Wabi-sabi: la belleza de lo imperfecto, lo efímero y lo incompleto
Hay una palabra japonesa que en los últimos años se ha puesto de moda en Occidente y que, como casi todo lo que se pone de moda, se ha entendido fatal. La habrás visto en revistas de decoración, en cuentas de Instagram de interiorismo, en catálogos de muebles «de inspiración zen». Wabi-sabi. Suena bien, suena tranquilo, suena a casa beige con plantas y cerámica artesanal. Y no es eso. O no es solo eso. El wabi-sabi de verdad es bastante más hondo, bastante más viejo y bastante más incómodo de lo que la versión decorativa deja ver. Es una manera de mirar el mundo. Y, una vez que la entiendes, ya no se te va.
Qué es el wabi-sabi
Empecemos por una definición. La más citada es la de Leonard Koren, el autor que en 1994 publicó el libro que popularizó el término fuera de Japón. Dice así: el wabi-sabi es «la belleza de las cosas imperfectas, impermanentes e incompletas». Y añade: la belleza de lo modesto, de lo humilde, de lo poco convencional.
Quédate con esas tres palabras, porque son el corazón de todo: imperfecto, impermanente, incompleto. No la belleza de lo perfecto, lo eterno y lo acabado —que es lo que ha buscado la tradición occidental desde los griegos, con sus proporciones ideales y su mármol pulido—, sino exactamente lo contrario. La belleza de la grieta, de la asimetría, del óxido, de lo que se está yendo, de lo que nunca llegó a terminarse. Koren decía que la palabra inglesa que más se le acerca es rustic, rústico. A mí me gusta esa pista: piensa en un cuenco de barro hecho a mano, un poco torcido, con el esmalte irregular, frente a una taza de fábrica perfecta y idéntica a otras diez mil. El wabi-sabi está en el cuenco torcido.
Dos palabras tristes que se volvieron bellas
Lo que más me fascina del wabi-sabi es de dónde vienen sus dos mitades, porque tienen una historia preciosa de redención. Las dos palabras, en su origen, eran tristes.
Wabi (侘) viene de un verbo antiguo que significaba languidecer, estar abatido, sentirse miserable. El adjetivo de la misma familia, wabishii, quería decir solitario, desolado, pobre. Al principio era una palabra con carga negativa: la angustia del deseo no cumplido, la pobreza forzada, la tristeza del que vive apartado. Sabi (寂) viene de otro verbo antiguo; su pariente moderno, sabiru, significa literalmente oxidarse, perder el brillo con el tiempo, y sabishii significa solitario. Aludía a la melancolía de lo que envejece, a la pátina, a la herrumbre, al silencio del paso del tiempo.
O sea: dos palabras que hablaban de soledad, pobreza y deterioro. Y entonces, hacia el siglo XVI, pasó algo extraordinario. Esos significados se dieron la vuelta. Lo que era miseria se reinterpretó como austeridad elegante elegida a propósito. Lo que era oxidarse se convirtió en la belleza de una cosa que ha vivido. La pobreza dejó de ser una desgracia para volverse una forma de riqueza espiritual: tener poco, pero tener lo justo, y mirarlo con atención. Es una de las inversiones de sentido más bonitas que conozco: dos palabras que describían el fracaso acabaron describiendo una forma superior de belleza. No es poca cosa lo que dice eso sobre la cultura que lo hizo posible.
La raíz: todo pasa
¿De dónde sale esa manera de mirar? De la espiritualidad budista zen. Y, en concreto, de una idea que el budismo repite sin descanso: la impermanencia, en japonés mujō (無常). Nada permanece. Todo surge, cambia y se desvanece. La flor, la juventud, el cuenco, el imperio, tú. Todo está de paso.
Para la mentalidad occidental, esa idea suele vivirse como una mala noticia, algo a combatir: luchamos contra el envejecimiento, contra el desgaste, contra el fin, queremos que las cosas duren para siempre y nos angustiamos cuando no lo hacen. El budismo da la vuelta a la tortilla: dice que el sufrimiento no nace de que las cosas se acaben, sino de nuestro empeño en que no se acaben. De aferrarnos. Y el wabi-sabi es, en cierto modo, la traducción estética de esa sabiduría: si todo es impermanente, en lugar de pelearte con ello, aprende a encontrarlo hermoso. La flor del cerezo es preciosa precisamente porque dura cuatro días. Si durara siempre, no la mirarías. Los japoneses tienen otra palabra para esa emoción, mono no aware, la ternura melancólica ante lo que pasa. El wabi-sabi es su prima en versión objeto: la belleza de lo que se gasta porque se está gastando.
La casa de té más pequeña del mundo
Todo esto no nació en un tratado de filosofía, sino en algo mucho más concreto y cotidiano: la ceremonia del té. En el Japón de los siglos XV y XVI, tomar té se había convertido en un asunto de lujo y ostentación, con utensilios carísimos importados de China, oro, jade, porcelana fina. Y una serie de maestros del té decidieron rebelarse contra eso.
El linaje es bonito de seguir. Primero Murata Jukō, al que llaman «el padre del té de la pobreza», que cambió los utensilios chinos caros por instrumentos toscos de madera y barro. Después Takeno Jōō, que profundizó esa vía con el espíritu de la poesía: la contención, lo sugerido, lo no dicho. Y finalmente el gran maestro, Sen no Rikyū (1522-1591), que lo llevó al extremo. Rikyū diseñó salas de té diminutas, casi cabañas, y prefería los cuencos hechos a mano e imperfectos por encima de los caros y pulidos. Y hay un detalle suyo que lo resume todo: la puerta de entrada a la sala de té era tan baja que obligaba a agacharse para pasar. A todo el mundo. Daba igual que fueras un campesino o un gran señor de la guerra: para entrar a tomar el té, tenías que inclinarte. La humildad no como idea, sino como arquitectura. Me parece una de las ideas de diseño más elegantes que existen.
El cuenco roto y reparado con oro
Si hay un objeto que encarna el wabi-sabi mejor que ningún otro —y es el que ves en la portada— es un cuenco reparado con kintsugi.
El kintsugi (金継ぎ, «unión con oro») es el arte japonés de reparar cerámica rota rellenando las grietas con laca mezclada con polvo de oro. Y la idea, que es genial, consiste en lo siguiente: cuando se te rompe un cuenco, en Occidente lo tiras, o como mucho lo pegas con cuidado de que no se note. El kintsugi hace lo contrario. No oculta la rotura: la celebra. Las grietas, en lugar de disimularse, se convierten en líneas de oro brillante, en lo más visible y más bonito de la pieza. El cuenco roto y reparado no vale menos que el cuenco intacto: vale más, porque tiene historia. La cicatriz, dorada, se vuelve el centro de la obra.
Conviene una pequeña honestidad aquí: el kintsugi no es exactamente lo mismo que el wabi-sabi. Es una técnica concreta, un arte específico, que ilustra la filosofía más amplia. Pero la ilustra tan bien que se han vuelto casi inseparables. Porque resume su mensaje en un objeto que cabe en la mano: lo que se ha roto y se ha recompuesto no es un objeto estropeado, es un objeto con biografía. Y eso, aplicado a las personas, ya no es decoración: es casi una manera de vivir.
Lo que el wabi-sabi NO es
Ahora que está de moda, conviene desmontar los malentendidos, porque son muchos y casi todos van en la misma dirección: convertir una filosofía en un look comprable.
No es minimalismo nórdico. El minimalismo escandinavo busca una pureza casi clínica: líneas limpias, superficies lisas, blanco, sustracción. El wabi-sabi es lo opuesto en temperatura: es cálido, orgánico, irregular, y no elimina la imperfección, la abraza. Una habitación minimalista perfecta es justo lo contrario de wabi-sabi.
No es shabby chic ni «lo viejo desgastado mola». El shabby chic fabrica el desgaste a propósito: muebles envejecidos artificialmente, pintura descascarillada de mentira. El wabi-sabi valora el desgaste real, no buscado, el que da el uso y el tiempo. No se puede falsificar. Comprar un jarrón «efecto wabi-sabi» recién salido de fábrica, pre-envejecido, es contradecir por completo el concepto. No es un acabado: es lo que le pasa a las cosas cuando las usas durante años.
No es una estética de Instagram. Los espacios blancos inmaculados, el beige, el lino caro, el minimalismo de influencer: eso es, como leí una vez, la estética del vacío, no la filosofía del vacío. El wabi-sabi no es fotogénico ni perfecto. De hecho, en cuanto algo está demasiado bien puesto para la foto, deja de ser wabi-sabi.
Y un apunte que me parece importante para no edulcorarlo: recuerda que wabi significaba originalmente miseria y soledad, y que aquel té de Rikyū se llamaba literalmente «té de la pobreza». El wabi-sabi nació como una rebelión contra la ostentación, no como una nueva forma de ostentación tranquila. Cuando lo convertimos en una etiqueta de lujo discreto, le hacemos exactamente lo que él vino a combatir.
(Un matiz para los precisos: el wabi-sabi como término único y compuesto es, en realidad, relativamente moderno, y buena parte de su difusión como concepto cerrado vino con su recepción en Occidente. En el japonés clásico, wabi y sabi eran palabras distintas. Así que cuando lo presentamos como una antiquísima sabiduría milenaria y unitaria, estamos simplificando un poco. La sensibilidad es vieja; la etiqueta, menos.)
Lo personal: el perfeccionismo, las canas y el «suficientemente bueno»
Voy a contar por qué a mí esto me toca de cerca, y no es por la decoración.
Llevo más de veinticinco años escribiendo software. Y si hay una enfermedad profesional en este oficio, es el perfeccionismo: la sensación permanente de que el código se podría dejar mejor, de que esa función se podría refactorizar una vez más, de que nada está nunca del todo terminado. Una de las lecciones más difíciles y más liberadoras de mi carrera ha sido aprender a soltar en el «suficientemente bueno»: a entender que un trabajo entregado e imperfecto vale infinitamente más que una obra maestra que nunca sale, y que la búsqueda de la perfección es, muchas veces, una forma elegante de no terminar nunca nada. El wabi-sabi, cuando lo descubrí, me dio un nombre y una tradición de mil años para algo que yo había aprendido a martillazos delante de una pantalla: que lo incompleto también puede ser bello, y que lo acabado de más suele estar muerto.
Y luego está la edad. A los cincuenta y muchos uno empieza a tener una relación distinta con su propio desgaste. Aparecen las canas, las arrugas, las cosas que ya no funcionan como antes. La cultura en la que vivimos te dice que combatas todo eso, que lo disimules, que lo borres. El wabi-sabi te ofrece otra cosa: la posibilidad de mirar esas marcas como se mira la pátina de una mesa de madera buena —no como defectos, sino como registro de lo vivido, como las líneas de oro de un kintsugi—. No digo que sea fácil. Digo que es una oferta mucho más amable, y mucho más verdadera, que la de la perfección eterna que nos venden.
Hay algo más, doméstico. Mis hijas se han hecho mayores, y eso también es impermanencia aunque sigan en casa: la niña a la que llevabas a hombros ya no existe, aunque la mujer en que se ha convertido siga sentada a la mesa. Uno aprende a convivir con esas pequeñas ausencias dentro de las presencias. Podría vivirlo como una pérdida y nada más. El wabi-sabi me ayuda a vivirlo también como otra cosa: como una etapa con su propia belleza melancólica, impermanente como todas, que no hay que congelar ni maquillar, sino habitar mientras dura. Igual que la flor del cerezo.
Wabi-sabi para llevar
No hace falta irse a Japón ni comprar nada para incorporar algo de esto a la vida. Casi diría que es lo contrario: se trata de comprar menos y de mirar mejor. Algunas formas concretas:
- No tires la taza agrietada. Repárala, aunque se note, y sigue usándola cada mañana. Su historia vale más que su perfección.
- Aprecia la pátina de lo que ya tienes: el desgaste de una mesa, el cuero gastado de una cartera, una herramienta heredada con las marcas de quien la usó antes.
- Acepta tus propias marcas —arrugas, cicatrices, canas— como huellas del tiempo vivido, en vez de declararles la guerra.
- Come en vajilla imperfecta y presta atención al momento en lugar de a que la mesa quede de foto.
- Deja que el jardín tenga musgo y hojas caídas. Un césped perfecto y simétrico es justo lo contrario de esto.
- Remienda la ropa en lugar de tirarla a la primera. Honra el uso; gasta menos.
- Suelta el perfeccionismo en lo que creas. Un texto, un dibujo, un plato «suficientemente buenos» pueden ser bellos y verdaderos. Lo terminado de más suele estar muerto.
- Saborea lo efímero a conciencia: el atardecer que no se repetirá, la conversación de esta tarde, la flor que dura cuatro días.
El wabi-sabi no es un estilo de decoración. Es un permiso. Permiso para que las cosas —y las personas, y las casas, y las vidas— sean imperfectas, pasajeras e inacabadas, y para encontrar en esa imperfección, esa fugacidad y ese inacabamiento, no un fallo que corregir, sino la forma misma de la belleza. A una cierta edad, y después de muchos años persiguiendo que todo quedara perfecto, te aseguro que es uno de los mejores regalos que te puedes hacer.
Imagen de portada: cuenco reparado con la técnica del kintsugi. Fotografía de Ruthann Hurwitz (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).