Javier Valencia Javier Valencia
Ilustración retrofuturista de estética synthwave: una ruleta de casino de neón vista en perspectiva, con la bola a punto de caer, delante de un sol a rayas y flanqueada por siluetas de cúpulas en forma de cebolla sobre el horizonte

Dostoyevski, vida y obra: el fusilamiento que no llegó, Siberia y la ruleta

Javier Valencia · · 11 min de lectura · 2 visitas · Personal
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Cuando escribí sobre El idiota antes de leerlo prometí un post sobre la vida y la obra de Dostoyevski. Aquí está. Antes de abrir sus novelas quiero saber quién era el hombre que las escribió, porque casi todo lo que le pasó acabó dentro de un libro.

Repito la confesión del otro día: no he leído ninguna de sus novelas. Esto es el cuaderno de quien se prepara para leer, con lo que cuentan biógrafos como Joseph Frank y las enciclopedias. No sé ruso: las citas van en versión mía, sin pretensiones.

Una nota de calendario: en la Rusia del siglo XIX regía el juliano, doce días por detrás del nuestro. Doy las fechas rusas y, en las importantes, la equivalente gregoriana.

Un hospital para pobres

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski nació el 30 de octubre de 1821 (11 de noviembre gregoriano) en Moscú, en el hospital Mariinski para pobres, donde su padre, Mijaíl Andréyevich, era médico. Cuesta no ver ahí el origen de tanto personaje humillado, tísico o sin un kopek.

La madre murió de tuberculosis en 1837. El padre, viudo y con fama de hombre duro y bebedor, se retiró a su finca de Darovoie y allí murió en junio de 1839, mientras Fiódor estudiaba en la Escuela de Ingenieros Militares de San Petersburgo.

La versión famosa dice que lo mataron sus siervos, hartos de sus malos tratos, y la sostuvieron en sus memorias su hermano Andréi y su hija Liubov. Pero el informe oficial de 1839 habla de apoplejía y no halló señales de violencia, no hubo juicio y el expediente original no se conserva; hay quien sospecha que un vecino alimentó el rumor para comprar la finca barata. Lo honrado es decir que no se sabe. Freud levantó en 1928 un ensayo, Dostoievski y el parricidio, sobre la idea de que su epilepsia nació de esa muerte, pero esos relatos hoy se consideran poco fiables.

«Ha aparecido un nuevo Gógol»

Dejó pronto la ingeniería. Su primera novela, Pobre gente, son las cartas entre un funcionario pobre y una muchacha a la que intenta proteger. Según contó él mismo treinta años después en su Diario de un escritor, Grigoróvich y el poeta Nekrásov la leyeron en voz alta toda la noche y a las cuatro de la madrugada fueron a abrazarlo. Nekrásov se la llevó al crítico más temido, Visarión Belinski: «¡Ha aparecido un nuevo Gógol!». Belinski respondió que los Gógoles le brotaban como setas. Luego la leyó y mandó llamar al autor.

Pobre gente salió en enero de 1846 y lo hizo famoso. Duró poco: El doble decepcionó a Belinski y el círculo que lo había encumbrado empezó a reírse de él. El éxito y la humillación le llegaron casi a la vez, y no sería la última.

Petrashevski y la plaza Semiónovski

A finales de los cuarenta frecuentó las reuniones de Mijaíl Petrashevski, donde se hablaba de socialismo utópico y de la servidumbre. Lo que se le reprochó fue leer en voz alta la Carta a Gógol de Belinski, prohibida por la censura. Frank matiza que también estaba en un grupo más radical, el de Nikolái Speshnev, que llegó a plantearse una imprenta clandestina.

Lo detuvieron el 23 de abril de 1849. El resto lo conté con El idiota: el 22 de diciembre de 1849 (3 de enero de 1850 en el gregoriano), en la plaza Semiónovski, ataron a los tres primeros condenados a los postes y, cuando el pelotón iba a disparar, llegó el indulto. Nicolás I lo había decidido de antemano: fue un simulacro. La pena real: cuatro años de trabajos forzados y después servir como soldado raso.

Cuatro años en Omsk y un libro

Camino del presidio, en Tobolsk, varias esposas de decembristas (los oficiales sublevados contra el zar en 1825), entre ellas Natalia Fonvízina, dieron a los presos un Nuevo Testamento con un billete de diez rublos escondido en la encuadernación. En el presidio de Omsk, de 1850 a 1854, fue durante mucho tiempo su único libro. Lo conservó toda la vida.

De Omsk salió Memorias de la casa muerta (1860-1862), el relato apenas novelado del penal, y un hombre distinto: un creyente ortodoxo, desconfiado de los intelectuales occidentalizados y fascinado por el pueblo con el que había compartido barracón. En 1854 le escribió a Fonvízina la frase que mejor resume su fe:

«Si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad, y que realmente la verdad estuviera fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad.»

Siguieron cinco años de soldado en Semipalátinsk, en el actual Kazajistán, donde se casó con María Dmítrievna Isáyeva. Por entonces los ataques que ya había sufrido en el presidio recibieron el nombre de epilepsia. A finales de 1859 volvió a San Petersburgo, diez años después de salir de allí encadenado.

La ruleta, las deudas y veintiséis días

Con su hermano Mijaíl fundó dos revistas: Vremia, que cerró la censura, y Epoja, que se hundió. En 1864 murieron su mujer y su hermano, y él cargó con las deudas. Antes, en 1863, había descubierto la ruleta en Wiesbaden y Baden-Baden, convencido de tener un sistema: mantener la cabeza fría. No la mantuvo en casi diez años.

Acorralado, en julio de 1865 firmó con el editor Fiódor Stellovski un contrato de villano de novela: tres mil rublos a cambio de entregar una novela nueva antes del 1 de noviembre de 1866. Si no llegaba, Stellovski podría publicar todo lo que escribiera durante nueve años sin pagarle. En octubre de 1866 estaba enfrascado en Crimen y castigo, que salía por entregas en El Mensajero Ruso, y de la otra novela no tenía ni una línea.

Contrató a una taquígrafa: Anna Grigórievna Snítkina, de veinte años. Él dictaba, ella pasaba a limpio de noche, y en veintiséis días terminaron El jugador, sobre un joven perdido en un balneario alemán llamado Ruletenburgo. Stellovski desapareció de la ciudad los últimos días, y Dostoyevski registró el manuscrito en una comisaría para tener un recibo.

Se casaron el 15 de febrero de 1867 y huyeron al extranjero para escapar de los acreedores. Fueron cuatro años de ruleta y pobreza entre Dresde, Ginebra y Florencia, con la muerte de su primera hija, Sonia, de por medio. En abril de 1871, en Wiesbaden, jugó por última vez y le escribió a Anna que se había librado de aquella fantasía. Fue verdad.

Anna es la otra protagonista de esta historia. De vuelta en Rusia se puso al frente del dinero: negoció con los acreedores, editó ella misma los libros de su marido, empezando por Los demonios en 1873, y acabó montando un negocio de venta por correo. Por primera vez, Dostoyevski pudo escribir sin un editor apretándole el cuello.

Alekséi y los Karamázov

Después de Sonia llegaron Liubov, Fiódor y Alekséi. El 16 de mayo de 1878, Alekséi murió tras un ataque epiléptico. Tenía dos años y nueve meses y había heredado la epilepsia de su padre, cosa que lo atormentó. Ese verano fue con el filósofo Vladímir Soloviov al monasterio de Óptina Pustyn, donde habló con el stárets Amvrosi.

Y metió el duelo en Los hermanos Karamázov: en uno de los primeros capítulos, una campesina le cuenta al stárets Zósima que ha perdido a su hijo de tres años menos tres meses, llamado Alekséi, como el hermano pequeño de los Karamázov. Está ahí, con la edad exacta.

Pushkin y un versículo

El 8 de junio de 1880, en Moscú, durante la inauguración del monumento a Pushkin, pronunció un discurso que levantó una ovación célebre: la grandeza de Pushkin, y de Rusia, estaba en comprender a todos los pueblos y aspirar a su hermandad, no en imponerse por la espada. Tiene también sombras: en su Diario de un escritor hay páginas nacionalistas y antisemitas que Frank no esconde.

Los hermanos Karamázov acabó de publicarse a finales de 1880. Pensaba escribir una continuación, pero murió en San Petersburgo el 28 de enero de 1881 (9 de febrero en el gregoriano), tras varias hemorragias pulmonares. Anna contó que esa mañana él le pidió que abriera al azar el Nuevo Testamento de Tobolsk. Salió el pasaje de Mateo en que Jesús le dice a Juan que no lo retenga, y él entendió que iba a morir. Murió esa noche. Decenas de miles de personas acompañaron el entierro.

Las grandes novelas, en un párrafo cada una

Memorias del subsuelo (1864). Un funcionario retirado se burla desde su cuchitril de la idea de que actuamos siempre según nuestro interés racional: si dos y dos son cuatro, él reivindica el derecho a que sean cinco. La segunda parte cuenta humillaciones de su juventud. Corta, incómoda y, por lo que he leído, la obertura de lo que vino después.

Crimen y castigo (1866). Raskólnikov, un estudiante pobre, se convence de que los hombres extraordinarios, como Napoleón, pueden saltarse la ley moral, y mata a una vieja usurera. El crimen ocurre pronto: el libro trata de lo que viene después, la fiebre, la culpa, el duelo con el juez Porfiri Petróvich y Sonia Marmeládova, empujada a prostituirse por su familia.

El idiota (1868-1869). Le dediqué un post entero; aquí me quedo con el enlace.

Los demonios (1871-1872). Nace de un crimen real: en 1869, el grupo revolucionario de Serguéi Necháyev asesinó en Moscú a uno de sus miembros, el estudiante Ivánov. Dostoyevski lo traslada a una ciudad de provincias y retrata una célula de conspiradores, a la generación liberal de los padres que, según él, los incubó, y a Stavroguin, magnético y vacío, en el centro.

Los hermanos Karamázov (1879-1880). Un padre grotesco y sus hijos: Dmitri, el pasional; Iván, el intelectual; Aliosha, el novicio; y el criado Smerdiakov, del que se dice que es hijo ilegítimo. El padre aparece asesinado y la novela se vuelve investigación y juicio. Hay dos capítulos que se citan solos: «Rebelión», donde Iván se niega a aceptar un mundo en el que sufren los niños, y «El gran inquisidor». No diré quién lo mató, entre otras cosas porque no lo sé.

Citas: las de verdad y las que circulan

Con Dostoyevski pasa como con Séneca: hay frases de taza.

Las de verdad. Memorias del subsuelo empieza con «Soy un hombre enfermo… Soy un hombre malo». Memorias de la casa muerta dice al principio que «el hombre es un ser que se acostumbra a todo», quizá su mejor definición. Y en Los hermanos Karamázov, Zósima se pregunta qué es el infierno y responde: el sufrimiento de no poder amar.

«La belleza salvará el mundo» es de El idiota, pero no la dice el autor: aparece como pregunta, en boca de un personaje que se la atribuye con sorna al príncipe. Lo conté en el otro post.

«Si Dios no existe, todo está permitido» no aparece así en Los hermanos Karamázov. Hay piezas sueltas: en el libro II se cuenta que Iván sostuvo que, sin fe en la inmortalidad, nada sería inmoral y todo estaría permitido, hasta la antropofagia; y en el libro XI, Dmitri se pregunta qué será de los hombres sin Dios y sin vida futura, y concluye que entonces todo está permitido. La frase redonda es de la posteridad: Sartre la dio por escrita en El existencialismo es un humanismo (1946), y así se quedó.

Y una falsa del todo: «El grado de civilización de una sociedad se mide por sus cárceles». Se atribuye a Memorias de la casa muerta, pero no está. Ilya Vinitsky, profesor en Princeton, rastreó su origen en la Los Angeles Review of Books: aparece en inglés a finales de los sesenta como lema de un grupo por la reforma penitenciaria.

Por dónde voy a empezar

Muchos aconsejan empezar por Memorias del subsuelo, que es corta. Yo prefiero leerla sabiendo de qué es semilla. Mi orden:

  1. El jugador. Breve, y con su historia detrás se lee como un pedazo de biografía.
  2. Crimen y castigo. La puerta grande: tiene trama de suspense y es la más fácil de seguir.
  3. Memorias del subsuelo, ya con Raskólnikov en la cabeza.
  4. El idiota, que llevo tiempo queriendo leer.
  5. Los demonios, la más dura, con la experiencia de las anteriores.
  6. Los hermanos Karamázov. La última, como lo fue para él.

En traducciones he mirado las fichas de las editoriales y me quedo con versiones directas del ruso:

  • Crimen y castigo, El idiota y Los demonios: las de Juan López-Morillas en Alianza. De las dos primeras hay también traducción de Fernando Otero Macías en Alba.
  • Memorias del subsuelo: la de Bela Martinova, especialista en Dostoyevski, en Cátedra, o la de Otero Macías en Alba.
  • Los hermanos Karamázov: la de Alba de 2013, de Fernando Otero y Marta Sánchez-Nieves, con el libro III de Marta Rebón, presentada como la primera traducción nueva en casi medio siglo. En Alianza está la clásica de Augusto Vidal.
  • Para los relatos, Noches blancas incluida, los Cuentos que editó y tradujo Bela Martinova para Siruela.

De la biografía de Joseph Frank, cinco volúmenes en inglés, Rialp publica en español una versión condensada en un tomo, Dostoievski. El escritor en su tiempo.

Para escuchar, nada de subidas piratas: LibriVox tiene grabaciones gratuitas y legales en inglés sobre traducciones de dominio público, cuyos textos están en Project Gutenberg. En español, mejor mirar la biblioteca pública y eBiblio antes de pagar nada.

Lo que me llevo antes de abrir la primera

Lo que más me llama la atención es lo poco que se separan vida y obra. Un condenado a muerte que escribe sobre un condenado a muerte. Un jugador que escribe El jugador contra reloj para no perderlo todo. Un padre que pierde a un hijo pequeño y le presta el duelo a una campesina. Un creyente que prefiere a Cristo antes que la verdad y le da a Iván Karamázov algunos de los argumentos más duros contra Dios.

Con cuarenta y muchos llego tarde a Dostoyevski, pero sabiendo que detrás de un libro enorme suele haber alguien que se jugaba algo al escribirlo. Él se lo jugó casi todo, varias veces. Lo leeré en papel, despacio y en este orden. Y cuando un personaje cuente qué se piensa en los últimos minutos antes de un fusilamiento, sabré que no es invención.