Javier Valencia Javier Valencia
Ilustración minimalista de tres sillas alrededor de una mesa redonda vista desde arriba, con una cuarta silla vacía en terracota acercándose

Hacer amigos nuevos después de los cuarenta

Javier Valencia · · 8 min de lectura · 1 visita · Personal
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Llevo escritos unos cuantos domingos sobre la amistad adulta: la cerveza semanal, las sobremesas sin reloj, quedar sin motivo, volver a ver a los de toda la vida. Todos tratan del mismo problema: cómo se conserva lo que ya tienes. Que es difícil, y por eso da para tantos domingos.

Pero hay una pregunta que llevo tiempo esquivando porque no tengo una respuesta cómoda, y es la otra mitad del asunto: ¿cómo se hace un amigo nuevo a los cuarenta y muchos?

No hablo de conocidos. De conocidos vamos sobrados: gente del trabajo, padres del colegio, vecinos, el del taller, los del grupo de la moto. Hablo de esa cosa concreta que es un amigo. Alguien a quien llamas un martes por la tarde sin motivo, alguien que sabe en qué punto estás sin que tengas que ponerle al día, alguien que aparecería a las tres de la mañana. De eso, en la última década, he hecho pocos. Muy pocos. Y me he pasado un tiempo pensando por qué.

Por qué era tan fácil antes

Lo primero que hay que entender es que de joven uno no hacía amigos: le pasaban.

No había ningún mérito en ello. Estabas ocho horas al día metido en un aula con las mismas treinta personas, durante años. Después estabas otras tantas en la facultad, en el barrio, en el bar de abajo, en la mili si te tocó. La amistad se producía por sedimentación, como la cal en una tubería: no la buscabas, se depositaba.

Y había dos ingredientes que hoy no existen en ninguna parte y que eran, creo, los decisivos.

El primero, repetición sin propósito. Veías a la misma gente todos los días sin que hubiera un motivo concreto para verla. Nadie proponía nada, nadie organizaba nada: simplemente coincidíais una y otra vez. Y la amistad necesita esa cantidad absurda de horas de baja intensidad. No se construye en una cena; se construye en las trescientas tardes tontas anteriores a esa cena.

El segundo, aburrimiento compartido. Había tiempo muerto. Horas enteras sin nada que hacer, en las que la única opción disponible era hablar. Ahí es donde salían las conversaciones que de verdad te unen a alguien, porque no había ningún otro sitio adonde ir ni ninguna pantalla que consultar. El aburrimiento era el disolvente en el que se disolvía la timidez.

Hoy no tengo ni una cosa ni la otra. Mi tiempo está trinchado en bloques con nombre y apellidos, y el tiempo muerto lo he vendido, como todo el mundo, a cambio de un teléfono.

El problema real: la agenda no tiene sitio

La explicación fácil es «no hay tiempo», y es mentira. Tiempo hay: lo que no hay es espacio sin asignar.

Un adulto de mi edad tiene la vida distribuida en categorías que se defienden solas: trabajo, familia, la casa, dormir, y luego un resto muy pequeño que además compite con las amistades que ya tiene y a las que ya le cuesta atender. Un amigo nuevo no puede entrar por ahí, porque entrar por ahí significa que alguien tiene que salir.

Y hay un segundo problema, más incómodo de admitir: a esta edad uno ya no está disponible emocionalmente de la misma manera. Tienes tus rutinas, tus opiniones cerradas, tus manías. Cuesta más gustar y cuesta más que alguien te guste. Con veinte años cualquiera que compartiera contigo dos discos ya era candidato; con cuarenta y muchos, uno se ha vuelto un examinador bastante severo, y con frecuencia sin darse cuenta de que también le están examinando a él.

Dónde ocurre de verdad

Dicho todo lo malo, sí me han pasado cosas. Tres o cuatro personas que hoy son amigos de verdad no lo eran hace diez años. Y cuando repaso cómo ocurrió, todas las veces siguieron el mismo patrón.

Uno: una actividad con calendario fijo. No una actividad interesante: una actividad repetida. Da igual que sea la ruta de los domingos, el gimnasio a la misma hora, el grupo que sale con las motos o el bar donde acabas siempre después de lo mismo. Lo que importa no es la actividad; es que te obliga a coincidir con las mismas personas sin que nadie tenga que organizar nada. Es la reconstrucción artificial de la proximidad forzada del colegio, que es la única cosa que sabemos que funciona.

Dos: pasar del contexto. Un compañero de trabajo con el que solo hablas de trabajo no es un amigo, es un compañero, y puede seguir siéndolo veinte años sin cruzar la línea. La línea se cruza el día que quedáis para algo que no tiene nada que ver con el motivo por el que os conocisteis. Ese salto es incómodo, y casi siempre lo tiene que dar alguien de forma explícita y un poco ridícula. Es el equivalente adulto de pedirle a alguien que sea tu amigo, y no hay manera de hacerlo elegante.

Tres: alguien que insiste. En todos los casos que recuerdo, uno de los dos fue pesado. Propuso una vez, le dijeron que no podía, propuso otra, y otra. Y esto es lo que más me ha costado aprender, porque yo soy justo el que no insiste. Uno interpreta el «esta semana imposible» como un rechazo cortés, y en la vida adulta el «esta semana imposible» significa literalmente que esa semana es imposible. Las agendas dicen que no; las personas casi nunca. Si dejas de proponer al segundo intento, no vas a hacer un amigo nuevo en tu vida.

Lo que no funciona

Por simetría, y porque lo he probado.

Las apps. Existen aplicaciones para hacer amigos y no me parecen mal, pero traen de fábrica el defecto de origen: convierten en una gestión con propósito algo que necesita ser accidental y sin propósito. Cuando el marco de la primera conversación es «estamos aquí para ser amigos», la conversación se pone rígida.

Los eventos de una sola vez. Conocer gente estupenda en una boda, en un curso, en un viaje. Estupendo y estéril: sin la repetición posterior, eso no cuaja. Se llama simpatía, no amistad.

Esperar. El error de mi generación. Uno da por hecho que si la cosa tiene que pasar, pasará sola, porque siempre había pasado sola. Y ya no. A partir de cierta edad, ninguna amistad ocurre por accidente: todas requieren que alguien haga algo a propósito.

Lo que gana el que se molesta

Podría terminar aquí, con el diagnóstico, pero faltaría lo importante: por qué merece la pena el esfuerzo, teniendo ya amigos de toda la vida.

Porque un amigo nuevo te conoce solo como eres ahora. No arrastra la versión tuya de los diecinueve años, ni los papeles asignados hace tres décadas —el gracioso, el serio, el que siempre llega tarde—, ni el histórico de agravios menores que toda amistad larga acumula. Empieza de cero contigo, con lo que eres hoy, y eso es un espejo que los amigos antiguos, por definición, no pueden darte.

Y porque los amigos de siempre, con todo lo que valen, comparten contigo un mundo que ya conocéis entero. El amigo nuevo trae un mundo que tú no habías visto: otro oficio, otras aficiones, otras opiniones. A cierta edad, en la que uno tiende a rodearse cada vez más de gente que piensa como él y a confundir eso con tener razón, esto no es un lujo. Es higiene.

El sitio importa más que la gente

Hay una idea de un sociólogo americano, Ray Oldenburg, que me parece de las más útiles que he leído sobre esto: la del tercer lugar. El primer lugar es tu casa. El segundo, el trabajo. Y el tercero es cualquier sitio que no sea ninguno de los dos, al que vas con frecuencia, donde no tienes ningún papel que cumplir y donde te encuentras a la misma gente sin haber quedado.

Puesto así suena a teoría. Puesto en mi vida es concretísimo: es el bar donde acabo siempre, es la peña donde uno se sienta y a la media hora hay tres personas más en la mesa, es el chiringuito de siempre en octubre, cuando ya no hay turistas y el dueño se sienta contigo. Sitios sin agenda, sin lista de invitados y sin hora de terminar.

Lo interesante es que la desaparición de estos sitios explica bastante mejor la soledad adulta que cualquier discurso sobre lo mal que estamos todos. Aquí en la costa lo veo con nitidez: cada bar de barrio que cierra y reabre como local de comida rápida con pedidos por aplicación es un tercer lugar menos. Puedes seguir comiendo igual de bien —mejor incluso— pero no puedes quedarte. Y quedarse es exactamente lo que hacía falta.

Así que si tuviera que dar un consejo antes que el de insistir, sería este: búscate un sitio, no una persona. Conviértete en habitual de algún lado. Ve siempre el mismo día a la misma hora, aunque vayas solo y aunque las tres primeras veces no hables con nadie. La gente aparece después, y aparece sola, que es la única manera en que la amistad ha sabido aparecer nunca.

El domingo

Así que este domingo, mientras escribo esto, tengo pendiente escribir un mensaje que llevo dos semanas sin escribir, a alguien con quien coincido en algo que hago cada semana y con quien me llevo bien desde hace un año largo. Un mensaje que dice, más o menos, «¿te tomas una cerveza el sábado?». Nada más.

Es literalmente lo más fácil del mundo y lleva dos semanas sin salir de mi cabeza, por esa mezcla de pereza y de miedo al ridículo que a los cuarenta y muchos sigue funcionando exactamente igual que a los quince.

Lo voy a mandar en cuanto acabe este párrafo. Y si me dice que esa semana no puede, voy a proponer la siguiente.