Javier Valencia Javier Valencia
Cartel original de La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), de Steven Spielberg

Las diez mejores películas de mi vida: 7. La lista de Schindler

Javier Valencia · · 17 min de lectura · 4 visitas · Personal
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Llevamos dos posts sobre películas que tocan el Holocausto: ayer mismo La vida es bella, hoy La lista de Schindler. Las dos no podrían ser más distintas. Una se acerca al horror desde la ternura, la otra lo afronta directamente. Y, sin embargo, las dos están en mi top diez. Eso, que pueda haber dos películas tan distintas sobre el mismo tema, las dos en mi lista, dice algo sobre cómo el Holocausto requiere muchos lenguajes para ser contado, y sobre cómo el cine puede operar con todos.

Esta es la séptima entrega de la serie sobre mis diez películas favoritas. La uno (Cinema Paradiso), la dos (Cadena perpetua), la tres (El padrino I y II), la cuatro (Casablanca), la cinco (La vida es bella) y la seis (Forrest Gump) están publicadas. Las cuatro restantes son la siete (esta), la ocho, la nueve y la diez. La serie va de la uno hacia abajo.

Spielberg adulto

Cartel original de La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), de Steven Spielberg

En 1993, Spielberg estrenó dos películas el mismo año. Una fue Jurassic Park, la película que más dinero recaudó del año, una superproducción de aventuras con dinosaurios digitales que cambió la industria de los efectos visuales. La otra fue La lista de Schindler, una película en blanco y negro de tres horas y un cuarto sobre el Holocausto. Es difícil pensar en dos películas más distintas hechas por el mismo director en el mismo año. Y es una de las cosas más extraordinarias de la carrera de Spielberg: que esa amplitud de registros existiera y que las dos películas funcionaran al máximo nivel cada una en su género.

Spielberg, hasta ese momento, era reconocido como el director comercial más exitoso de Hollywood: Tiburón, E.T., Indiana Jones, Encuentros en la tercera fase. Hacía cine de espectáculo de altísima calidad, pero no se le tomaba en serio como autor. La crítica académica lo veía como un artesano del entretenimiento. Hasta La lista de Schindler. Esta película fue el momento exacto en que Spielberg dejó de ser solo el director de superventas y se convirtió en uno de los grandes directores americanos sin disquisiciones. Ganó siete Oscars, incluyendo mejor director y mejor película, los dos primeros que ganaba después de varias nominaciones.

Y lo más interesante de la película es que es claramente una obra personal. Spielberg, judío de familia askenazí, llevaba años queriendo hacerla. Había comprado los derechos de la novela de Thomas Keneally a principios de los ochenta. La fue posponiendo durante una década, primero porque la consideraba demasiado importante para su nivel del momento, después porque dudaba si era él el director adecuado. Cuando finalmente la rodó, no cobró: donó su salario a la creación del Shoah Foundation, una fundación dedicada a recopilar testimonios audiovisuales de supervivientes del Holocausto. Esa foundation ha grabado más de 50.000 testimonios desde entonces y es una de las fuentes documentales más valiosas sobre el siglo XX.

El argumento, sin endulzar

La película cuenta la historia real de Oskar Schindler, un industrial alemán nazi, miembro del partido, mujeriego, alcohólico, oportunista, que en la Cracovia ocupada por los alemanes monta una fábrica de menaje militar usando mano de obra judía del gueto y, después, del campo de concentración de Plaszow. Schindler empieza el negocio por puro lucro: la mano de obra judía es barata, el contrato con la Wehrmacht es lucrativo, los oficiales nazis se pueden sobornar.

Pero, a medida que la guerra avanza y las matanzas aumentan, Schindler cambia. No de manera explícita: la película no te da una escena de revelación moral. Es un cambio gradual, hecho de pequeñas decisiones acumuladas. Empieza a proteger a sus trabajadores. Empieza a sobornar a oficiales para que no sean trasladados. Empieza a comprar más trabajadores en el mercado negro de seres humanos del campo. Y, hacia el final de la guerra, gasta toda su fortuna personal y se endeuda hasta el cuello para salvar a más de mil judíos, transfiriéndolos de Plaszow a una fábrica nueva en Brünnlitz, Checoslovaquia, donde simulan producción militar pero en realidad están manteniéndolos vivos hasta el fin de la guerra.

La famosa "lista" es la lista mecanografiada por su contable y administrador judío, Itzhak Stern, con los nombres de los trabajadores que Schindler ha negociado salvar. Es literalmente una lista de personas que van a vivir. La pronuncia el propio Schindler: "esta lista es la vida".

Esa es la espina dorsal. Pero la película no es solo sobre Schindler. Es sobre el sistema que rodea a Schindler: el gueto, las redadas, las ejecuciones, las deportaciones, el campo de Plaszow comandado por Amon Göth, las cámaras de gas. Y, por encima de todo, sobre los judíos individuales que pasaban por ese sistema. Spielberg, sabiendo que el espectador podía abrumarse con números abstractos, filmó muchas pequeñas escenas individuales: una mujer ingeniera asesinada por Göth porque le dio una opinión técnica acertada, un trabajador anciano que se quema en una fragua, un niño escondido en una letrina, una niña con abrigo rojo. Cada plano cuenta una historia individual. Eso es lo que hace que el horror sea soportable y a la vez devastador.

Liam Neeson, Ben Kingsley y Ralph Fiennes

Cartel original de La lista de Schindler (Schindler's List, 1993), de Steven Spielberg

Liam Neeson como Schindler es una elección perfecta. Neeson tiene la altura y la presencia física para encarnar a un hombre carismático que entra en una habitación y la habitación se gira a mirarlo. Y tiene la capacidad de transmitir lo no dicho: durante toda la película, Schindler no explica sus motivaciones. Es Neeson, con la mirada, con los silencios, con los pequeños gestos de duda, quien sostiene esa ambigüedad sin que el personaje se vuelva incomprensible. La gran escena final, la de la despedida en el patio de la fábrica liberada, donde Schindler se derrumba y dice "podría haber salvado a más", es uno de los momentos más recordados del cine, y Neeson lo hace sin caer en el melodrama: el llanto está, sí, pero contenido, casi como si el personaje se sorprendiera él mismo de estar llorando.

Ben Kingsley como Itzhak Stern, el contable judío que se convierte en el conciencia moral de Schindler, es el segundo pilar. Kingsley había ganado el Oscar diez años antes por Gandhi y aquí hace una interpretación de contención total: un hombre formal, educado, cauto, que en cada escena calcula con precisión qué decir, cómo decirlo y cuándo callar. La relación entre Stern y Schindler es el corazón emocional de la película: dos hombres que empiezan trabajando juntos por intereses opuestos (Schindler quiere ganar dinero, Stern quiere salvar trabajadores) y que, a lo largo de la guerra, convergen en una sola intención.

Y luego Ralph Fiennes, en el papel de su carrera, como Amon Göth, comandante del campo de Plaszow. Fiennes era casi desconocido cuando se le contrató. Spielberg lo eligió porque quería un actor sin "pasado moral" en el espectador, un actor cuya cara nadie asociara a roles previos. Y lo que Fiennes construye es uno de los villanos más perturbadores del cine, no por exuberancia, no por gritos (de los cuales hay), sino por la forma en que filtra cualquier impulso humano a través de un sistema mental enfermo. Hay una escena en la que Göth, desde el balcón de su villa que da al campo, dispara con rifle a prisioneros al azar mientras desayuna. La escena es literalmente así: dispara, sigue desayunando, dispara, mira al criado, sigue. Esa banalidad del mal es lo que Hannah Arendt había descrito años antes y que Fiennes encarna en pantalla con una precisión escalofriante.

Más perturbador todavía: la atracción confusa que Göth siente por su criada judía Helen Hirsch. Una atracción que él vive como una vergüenza moral (porque, en su sistema mental nazi, los judíos son subhumanos y desearlos sexualmente es traición). Esa contradicción interna que Fiennes interpreta sin aliviarla nunca lo convierte en uno de los personajes más complejos del cine sobre nazis. No es un nazi caricaturesco. Es un nazi funcional, criado en un sistema, brillante en la administración del horror, y a la vez lleno de pequeñas grietas humanas que él rechaza.

El blanco y negro como decisión moral

La película está rodada casi entera en blanco y negro. Esa decisión es de Spielberg y del director de fotografía, Janusz Kamiński (polaco, en su primer trabajo grande con Spielberg, y a partir de ahí su director de fotografía habitual). La razón no es estética. Es moral.

Spielberg explicó después que el Holocausto, en su mente y en la mente de su generación, era en blanco y negro: las imágenes documentales, las fotografías de archivo, los testimonios visuales que él había visto creciendo. Filmar el Holocausto en color hubiera sido falsificarlo, en cierto sentido: hubiera sido modernizarlo, acercarlo al espectador con una cercanía que el horror no se merece. El blanco y negro mantiene una distancia respetuosa: te dice que lo que ves ya pasó, que es historia, que no es ahora.

Y, dentro del blanco y negro, hay una escena en color. La famosa: la niña del abrigo rojo. Una niña pequeña que vemos brevemente durante la liquidación del gueto de Cracovia, escondiéndose, buscando refugio, y a la que el espectador sigue con los ojos porque su abrigo, rojo encendido, es el único objeto coloreado en una secuencia de cinco minutos. Más adelante en la película, vemos el mismo abrigo, también en rojo, pero ya en un cuerpo, en una pila de cadáveres. Es el abrigo el que reconocemos, no la cara. El abrigo es la pista que nos dice: esa niña que viste antes, esta vez se ve un cuerpo, está ahí.

Esa decisión visual es una de las más debatidas del cine. Los detractores dicen que rompe la coherencia visual de la película y que es un truco emocional barato. Los defensores (yo entre ellos) decimos que es exactamente lo contrario: es un recordatorio visual de que cada uno de los muertos era un individuo, que los números abstractos del Holocausto contienen niñas con abrigos rojos. La decisión de Spielberg es convertir a la niña en un símbolo personal, no estadístico. Y eso, para mí, funciona.

Spielberg ha contado en entrevistas que la idea le vino de una superviviente, que en una conversación le contó una historia muy parecida: una niña vestida de rojo, que había llamado la atención por la incongruencia visual, y que había desaparecido. Spielberg trasladó esa imagen al cine como homenaje. La niña real, que se llamaba Roma Ligocka, sobrevivió: la película ha cambiado la imagen pero la inspiración era de la realidad. Roma escribió un libro autobiográfico años después, llamado La niña del abrigo rojo, en el que cuenta su propia historia.

La banda sonora de Williams: la nota más triste

La banda sonora de John Williams para La lista de Schindler es, para mí, la mejor banda sonora de su carrera. Williams es el compositor más reconocido del cine americano: La guerra de las galaxias, Tiburón, Indiana Jones, E.T., Harry Potter, Superman. Todas memorables. Pero todas épicas y heroicas. La lista de Schindler es lo opuesto: una composición íntima, casi de cámara, dominada por un solo de violín ejecutado por Itzhak Perlman, uno de los más grandes violinistas del siglo XX.

El tema principal es triste sin caer en sentimentalismo. Es triste con dignidad. Es la tristeza de quien ha visto demasiado y ya no llora; se queda mirando. El violín de Perlman, judío israelí cuyo padre era polaco, hijo de supervivientes del Holocausto, carga la pieza con un peso adicional que ninguna otra grabación ha podido alcanzar. Hay grabaciones posteriores con otros violinistas, todas técnicamente buenas, todas más vacías que la original. Es un caso donde el intérprete específico define la pieza.

Williams compuso el tema y se lo enseñó a Spielberg con dudas. Le dijo "esto necesita un compositor mejor que yo". Spielberg le contestó "ya lo sé, pero todos los compositores mejores que tú están muertos". Williams se quedó. Y compuso lo mejor de su vida.

Una nota sobre Roman Polanski y la lección que aprendí

Quien quiera ampliar el cine sobre el Holocausto debe ver, después o antes, El pianista (2002) de Roman Polanski, otra obra maestra del tema. Polanski, judío polaco superviviente del gueto de Cracovia (el mismo escenario de la primera parte de Schindler), había rechazado dirigir La lista de Schindler cuando Spielberg se lo ofreció. Era demasiado personal para él y no se sentía con fuerzas. Se reservó El pianista para una década después.

Las dos películas son complementarias. Schindler es la mirada de un alemán que salva. El pianista es la mirada de un judío que sobrevive. Schindler tiene un protagonista activo. El pianista tiene un protagonista que se esconde, casi sin actuar. Vistas juntas, te dan dos lados de la misma realidad y dos vías de cine sobre lo mismo.

Yo aprendí de Schindler algo que no había entendido antes: que el cine sobre el horror no tiene que filmar el horror frontalmente para que el horror se sienta. La mayoría de las muertes de la película se ven de pasada, desde lejos, con la cámara siguiendo otra cosa. La selección final del campo, la cámara de gas falsa que es ducha, los cuerpos en las pilas, las marchas. Spielberg no se regodea en ninguna. Te las muestra lo justo y se va al siguiente plano. Esa contención es lo que hace que la película sea sobreviviente: no te abruma con violencia explícita, te abruma con la acumulación.

Lo personal: por qué entró en la lista

A los treinta y pocos vi La lista de Schindler por primera vez en VHS, y la ví como película. Me impresionó pero la coloqué en la categoría "obras maestras lejanas". A los cuarenta volví a verla, esta vez en una sala donde la habían reestrenado por aniversario, y me pegó de manera distinta. Me empezaron a pesar las escenas concretas, los personajes individuales, la idea del salvar a uno.

Porque, en el fondo, eso es lo que enseña la película: que el bien moral no es abstracto ni sistémico; es siempre concreto. Schindler no salva "a los judíos" como categoría: salva a Itzhak, a Helen, a Marcel, a más de mil personas con nombre y apellido. La película es exhaustiva en eso: las pone en la lista uno a uno, las nombra, las cuenta. Cada nombre es una persona.

Esa lección es de aplicación general. Cuando uno hace bien (donaciones, voluntariado, ayuda al amigo en mal momento), el bien siempre es concreto. Es una persona, en un momento concreto, con una necesidad concreta. La filantropía abstracta, las causas, los manifiestos, están bien, pero el bien material lo hace una persona a otra. Y eso es lo que Schindler hace. Una a una.

Y hay una segunda lección, más oscura. Schindler no era un buen hombre antes de la guerra. Era un oportunista, un mujeriego, un nazi de carné, un explotador. La película no le da una redención total. Lo deja como era, con sus debilidades, y le añade un acto de bien grande, hecho con motivación cambiante. Eso es importante: la película no te dice "para salvar vidas hay que ser un buen hombre". Te dice "incluso un mal hombre puede, en circunstancias extremas, salvar vidas, y eso, una vez hecho, vale lo que vale". El bien moral no requiere santos. Requiere gente que en el momento decisivo decida bien. Y eso es accesible a cualquiera.

Esa es la segunda gran lección de la película. La primera era el bien es concreto. La segunda es el bien lo puede hacer cualquiera. Las dos juntas son un retrato de qué es la moralidad ordinaria que pocas obras de arte alcanzan.

Las críticas razonables

Por honestidad, igual que con La vida es bella, hay críticas a La lista de Schindler que merecen reconocimiento.

Crítica uno: la película pone a un alemán como protagonista de una historia sobre judíos. Esta crítica, formulada por algunos historiadores e intelectuales judíos (Claude Lanzmann, autor del documental Shoah, fue uno de los más vocales), tiene un punto. La película hace que el espectador se identifique con el salvador alemán, no con los salvados. Las víctimas judías, aunque tienen escenas y caras, no son los protagonistas narrativos. Lanzmann argumentó que esa elección invierte la mirada que el cine sobre el Holocausto debería tener, y que los judíos siguen siendo objetos de la narrativa, no sujetos. La crítica es legítima, y la película tiene esa lectura. Yo respondo que la película de los judíos como sujetos sí existe: es El pianista, es Hijo de Saúl, es el documental Shoah mismo. La lista de Schindler hace una cosa concreta: cuenta la historia de un alemán que salva. Y esa también merece ser contada.

Crítica dos: la última escena, con los supervivientes reales en el cementerio, es manipulación sentimental. En la última escena de la película, ya en color y en presente, vemos a los supervivientes reales de la fábrica Schindler, ya ancianos, depositando piedras sobre la tumba de Schindler en Israel. Algunos críticos dicen que esa escena chantajea emocionalmente al espectador, que ya estaba conmovido por las tres horas anteriores. Mi posición: es una de las escenas más bellas y dignas que ha rodado el cine. No chantajea: agradece. Y muestra al espectador, con caras reales, que la lista no fue un truco narrativo: que esos hombres y mujeres existieron, viven, tienen nietos, siguen vinculados a Schindler décadas después. Es el cierre exacto que la película necesitaba.

Crítica tres: Spielberg hace cine convencional incluso sobre el Holocausto. Algunos críticos europeos (y americanos) han dicho que la película es "hollywoodiense" en el peor sentido: que tiene un héroe, un villano, una redención, una banda sonora emotiva, una estructura clásica de tres actos. Y que un tema como el Holocausto requeriría un lenguaje más experimental. Mi respuesta: un lenguaje experimental llega a una minoría. Un lenguaje convencional llega a millones. Y, dado que el objetivo de Spielberg era transmitir el Holocausto a generaciones que nunca habían leído sobre él, la elección formal fue acertada. Hay sitio para Shoah (10 horas, sin actores, casi sin música) y hay sitio para Schindler. Las dos son obras grandes. La una para los iniciados. La otra para todos.

Cómo verla

No la veas con prisa. Dura tres horas y cuarto. Te pide la tarde entera.

Versión original con subtítulos. Hay diálogos en alemán, en yiddish, en polaco. La versión doblada los homogeniza al español y se pierde una de las cosas que la película hace bien: la babel lingüística del campo, la dificultad de comunicación entre víctimas y verdugos.

Después de la película, deja un rato libre. No la encadenes con otra cosa. Sal a la calle, camina, no abras el móvil. Lo que la película deja, lo deja en silencio. Si lo cierras inmediatamente con otro estímulo, se evapora.

Y si tienes hijos adolescentes, esta es una de las películas que merece verse en familia una vez en la vida. La conversación posterior es el regalo de la película. Lo que aprenden los hijos no es la película; es lo que oyen contar a sus padres después.

A quién se la recomiendo

A todo el mundo. Esto es de las pocas películas que recomiendo sin matices.

Si solo te puedes ver una sobre el Holocausto en tu vida, que sea esta. Si te ves dos, ésta y El pianista. Si te ves tres, súmale La vida es bella. Si te ves diez, te abro un mundo aparte (te recomiendo Shoah, Hijo de Saúl, El hijo de Saúl, El pianista, Au revoir les enfants, La zona de interés, La elección de Sophie, Holocausto de la TV, Anne Frank).

¿Por qué siete y no más arriba?

La pregunta que me he hecho al ordenar la lista. La lista de Schindler es objetivamente una de las mejores películas que he visto. Probablemente, en términos de calidad técnica y peso histórico, debería estar más arriba. ¿Por qué no?

Porque, como pasaba con Casablanca, esta es una película que admiro más que quiero. Le tengo el respeto que merece, le reconozco la grandeza, le rindo el tributo. Pero no es una película que ponga un domingo cualquiera para acompañar un café. Es una película que se ve una vez cada cinco años, en sesión solemne. Y eso, en términos de top diez personal, la coloca en el séptimo puesto, no más arriba.

El top tres es de películas que me llenan. La lista de Schindler me vacía. Las dos cosas son legítimas. Las dos están en mi lista. Pero el orden no es accidente.

Lo que viene en la serie

El próximo es el día 30, la número 8. Otra italiana (con esta van tres en mi top diez), otra película larga (con la de hoy serían dos largas seguidas), otra película sobre el paso del tiempo (tema recurrente en mi lista). Pero esta vez el director es siciliano y los protagonistas son niños creciendo en el Lower East Side de Nueva York, lo cual ya es pista. Si lo adivinas, ten preparada la flauta. Si no, sorpresa el día 30.

Hasta entonces.