Javier Valencia Javier Valencia
Cartel original de Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont

Las diez mejores películas de mi vida: 2. Cadena perpetua

Javier Valencia · · 17 min de lectura · 2 visitas · Personal
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Si Cinema Paradiso fue la película que me cambió a los veintitantos, Cadena perpetua fue la que me ayudó a aguantar a los treinta y muchos. Cuento por qué.

La descubrí tarde, lo cual ya dice cosas. Se estrenó en 1994, hizo una taquilla discreta, salió con poco ruido, y fue el alquiler de VHS y el boca a boca lo que la convirtió en lo que es hoy: la película mejor valorada de IMDB, la primera que aparece cuando preguntas a un grupo de hombres de cuarenta años "¿cuál es la mejor peli que has visto?". A mí me la recomendó, exactamente como tenía que pasar, un compañero de trabajo en una cena de empresa después de varias copas, mientras me contaba que estaba pasando una mala época y que esa película le había sostenido. La vi al fin de semana siguiente. Tuvo razón.

Antes de seguir, contexto rápido por si entras frío a la serie. Esta es la segunda entrega de un top diez de mis películas favoritas. La serie va del puesto uno al diez, no al revés. Es decir, la número uno la solté el 16 de mayo y a partir de ahí voy bajando. Esto que estás leyendo es la número dos. La razón de hacerlo así, larga de explicar, está en el primer post.

La película más empática jamás filmada

Cartel original de Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont

Si tuviera que reducir Cadena perpetua a una palabra, esa palabra sería empatía. No me refiero a la empatía como discurso, ni como bandera, ni como emoticono. Me refiero a la empatía operativa: la habilidad para ponerte en la piel de otra persona durante dos horas y sentir lo que esa persona siente. Pocas películas la consiguen tan bien. Cuando termina, sales de la sala (o del salón) con la sensación de haber sido amigo de Andy Dufresne durante diecinueve años. No de haberlo "visto" diecinueve años en pantalla. De haberlo acompañado. Y eso es muy difícil de hacer en cine.

La película es, en su superficie, una película carcelaria. Andy Dufresne, banquero de profesión, es condenado por el asesinato de su mujer y su amante, crimen que no ha cometido. Entra en la prisión de Shawshank en los años cuarenta y allí pasa décadas. Su narrador y mejor amigo es Red, otro preso, un hombre que también lleva décadas dentro y que se ha convertido en un veterano del sistema. Lo que sigue es una crónica detallada de la vida en la prisión, las relaciones que se construyen entre presos, las que se construyen con guardias y dirección, los pequeños horrores cotidianos y las pequeñas victorias. Y, por encima de todo, la convicción de Andy de que la esperanza es un ejercicio diario, no un sentimiento. Y de Red de que la esperanza es peligrosa, hasta que deja de serlo.

Lo brillante de la película no es la trama. Es el ritmo al que avanza el tiempo. Las dos horas y veinte que dura la película cubren casi dos décadas. Y, sin embargo, no se sienten apresuradas. Lo que hace Darabont (y los cortes de montaje, soberbios) es que tú, espectador, percibas el paso del tiempo a la misma velocidad a la que lo perciben los presos. Eso no se aprende en escuelas de cine. Eso se hace bien una vez en la carrera.

Andy Dufresne y la fortaleza tranquila

Cartel original de Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont

De los muchos personajes memorables del cine, Andy Dufresne ocupa un lugar especial en una categoría que llamaría fortaleza tranquila. Andy no es un héroe convencional. No es violento. No es carismático. No tiene el don de la palabra. Es un hombre delgado, de movimientos pausados, que habla poco y siempre a media voz, que parece debil físicamente y que aún así nunca acaba de quebrarse.

¿Cómo se construye un personaje así? Tim Robbins, en una de las grandes interpretaciones de los noventa que no ganó Oscar, lo construye por sustracción. No usa los recursos típicos del actor de Hollywood: nada de gritos, nada de monólogos, nada de gestos grandes. Lo que usa son silencios largos, miradas que sostienen y un acento de Nueva Inglaterra que casi no levanta la voz. La diferencia entre el Andy del primer día (asustado, lloroso, perdido) y el Andy de los años intermedios (sereno, irónico, con un punto de superioridad invisible) está hecha sin que casi notes los pasos. Como cuando un hijo crece y un día te das cuenta de que ha crecido.

Lo que tiene Andy, y lo que hace que se quede dentro del espectador, es que es un personaje que se aferra a una cosa concreta durante diecinueve años: a la idea de que él, allí dentro, sigue siendo él. La cárcel intenta convertirlo, como convierte a todos los presos, en un miembro más de un sistema que se autoperpetúa. Andy se niega. No de forma estridente: simplemente se niega. Pone discos clásicos en los altavoces de la prisión un día. Aprende a hacer cerveza para los compañeros que están reformando un tejado. Insiste durante años en que se monte una biblioteca decente. Hace cosas que un hombre libre haría, dentro de un sitio donde nadie se ve como hombre libre.

Red y la fragilidad de los fuertes

Cartel original de Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont

Si Andy es la cabeza de la película, Red es su corazón. Y esa es, posiblemente, la mejor decisión que toma Darabont: que el narrador no sea el protagonista. Que veamos a Andy desde fuera, a través de los ojos de su amigo, no desde dentro de su propia cabeza. Eso protege al personaje de Andy de la tentación del monólogo interior y de la sobreexplicación. Lo deja opaco, en el buen sentido: nunca sabemos del todo qué piensa Andy, lo que añade misterio.

Red, interpretado por Morgan Freeman en lo que muchos consideran su mejor papel (y eso es decir mucho), es el hombre que ha aprendido a sobrevivir en Shawshank renunciando a sus propias expectativas. Es lo que él mismo llama "estar institucionalizado". Cuando Brooks, el bibliotecario viejo, sale en libertad condicional después de cincuenta años dentro y no aguanta el mundo de fuera, Red lo entiende a fondo. Sabe que él mismo está en ese camino. Y la película es, en buena parte, la historia de cómo Andy lo va sacando lentamente de ese camino sin que él se entere.

Hay algo muy honesto en cómo retrata Darabont la amistad masculina entre estos dos. No hay grandes declaraciones. No hay ese momento típico de cine en el que uno mira al otro y le dice "te quiero, hermano". Hay, en su lugar, gestos pequeños que se acumulan durante años: el ajedrez que Andy talla, las cartas que Red consigue de fuera, la vergüenza compartida cuando un guardia llega y los interrumpe, las cervezas en el tejado, los discos de ópera. Y un pacto, hecho casi de pasada, de que si alguno sale, el otro lo va a buscar a un sitio concreto.

Esa amistad, contada así, sin sentimentalismos, es lo más cerca que ha estado el cine de retratar bien lo que pasa entre dos hombres adultos que se quieren. No tienen que decírselo. No tienen que demostrarlo en una escena climática. Lo viven, y se nota. Yo eso lo veo y pienso en mis amigos de toda la vida (esos a los que ya he dedicado un post entero) y se me hace un nudo. Porque así es. Así es la amistad de adultos: no se anuncia, se mantiene.

Cómo se cuenta la esperanza sin caer en la cursilería

Una de las trampas más fáciles del cine es contar historias de esperanza haciéndolo desde la cursilería. La esperanza es un sentimiento difícil de retratar bien porque enseguida se vuelve discurso motivacional. Cadena perpetua es la película que mejor he visto evitando esa trampa. Y lo hace con un truco simple: trata la esperanza como una práctica, no como una emoción.

Andy no tiene "esperanza" en el sentido en que la tiene un cartel de oficina. Andy tiene un proyecto. Tiene tareas concretas. Tiene cosas que hacer mañana, dentro de tres meses, dentro de tres años. La esperanza, en su versión, es una agenda. Tiene cosas en la lista. Las va tachando. Eso es lo que la hace creíble.

Una de las frases más famosas de la película (de las muchas que tiene memorables) es la que le dice Andy a Red, hablando del Pacífico: "Hope is a good thing, maybe the best of things. And no good thing ever dies". Y a continuación añade lo que importa: que la esperanza se cultiva, no se siente. La esperanza es el agua que vas echando todos los días a una planta que no sabes si va a florecer.

Esto, que en cualquier otra película sonaría a anuncio de seguros, en Cadena perpetua funciona porque la película te ha enseñado durante dos horas que Andy hace eso, no lo dice. Cuando llega la frase, ya no es discurso: es resumen. Y eso es muy difícil de conseguir.

La banda sonora invisible

Voy a meterme con un detalle que casi nadie destaca y que para mí es decisivo: la banda sonora de Thomas Newman para Cadena perpetua es una de las mejores y más invisibles que se han compuesto. Newman es el compositor que más ha entendido que la música, en cine, no tiene que tirar de ti hacia adelante; tiene que dejarte estar donde estás.

Su tema principal, End Titles, es una pieza minimalista, con un piano muy poco tocado, una cuerda que entra discreta y un crescendo que no es un crescendo (es más bien una respiración). No te dice "emocionate". Te invita a respirar. Y, si eso pasa con la imagen correcta delante (Red caminando hacia la playa, Andy esperándolo bajo el árbol), entonces, sí, te emocionas.

Aprendí mucho de Newman viendo cómo trabajaba esta película y luego American Beauty. Es un compositor que practica la virtud rara de no robarle protagonismo al actor. Donde Williams o Zimmer empujan, Newman acompaña. Y esta película es, posiblemente, su mejor ejemplo.

Hay otro detalle musical que merece la pena. La escena de las arias italianas, cuando Andy logra colarse en el despacho del director y poner Mozart en los altavoces de la prisión. Es una secuencia que se construye sobre una pieza de una ópera, Le nozze di Figaro, cantada por dos sopranos. Y la escena no tiene apenas diálogo. Es la cara de Andy, las caras de los presos parados en el patio, las caras de los guardias sin saber qué hacer, y la voz de las dos sopranos volando por encima del muro. La narración de Red, encima, dice algo así como "no tengo ni idea de qué cantaban esas dos italianas. Y prefiero no saberlo". Y luego: durante esos dos minutos, todo Shawshank fue libre.

Esa secuencia, sola, justifica la película. Pero la película no se acaba ahí.

Lo que esta película tiene en común con Cinema Paradiso

Si miras Cinema Paradiso y Cadena perpetua en el mismo año, te das cuenta de que comparten más de lo que parece. Las dos son sobre maestros y discípulos. Alfredo y Salvatore en una; en Cadena perpetua la relación maestro-discípulo es bidireccional: Andy le enseña a Red a tener esperanza, y Red le enseña a Andy cómo se sobrevive en Shawshank. Las dos son sobre el paso del tiempo como protagonista invisible. Las dos están narradas desde una mirada hacia atrás: en Cinema Paradiso es el adulto Salvatore quien recuerda; en Cadena perpetua es el viejo Red quien narra. Las dos terminan con una playa que representa libertad (Mojácar, simbólicamente, en la mente de Salvatore al volver a Sicilia; Zihuatanejo, literalmente, para Red).

Y las dos comparten algo todavía más profundo: las dos están hechas con paciencia. No son películas de ritmo rápido. Te piden que te quedes con ellas. Te recompensan si te quedas. Y eso, en una época en la que las películas se ven con el móvil al lado y se pausan cada quince minutos, es casi un gesto de resistencia.

Si Cinema Paradiso es la número uno y Cadena perpetua es la número dos, no es porque haya una grieta entre ellas. Están las dos en la misma altura. Es solo que una me pilló en el vagón correcto de mi propia vida y la otra me llegó después. Si la hubiera visto antes, ahora estarían a la inversa. Probablemente.

Por qué esta película funciona también para alguien sin "carcelaria"

Cadena perpetua se cuenta como película carcelaria pero no es exactamente una. La cárcel es una metáfora, no el tema. Lo que cuenta la película es algo que le pasa a casi todo el mundo: el riesgo de que la rutina te institucionalice. Empiezas en un trabajo, en una ciudad, en una pareja, en una casa, en una rutina, y al principio te ves haciendo eso unos años. Veinte años después sigues ahí, y has dejado de ver alternativas porque has olvidado que existían. Eso es Shawshank.

El "no me quiero institucionalizar" es la lectura que hace de la película mucha gente que la ha visto en momentos clave: gente que está a punto de hacer un cambio profesional, gente que está saliendo de una relación larga, gente que se acaba de mudar a otra ciudad, gente que ha cambiado de oficio. Es la película de los cambios pendientes. La que te dice que el muro que crees infranqueable no lo es tanto si llevas un martillo pequeño y mucho tiempo.

Yo la vi por primera vez antes de un cambio profesional grande. No me la planteé como espejo en ese momento, pero a los meses, mirando atrás, me di cuenta de que la película había hecho parte del trabajo en mí. Cuando años después la volví a ver, ya en el siguiente trabajo, funcionó como confirmación. Y cuando la veo ahora, con cincuenta y tantos, funciona como recordatorio: no acomodarte, no resignarte, no convertirte en Brooks. Brooks, el bibliotecario, es uno de los personajes más tristes del cine, no porque le pase nada terrible en la película, sino por lo que representa: la versión de ti que se rinde. La que se queda en Shawshank por elección, después de que Shawshank haya dejado de tener barrotes.

Pequeñas cosas que la hacen grande

He visto la película al menos siete veces y voy a soltar, sin orden, los pequeños detalles que la convierten en una obra maestra:

  • El uso de la voz en off de Red. Casi todas las películas que se construyen con voz en off acaban siendo perezosas. Esta no. La voz en off de Red es un personaje en sí. Comenta, ironiza, calla cuando hay que callar. Y nunca te cuenta lo que ya estás viendo.
  • Los planos largos de Andy mirando. Hay al menos cuatro o cinco escenas en las que la cámara se queda con Andy mirando algo, sin diálogo, sin nada que explicar. Esos planos son los que construyen al personaje.
  • El uso de la luz. La cárcel está iluminada con un amarillo enfermizo, sucio, que pesa. Cuando la película se va de Shawshank (la playa final, la carretera), la luz cambia: es una luz blanca, abierta, casi cegadora. Esos contrastes están hechos a propósito y pegan duro.
  • Los pequeños papeles secundarios. El director (Norton), el carcelero (Hadley), Brooks, Tommy, los hermanos. Cada uno tiene unas pocas escenas y todos están perfectamente dimensionados. No hay un solo papel sobrante.
  • El detalle del cartel. Andy tapa su agujero detrás del muro con un cartel de mujer. Lo cambia tres veces a lo largo de la película. Las tres mujeres son tres iconos de tres décadas distintas (Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Raquel Welch). Eso funciona como reloj sin necesidad de poner una fecha en pantalla. El paso del tiempo se ve en quién mira Andy desde la pared.
  • La escena del préstamo de Tommy. Cuando un preso joven le dice a Andy que sabe quién mató a su mujer, y Andy va al director, y el director le da carpetazo, y luego pasa lo que pasa, y Andy entiende que no va a salir por la puerta. Esa secuencia, la cámara, los silencios, la mirada de Tim Robbins después: cinco minutos de cine puro.
  • La rotura de Brooks. La parte más dura de la película, en mi opinión, no es nada de lo que pasa a Andy. Es la salida de Brooks de la cárcel, el viejo bibliotecario que ha pasado cincuenta años dentro, y que cuando llega al mundo de fuera no sabe vivir. La frase de Red cuando explica lo que es estar institucionalizado se aplica a Brooks como un guante.

Lo que se aprende de esta película (sin moraleja)

Si tuviera que sacar una sola lección de Cadena perpetua, sería esta: la fortaleza está en la paciencia, no en la fuerza. Andy no escapa de Shawshank por inteligencia más que la de los demás (de hecho, la mayoría de presos son listos a su modo). No escapa por fuerza física (no la tiene). Escapa porque lleva veinte años cavando. Y porque lleva veinte años haciendo, dentro de la cárcel, la vida que pueda parecerse más a la vida que querría tener fuera.

Eso vale para muchas cosas. Vale para las relaciones de pareja largas que aguantan: lo que las hace aguantar no es la pasión inicial, es el trabajo diario. Vale para la paternidad: lo que hace de uno un padre decente no es la noche que lo decides, son los miles de gestos pequeños que repites cada día. Vale para el trabajo profesional: las carreras de fondo se construyen así. Vale para el aprendizaje de un instrumento, de un idioma, de un oficio.

La película es, en ese sentido, una oda al cuentakilómetros bajo de un coche que lleva muchos años funcionando bien. No es la oda al motor potente, ni a la salida rápida, ni al freno espectacular. Es la oda al motor que sigue.

A quién se la recomiendo y a quién no

Se la recomiendo a:

  • Cualquiera que esté en una mala época laboral, una mala época de pareja, o cualquier otro tipo de "estoy atascado".
  • Quien haya tenido un amigo de los buenos durante muchos años. Le va a tocar.
  • Quien tenga cincuenta y se mire para atrás y se mire para delante y se pregunte qué le queda.
  • Quien tenga veinte y se esté preparando para los próximos treinta.
  • Cualquiera que crea que el cine americano de los noventa fue la última gran cosecha del cine comercial. Porque lo fue, y esta es la prueba.

No se la recomiendo a:

  • Quien necesite acción cada cinco minutos para no aburrirse. La primera media hora va lenta y si no aguantas eso, no aguantas la película.
  • Quien no soporte la voz en off como recurso. Esta película es, en buena parte, una voz en off.
  • Quien busque sorpresa argumental. La película tiene un giro, sí, pero el giro no es lo que la sostiene.
  • Quien ya esté cansado de escuchar que es la mejor película de la historia. Si vienes con esa expectativa, te va a defraudar. No es la mejor película de la historia. Es mi número dos, que es una cosa bastante distinta.

Una nota sobre Stephen King

El relato corto en el que se basa la película es de Stephen King, Rita Hayworth and Shawshank Redemption, publicado en una colección llamada Different Seasons en 1982. Quien conozca a King por It o El resplandor a veces se sorprende al saber que también escribe estas otras cosas: relatos contenidos, sin terror, sobre personajes muy humanos. Cuenta conmigo (de la misma colección, la película de Rob Reiner) y Apt Pupil son los otros dos relatos de ese libro. Los tres tienen versiones cinematográficas y los tres son notables, pero Cadena perpetua es claramente la culminación.

Darabont, el director, vino del mundo del relato corto de King. Hizo Cadena perpetua, luego La milla verde (también de King), y luego La niebla (también). Es el director "kingiano por encargo", y Cadena perpetua es su gran trabajo. Las otras dos están bien (especialmente la primera) pero no llegan. Esta película tuvo todos los astros alineados.

Cierre

Si en tu lista personal Cinema Paradiso no es la uno y Cadena perpetua no es la dos, no pasa nada, casi seguro que tienes razones tan buenas como las mías. En la mía, sí. Y nada más cierto que estar a punto de cumplir cincuenta y pico y darse cuenta de que la película que te puso en su sitio en su momento sigue funcionando ahora, en otro momento, por razones distintas. Eso es lo que define a una favorita.

El próximo post es el 23 de mayo y voy con una saga. La conoces. La conoce tu padre. La conoce tu hija si tiene más de quince. Y lo que voy a defender es por qué meto las dos primeras juntas como un solo puesto y por qué la tercera no entra ni con calzador.

Si esta serie te está enganchando, te animo a poner alguna noche, esta semana, Cadena perpetua. Te aviso de un detalle: es una de esas películas que mejoran al revisitarlas. La primera vez te coge desprevenido, la segunda la disfrutas más despacio, la tercera te das cuenta de que cada plano está pensado. Si la tienes vista, dale otra vuelta. No te va a defraudar.

Hasta el día 23.