Tapeo después de los cuarenta
A los veintitantos, el tapeo era un maratón. Salías el sábado a las dos de la tarde, parabas en el primer bar para una caña y un montadito, te ibas al segundo para otra caña y dos tapas, al tercero para una tapa grande y una tónica, y así hasta las ocho de la noche encadenando sitios, cervezas y calorías con una alegría que no me explico cómo sobrevivíamos. Luego cenábamos. Luego salíamos. Volvíamos a casa de madrugada y al día siguiente, a las doce, ya estábamos otra vez en el bar.
A los cuarenta y tantos, el tapeo es otra cosa. Y no es peor: es distinto. En algunos aspectos es mejor. En este post intento articular cómo ha cambiado mi relación con uno de los mejores planes españoles.
Lo que ya no hago

El tapeo de los veinte era más cantidad que calidad. Se premiaba la resistencia sobre el gusto. El bar se elegía más por su precio y por su ambiente que por lo que servía. Y honestamente, con la boca joven, todo sabía más o menos bien: la adrenalina, las cervezas, la compañía, el calor de agosto en Madrid o en Granada tapaban los matices que no había.
A los cuarenta ya no hago rondas largas. No es cansancio físico exactamente, aunque un poco: es que a las cuatro tapas ya no disfruto. La quinta no añade. La sexta es penitencia. El cuerpo empieza a pedir pararse, y cuando no le haces caso te sale carísima la factura al día siguiente.
Tampoco bebo como antes. Una caña, dos cañas, y si la cosa va larga una tónica. La borrachera alegre de los veintitantos no compensa el precio físico y mental que pagas pasados los cuarenta. He aprendido a disfrutar del sabor del alcohol sin necesidad de sentirme pasado. Es una victoria que no sabía que iba a agradecer.
Lo que sí hago ahora
El tapeo de los cuarenta es más curado, más pequeño, más lento. Dos o tres paradas en vez de seis. Cada parada más larga. Conversación más tranquila. Platos elegidos con más criterio.
He descubierto que tres horas en un solo bar bueno es mejor plan que cinco horas recorriendo seis bares mediocres. La economía del placer cambia: ya no me da subidón ir a un sitio nuevo cada veinte minutos. Me da más disfrute quedarme en un sitio bueno, pedir tres cosas bien hechas, y dejar que la conversación vaya.
También he aprendido a pedir mejor. A los veinte pedía por cantidad, por probar todo lo posible. Ahora pido por producto: qué hay de temporada, qué lleva aquí más tiempo, qué le sale mejor a este cocinero. Una ración bien elegida vale por cinco pedidas a ciegas.
La hora cambia

A los veintitantos salíamos a tapear a las dos o las tres de la tarde y rodábamos hasta las ocho o nueve. Ahora empiezo a las dos y media o tres, como el plato fuerte en algún sitio a las cuatro, y a las siete estoy en casa con mis hijas. Lo he cambiado por una cosa importante: tapear se ha convertido en un plan compatible con mi vida familiar, no un sacrificio que la vida familiar tiene que absorber el domingo.
Cuando empiezas temprano y terminas temprano, el tapeo cabe en el fin de semana sin dinamitarlo. Es una pequeña reorganización horaria que me ha devuelto muchas tardes.
El plato estrella ya no es siempre el mismo
A los veinte, mi menú universal era patatas bravas, calamares a la romana, croquetas y cerveza. Es la dieta española estándar del que todavía no se ha detenido a pensar qué le gusta de verdad.
A los cuarenta mi paleta ha cambiado bastante. Cosas que antes me parecían "raras" ahora me gustan enormemente: boquerones en vinagre con ajo fresco, berenjenas fritas con miel de caña, anchoas del Cantábrico de buena calidad, gambas a la plancha con solo sal. Cosas sencillas donde el producto es el noventa por ciento y la cocina el diez. Eran platos que no entendía a los veinte porque no tenía los matices del paladar para apreciarlos.
La fritura que tanto me gustaba sigue gustándome, pero la tolero peor. Las croquetas ahora las pido en sitios donde sé que las hacen ellos; las industriales las distingo al primer bocado y me parecen tristes. Las patatas bravas solo en sitios donde la salsa es casera, si no pido otra cosa.
Es una sofisticación gradual, no una postureo. Es el resultado de comer durante veinte años más y darte cuenta de que el disfrute aumenta cuando afinas.
La compañía pesa más que nunca

A los veinte, el tapeo era casi un deporte colectivo. Íbamos en grupos de siete, ocho, diez personas. Dentro del grupo había subgrupos, conversaciones simultáneas, gente que venía y se iba. Era más fiesta que mesa.
A los cuarenta, con quién voy me importa más que adónde voy. Tres o cuatro personas, máximo. Todos amigos cercanos. Una conversación que no se fragmenta. Un bar con mesa sentada en vez de barra de pie. La calidad de la compañía es ahora más determinante para que el plan sea bueno que la calidad de las tapas.
Esto cambia quién llama a quién. A los veinte salías porque había ambiente en una plaza; te encontrabas con la gente allí. A los cuarenta organizas específicamente con dos personas con las que quieres estar. Es menos espontáneo pero mucho más satisfactorio.
Lo que el tapeo de los cuarenta enseña
He pensado mucho por qué el tapeo sigue siendo un plan que defiendo con tanto entusiasmo, incluso con todas las diferencias respecto a cuando era joven. Y creo que es porque el formato en sí tiene virtudes que otros planes sociales no tienen.
Permite la conversación larga sin la formalidad de una cena. Puedes estar tres horas en un bar picoteando sin tener que estructurar el tiempo como una comida formal. Pides cuando te apetece, paras cuando quieres, sigues si te viene bien.
No requiere agenda. A diferencia de una cena en un restaurante con reserva, el tapeo es más informal. Si llegas tarde no pasa nada. Si se une alguien a mitad, se une. Si alguien tiene que irse antes, se va. Es social pero con menos fricción.
Escala en intensidad. Puedes hacer un tapeo ligero (una cerveza, tres tapas pequeñas) o uno más serio (cuatro raciones, postre, café). El mismo formato admite varios niveles de compromiso según el día.
Es económico bien hecho. Una tarde de tapeo en dos bares para tres personas sale por unos veinte-veinticinco euros por cabeza. Es más barato que una cena en un restaurante y más social que un café. La relación disfrute/gasto es excelente.
Lo que no me funcionaría ahora
Hay versiones del tapeo que, honestamente, ya no puedo con ellas:
Los tapeos de empresa. La combinación de compromiso social forzado, jerarquía implícita y la presión de no quedar mal con nadie convierte un formato relajado en un campo de minas. Prefiero una cena formal de empresa con todo tasado que un tapeo en el que tengo que fingir espontaneidad durante tres horas.
Los bares con televisión encendida. Si voy a tapear, quiero conversación. Una televisión atrae miradas, interrumpe, cambia el ritmo de la mesa. Los bares que no tienen tele son raros pero los busco.
El tapeo turístico. Sitios del centro, carta plastificada, camarero con prisa, tapas genéricas. Es la caricatura del tapeo, no el plan real. Funciona con gente que nunca lo ha probado de verdad; para los que sí, es decepcionante.
La conclusión que no te pedí
Después de veinte años tapeando, lo que más valoro es que el tapeo es un formato social español que todavía no ha sido colonizado por la cultura de la productividad ni por la prisa de los cuarenta. Cuando te sientas en un bar con amigos, la convención es que el tiempo se detiene. No hay cronómetro, no hay agenda, no hay prisa. Es un espacio protegido.
En la vida adulta, con calendario saturado y exigencias por todos los lados, tener un plan que te obliga a parar, a mirar a los ojos, a comer despacio y a dejar que la conversación fluya es casi un bien preciado. Los cuarenta le han dado al tapeo una función que a los veinte no tenía: la de antídoto. Y creo que por eso, más que por ninguna otra razón, voy a seguir tapeando cada sábado que pueda hasta que el cuerpo aguante.