuelta de Nueva York, con mucho de sueño y de surrealismo, y no llegó a verla estrenada.

Los versos los dice el Arlequín al abrir el tercer acto. La escena es un bosque de troncos enormes; el Arlequín, vestido de negro y verde, se mueve como un bailarín y va poniéndose y quitándose dos caretas, una alegre y otra dormida. Como Lorca murió en 1936 y su obra ya es de dominio público, lo copio entero, con las acotaciones en cursiva:

El Sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.
(Se pone una careta de alegrísima expresión.)
¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
(Se quita la careta.)
El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.
(Se pone una careta de expresión dormida.)
¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
(Se la quita.)
Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.
(Con una careta.)
¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
(Con la otra careta.)
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

— Federico García Lorca, Así que pasen cinco años, acto III, cuadro primero

Lo que dice el Arlequín

Lorca no argumenta como Séneca. No da razones; pone una imagen delante y te deja solo con ella. Pero la imagen dice lo mismo.

Hay dos maneras de estar en el tiempo. Una es la del Sueño, que va sobre el Tiempo flotando como un velero: por encima, ligero, empujado por el viento de ahora. La otra es la del que se hunde: el Tiempo que va hundido hasta los cabellos, con el agua por encima de la cabeza. Y justo ahí, en la estrofa del que se ahoga, aparecen los dos culpables:

Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo.

Es la carta 78 en dos versos. El ayer y el mañana no están ocurriendo, pero comen. Se alimentan de duelo: del lamento por lo que fue y del miedo a lo que vendrá. Donde Séneca dice que esos dos tiempos no te tocan, Lorca dice que son precisamente los que se comen las flores. Séneca te da el argumento; Lorca te enseña lo que pasa si no le haces caso.

Y no es una lectura forzada mía, porque toda la obra va de eso. El protagonista, que se llama simplemente el Joven, se pasa la función aplazando la vida. Espera cinco años a una novia que, cuando por fin vuelve, se va con otro. Entonces vuelve a la mecanógrafa que lo quería, y ella, ahora, le dice que sí, que se irá con él… «¡Así que pasen cinco años!». Todo el mundo en esa obra vive en el condicional. En el primer acto, el Viejo le da al Joven un consejo que es exactamente lo contrario de lo que pide Séneca: «hay que recordar hacia mañana». Recordar el futuro. Juntar en un solo gesto los dos cajones que el estoico quería podar.

El final es una partida de cartas. Tres jugadores le exigen al Joven su as; cuando lo juega, aparece un as de corazones iluminado y uno de ellos lo atraviesa con una flecha. Y mientras se van le dicen lo que la obra entera llevaba pidiendo a gritos: «No hay que esperar nunca. Hay que vivir». El Joven muere diciendo «lo he perdido todo». Y en esa misma escena, uno de los jugadores saca unas tijeras y da unos cortes en el aire. Ya avisé de que las tijeras volverían. Séneca pedía podar a tiempo; en Lorca, el que no poda acaba podado.

Cinco años

Hay un detalle que da un poco de frío. Lorca fechó el final de Así que pasen cinco años en agosto de 1931. Cinco años después, en agosto de 1936, lo fusilaron cerca de Granada. Tenía treinta y ocho años. No creo en profecías ni me gusta convertir la muerte de nadie en un adorno literario, pero cuesta leer el título sin pensarlo.

Aun así, el poema no es un lamento. El Sueño y el Tiempo están abrazados sobre la misma columna, y Lorca no dice que podamos escapar del tiempo. Dice que hay una forma de ir por encima, como un velero, y otra de ir por debajo, como un ahogado. Y que lo que te hunde no es el presente, sino el ayer y el mañana comiéndose las flores.

III. Camarón: la leyenda que nadie quiso

Un disco raro

En 1979, Camarón de la Isla ya era Camarón. José Monje Cruz, nacido en San Fernando en 1950, llevaba una década grabando discos junto a Paco de Lucía y era la voz que todo el flamenco reconocía a la primera. Y ese año hizo algo que casi nadie le perdonó.

El disco se llamó La leyenda del tiempo y lo produjo Ricardo Pachón, un sevillano que se movía entre el flamenco y el rock andaluz. Fue el primer disco de Camarón sin Paco de Lucía y el primero con Tomatito, que entonces era un chaval de Almería de unos veinte años. A la otra guitarra flamenca estaba Raimundo Amador, más o menos de la misma edad. Y alrededor, cosas que en un disco de cante no se habían oído: la flauta de Jorge Pardo, que venía del jazz; teclados, bajo y guitarra eléctrica de los músicos del grupo sevillano Alameda; un sitar; percusiones del brasileño Rubem Dantas; batería. Kiko Veneno, que había estado en la cocina del proyecto y firmó canciones como «Volando voy», acabó sin tocar en la grabación, que se hizo en Madrid. Salió con el sello Philips, de PolyGram.

Y luego está lo que cantaba. Además de rumbas y cantes tradicionales, el disco está lleno de Lorca: la canción que le da título, el «Romance del Amargo», «Homenaje a Federico», «Mi niña se fue a la mar» y la «Nana del caballo grande», que sale de Bodas de sangre. Hay hasta unos versos de Omar Jayam en «Viejo mundo».

Los puristas lo odiaron. Pachón ha contado que hubo quien devolvió el disco a la tienda diciendo que aquello no era Camarón, y el propio Tomatito recuerda que sus compañeros le decían que habían hecho un disco feo, muy feo. Se vendió poquísimo: hay quien calcula que, cuando Camarón murió en 1992, apenas llevaba unas seis mil copias vendidas.

La canción

La canción que abre el disco es la de Lorca. Pachón adaptó el texto del Arlequín quedándose solo con los octosílabos —el Sueño y el Tiempo, el velero, el ahogado, las flores de duelo— y quitando los endecasílabos de las caretas, los «¡Ay, cómo canta el alba!». Repite versos, los estira, los convierte en copla. Le quitó al poema la parte de teatro y se quedó con la que se puede cantar, que es justo la que nos interesa aquí.

En la grabación están las dos guitarras de Tomatito y Raimundo, el bongó de Pepe Ébano y la batería de Antonio Moreno «Tacita». Lo mejor es escucharla:

(Si el vídeo dejara de funcionar con el tiempo, búscala como «Camarón La leyenda del tiempo» y elige la versión del disco de 1979.)

Lo que hace Camarón con esos versos yo no sé explicarlo con palabras. Pero sí sé una cosa: Lorca escribió el poema para un personaje con careta, y Camarón lo canta sin ninguna. Lo que en el teatro era un juego de máscaras, en su voz suena a verdad dicha sin adornos. «Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo» deja de ser una imagen surrealista y se convierte en algo que podría haber dicho cualquiera en una fiesta a las cinco de la mañana.

De fracaso a leyenda

Hoy la historia se cuenta al revés. La leyenda del tiempo aparece en lo alto de cualquier lista de mejores discos españoles y se considera el punto de partida de lo que luego se llamó nuevo flamenco. Sin él es difícil imaginar mucho de lo que vino después, de Ketama a Rosalía. Tomatito acompañó a Camarón hasta el final, y los puristas que devolvieron el disco, imagino, habrán tenido tiempo de cambiar de opinión.

Me gusta pensar que el propio disco vivió la lección que canta. Nació a destiempo, fue un fracaso y durante años cargó con ese pasado. Pero aquel fracaso hace mucho que ya no le afecta, y el futuro que nadie supo verle en 1979 resultó mucho mejor de lo que cualquiera temía. Quizá por eso, tantos años después, sigue sonando en presente.

Tres voces, una misma frase

Un filósofo romano enfermo, de sesenta y tantos años, escribiendo a un amigo con catarro que no se cuente su sufrimiento como una epopeya: hoc ad me iam non pertinet, illud nondum. Esto ya no me afecta; aquello, todavía no.

Un poeta granadino de treinta y tres, poniendo en boca de un arlequín que el ayer y el mañana se comen las flores, en una obra entera sobre un hombre que lo perdió todo por esperar.

Y un cantaor de San Fernando de veintiocho, quitándole las caretas a ese poema y cantándolo a pelo sobre una batería, ante un público que no estaba preparado para oírlo.

Casi dos mil años separan la carta de la canción, y los tres dicen lo mismo. Y hay un detalle que me hace especial gracia: los tres son, a su manera, andaluces. Séneca nació en Córdoba, la Corduba romana, hacia el año 4 antes de Cristo, y aunque escribió en latín desde Roma, salió de aquí. Córdoba, Granada y San Fernando: desde Mijas, que es donde escribo esto, las tres quedan a un rato de coche. Seguramente es casualidad que esta tierra haya dado tres voces tan distintas para decir lo mismo. Pero me gusta pensar que no del todo.

Ninguno de los tres, por cierto, tuvo un final tranquilo: a Séneca lo obligó Nerón a quitarse la vida, a Lorca lo mataron a los treinta y ocho y Camarón murió en 1992, con cuarenta y uno.

Yo me quedo con las tres versiones, cada una para un momento. La de Séneca, para cuando la cabeza se pone a hacer horas extra a las tres de la mañana. La de Lorca, para acordarme de lo que cuesta no hacerle caso. Y la de Camarón, para cuando no quiero pensar en nada y solo quiero escucharlo. Al final, las tres caben en las palabras que unos jugadores de cartas le dicen al Joven antes de irse:

No hay que esperar nunca. Hay que vivir.