El grupo de WhatsApp: la plaza del pueblo de la amistad adulta
Tengo un grupo de WhatsApp que se llama, hoy, «La Junta». Antes se llamó «Cena viernes 12», y antes de eso «Nos vemos ya coño», y antes de eso algo relacionado con una despedida de soltero de la que no voy a dar detalles. Los nombres de un grupo son su estratigrafía: si excavas, sale la historia entera.
Somos siete. Uno no escribe nunca —lleva sin escribir, calculo, dos años—, pero lo lee todo, porque cuando quedamos hace referencias a conversaciones en las que no participó. Otro manda audios de cuatro minutos. Otro manda exclusivamente memes, jamás una frase propia, y es de las personas que más me quieren en este mundo.
Este domingo quiero escribir sobre ese sitio. Porque llevo unos cuantos domingos hablando de la cerveza semanal, de quedar sin motivo y de hacer amigos nuevos, y en todos ellos hay una cosa que no he mencionado y que en realidad es donde ocurre el noventa por ciento del contacto: un grupo de chat en el móvil.
Lo que hace bien, y es mucho
Empiezo por lo bueno, porque lo hay y es fácil despacharlo con desprecio de señor nostálgico.
El grupo resuelve un problema real: el tiempo muerto entre quedadas. Nos vemos, con suerte, una vez al mes. Antes de que existiera esto, entre una comida y la siguiente había cuatro semanas de nada absoluto, salvo alguna llamada. Y la amistad adulta no aguanta bien la nada: se enfría, se vuelve formal, y cuando por fin quedas tienes que dedicar la primera hora a ponerte al día, que es la parte más aburrida de cualquier reencuentro.
Con el grupo, esa hora ya está hecha. Llegas y sabes que a este le han operado a la madre, que aquel ha cambiado de coche y que al otro le va regular en el trabajo. Empiezas la conversación por el minuto sesenta, y eso es un regalo cuando solo tienes tres horas.
Y hace otra cosa que a mí me parece más valiosa todavía: mantiene el ruido de fondo. Ese chiste tonto de las once de la mañana, esa foto de un cartel mal escrito, ese vídeo que solo tiene gracia para nosotros. Es exactamente la repetición sin propósito de la que hablaba el otro día: el equivalente digital de coincidir en el pasillo. No transmite información. Transmite presencia. Y la amistad se hace mucho más de presencia que de información.
Lo que hace mal, y es peor
Ahora la parte incómoda. El grupo de WhatsApp tiene un defecto de diseño que me ha costado años ver: te da la sensación de haber quedado sin haber quedado.
Uno sale de una tarde intensa de grupo —cincuenta mensajes, dos audios, tres carcajadas de verdad— con la sensación de haber estado con sus amigos. Y no ha estado con nadie. Ha estado con el móvil en el sofá. La sensación es sincera y el efecto es real: te has reído. Pero es una comida de plástico: llena y no alimenta.
Y de ahí sale el fenómeno que todo el mundo conoce y nadie sabe explicar: el «a ver si quedamos» que no cuaja nunca. Todos hemos visto esa secuencia. Alguien lo propone, seis personas contestan «sí, por favor», salen tres fechas, dos no pueden, se pospone «para después de Semana Santa», y a los diez minutos la conversación ha derivado a un vídeo de un perro. La propuesta de quedar se ha consumido en el propio grupo: ha dado la satisfacción emocional de organizar algo sin tener que organizarlo.
Mi regla, después de pisar esa piedra doscientas veces, es tan simple que da vergüenza escribirla: quien propone, pone fecha y hora. No «a ver si quedamos», sino «el sábado 27 a las dos, en el sitio de siempre, decid los que venís». La diferencia entre esas dos frases es la diferencia entre una comida y ninguna comida. La primera reparte el trabajo entre siete personas, que es como decir entre nadie; la segunda lo hace una sola y libera a las otras seis de pensar.
La arqueología de un grupo
Hay algo que solo tienen los grupos viejos y que me parece bonito: son un archivo.
En el mío, si subes lo suficiente, hay una foto de un bautizo, hay el mensaje de cuando a uno le dieron una noticia mala, hay una discusión política que casi se lleva por delante la cosa entera en 2022 y que se resolvió, como se resuelve todo aquí, con alguien mandando un meme a las dos horas. Hay dos personas que se fueron del grupo y volvieron. Hay un cambio de nombre que marca exactamente el día en que dejamos de ser un grupo para un evento y pasamos a ser un grupo, sin más.
Ese archivo tiene un valor emocional que ninguno de nosotros calculó al crearlo, y ahí está la trampa, que es de la que quiero hablar para acabar.
Los papeles
Una cosa que descubres al mirar un grupo viejo con distancia es que todo el mundo tiene un papel y nadie lo eligió.
Está el que organiza. Es el que pone las fechas, el que hace el recuento de quién viene, el que pregunta si reservamos. En todos los grupos hay exactamente uno, y si ese uno se cansa, el grupo deja de quedar. No es casualidad: es que organizar es un trabajo real, aburrido y sin recompensa, y la mayoría preferimos que lo haga otro. Si estás en un grupo y no sabes quién es el organizador, hay una posibilidad incómoda de que seas tú y no te hayas dado cuenta.
Está el que responde siempre el primero, en menos de un minuto, a cualquier hora, con una disponibilidad que a veces da un poco de pena y otras veces sostiene la cosa entera.
Está el silencioso, que ya he dicho que en el mío lleva dos años sin escribir. Durante mucho tiempo pensé que estaba medio fuera. Hasta que un día, en una comida, hizo una broma sobre algo que se había dicho en el grupo cuatro meses antes, y entendí que estaba más dentro que casi ninguno. Lo que no tenía era ganas de escribir. Son cosas distintas y las confundimos constantemente.
Y está el de los memes, que es al que hay que defender, porque es al que más se le ríen y menos se le valora. Un meme mandado a la persona correcta en el momento correcto es una manera de decir «me he acordado de ti» que no obliga al otro a responder nada. Es exactamente la clase de contacto de baja intensidad y sin factura que sostiene una amistad de cincuenta años. La gente que manda memes está haciendo trabajo emocional disfrazado de tontería, y en un grupo de siete señores es probablemente la única forma en que ese trabajo se iba a hacer.
Lo interesante de los papeles es que son estables durante décadas y que casi nunca coinciden con el que uno se atribuye. Yo creía que era el que organizaba. He revisado el histórico. No lo soy, ni de lejos.
La plaza es de alquiler
He escrito diez posts sobre tecnofeudalismo, y este es el ejemplo que no puse en ninguno y que es el que más me toca.
Un grupo de WhatsApp funciona como una plaza de pueblo: es el sitio al que uno se asoma sin motivo, donde te encuentras a la gente sin haber quedado, donde ocurre esa conversación de baja intensidad que sostiene una comunidad. Pero una plaza de pueblo es de todos y esta plaza es de una empresa.
No me refiero al espionaje ni a la publicidad, que es la conversación de siempre y ya está bastante gastada. Me refiero a algo más simple y más doméstico: no tengo ese archivo. Quince años de conversación de mis amigos más antiguos, y si mañana me quedo sin cuenta, sin teléfono o sin ganas de aceptar unas condiciones nuevas, la puerta de esa plaza se cierra desde dentro. Puedo exportar un chat a un fichero de texto, sí, y he probado a hacerlo: lo que sale es un cadáver. La cosa viva no es exportable.
Y es que la dependencia no es del programa, es de que están todos ahí. Esa es la fuerza real, y no tiene nada que ver con la calidad del producto: si yo me voy a otra aplicación, me voy solo, y estar solo en una plaza es no estar en ninguna. Es exactamente el mismo mecanismo que describía al hablar de las herramientas de alquiler, solo que aquí lo que está alquilado no es un editor de código: son mis amigos.
No tengo una solución que ofrecer, y desconfío bastante del que la ofrezca. Montar un servidor propio para que siete señores de cuarenta y muchos se manden memes no va a pasar, y quien diga lo contrario no ha intentado nunca mudar a un grupo de amigos de aplicación. Lo único que hago es no engañarme sobre dónde estoy.
Lo que sí está en mis manos
Así que me he quedado con dos costumbres, que son lo único que he sacado en limpio de darle vueltas a esto.
La primera: usar el grupo para quedar, no en lugar de quedar. Si en un mes el grupo ha tenido mucha actividad y no nos hemos visto, algo ha ido mal, por muy divertido que haya sido el mes. El indicador de salud de una amistad no son los mensajes: son las veces que te has sentado enfrente.
La segunda: sacar las cosas importantes del grupo. Cuando a alguien le pasa algo serio, el grupo es el peor sitio. Siete personas respondiendo a la vez convierten una noticia difícil en un hilo. Para eso está la llamada de teléfono, esa cosa antigua y algo violenta que a nadie le apetece hacer y que todo el mundo agradece recibir.
Por lo demás, ahí seguimos. Esta mañana ha caído un audio de tres minutos y medio que aún no he escuchado, y sé perfectamente que no dice nada.
Lo escucharé igual. De eso va, exactamente, la cosa.