Una tarde en La Cañada de Marbella: pasillos estrechos, escaleras imposibles y una hamburguesa cara
Salir un sábado por la tarde a La Cañada con cinco personas no es un plan, es un proyecto logístico. Lo digo después de haberlo hecho varias veces y de haber salido siempre con la sensación de que el centro comercial está pensado para que el visitante se rinda antes de llegar a la tienda que tenía en la cabeza. Esta es la crónica de la última vez, con sus alegrías, sus disgustos, y una cuenta de Five Guys que todavía no me he recuperado.
La primera batalla: aparcar y entrar
La Cañada tiene parking gratuito, lo cual es una de sus mejores virtudes en una zona donde aparcar en la calle es ciencia ficción de mayo a octubre. La trampa está en que un sábado a las seis de la tarde, los aparcamientos cubiertos están llenos y los descubiertos están a pleno sol con el coche convertido en horno. Hay que dar varias vueltas, esquivar a los que van marcha atrás sin mirar, y rezar para que alguien salga justo cuando tú llegas.
Una vez dentro, la primera sensación es que el centro comercial fue diseñado en una época en la que pensaban que iría menos gente. Las entradas embudan, los pasillos centrales se estrechan justo donde se cruzan dos zonas de tiendas, y los carteles de orientación están colocados a una altura en la que un grupo de adolescentes parados delante los tapa por completo.
Las escaleras: un misterio arquitectónico
Llevo años yendo a La Cañada y todavía no tengo claro cómo se sube de la planta baja a la superior sin dar un rodeo de doscientos metros. Las escaleras mecánicas no están donde uno espera. No están a la entrada, no están en el centro, no están al final de los pasillos largos. Están en sitios raros, normalmente medio escondidas detrás de una columna o en un recodo que no se ve hasta que pasas por delante.
Si vas con tres niñas, una de ellas con el carrito de un peluche que se ha empeñado en sacar de casa, y otra con un helado a medio terminar, llegar a unas escaleras se convierte en un ejercicio de paciencia. Y cuando por fin las encuentras, casi siempre son las que suben. Para bajar tienes que cruzar de nuevo a la otra punta. Es como si el arquitecto hubiera diseñado el flujo pensando en aves migratorias y no en familias que quieren entrar a una tienda concreta y salir.
Hay ascensores, sí, pero también escasos y casi siempre con cola. Tres familias con carrito esperando un ascensor que solo cabe una, y una pareja entrando con dos bolsas grandes "porque les pillaba mejor". El protocolo del ascensor en un centro comercial saturado merece un post aparte.
La masificación
Soy de los que prefieren las conversaciones tranquilas y los sitios poco concurridos. La Cañada un sábado por la tarde es exactamente lo contrario. Hay una densidad de gente que recuerda al metro de Madrid en hora punta, pero con la diferencia de que en el metro todos van en la misma dirección y aquí todos van en direcciones distintas a la vez. Niños sueltos, grupos de adolescentes parados en mitad del pasillo mirando el móvil, parejas con carrito que se quedan delante de un escaparate sin avisar, repartidores con cajas que tienen que pasar a la fuerza.
Para quien va con una idea clara de lo que quiere, cada metro es un examen de paciencia. Para quien va a pasear sin objetivo, supongo que es divertido. Yo llevo años viviendo en la Costa del Sol y todavía no he aprendido a disfrutar de pasear entre escaparates con quinientas personas haciendo lo mismo a un metro de distancia.
La Casa del Libro: el oasis
Por suerte hay rincones donde el ruido baja de golpe. La Casa del Libro es uno de ellos. Entras, se cierra la puerta, y la masificación queda fuera. La librería de La Cañada no es la más grande del mundo, pero está bien organizada, con buenas mesas de novedades en la entrada y un fondo decente en literatura y ensayo.
Para Penélope es la parada obligatoria. Cada vez que vamos, sale con al menos un libro debajo del brazo, normalmente alguno de fantasía juvenil o de las sagas que ahora le dan por leer del tirón. Lo bueno de esta edad es que el ritmo de lectura es brutal: lo que en un adulto es un libro de dos semanas, en ella es un libro de dos tardes. La Casa del Libro es de los pocos sitios del centro comercial donde la veo concentrarse de verdad, leyendo la contraportada, abriendo el libro al azar, comparando dos ediciones distintas. Si le diera el dinero, saldría con quince. Si le doy la opción, sale con tres y los devora antes del fin de semana siguiente.
Hay una sección de papelería bastante completa, además, y la zona infantil es lo bastante grande como para que las pequeñas se entretengan mientras la mediana decide qué se lleva. Por valor de refugio frente a la masificación, La Casa del Libro vale el viaje aunque no compres nada.
Five Guys: la cuenta que no me esperaba
Después de la librería tocaba comer. La idea era algo rápido, sin protocolos, y como las niñas votaron por hamburguesas, acabamos en Five Guys. Era la primera vez que íbamos los cinco juntos. Sospechaba que no era barato, pero no me esperaba lo que pasó al pedir la cuenta.
Salimos a veinte euros por cabeza. Cinco personas, cien euros. Por una hamburguesa, una ración de patatas (eso sí, generosa, comparten dos personas sin problema) y una bebida. Sin postre, sin entrante, sin extras raros. Hamburguesa, patatas, refresco, fin.
No digo que la hamburguesa esté mal. Está bien hecha, los ingredientes son frescos, las patatas tienen su gracia con esa cantidad ridícula que te ponen en el cucurucho. Pero veinte euros por cabeza es el precio de una comida en un restaurante con mantel y servicio. Y aquí pides en una cola, te dan un número, vas tú a buscar la bandeja, te sientas en una mesa de plástico, y limpias tú la bandeja al irte. La proporción precio/experiencia no me cuadra.
Para que las cuentas salgan, tendría que ser la mejor hamburguesa de mi vida, y no lo es. Es una buena hamburguesa, pero hay sitios en Marbella donde por ese dinero te tomas una hamburguesa equivalente sentado, con servicio en mesa, copa de vino y postre incluido. La diferencia, supongo, es que Five Guys es marca, y la marca cobra. Yo, después de esta experiencia, los próximos sábados de hamburguesa los vamos a hacer en otro sitio.
La joyería de la esquina: la sorpresa buena
La tarde la salvó algo que no estaba en el plan. En la planta superior, en una esquina al final de uno de los pasillos largos, hay una joyería pequeña que llevábamos tiempo viendo de pasada y nunca habíamos entrado. Esta vez, una de las niñas necesitaba arreglar un colgante que se le había roto, y entramos a preguntar si lo hacían.
La atención fue, sin exagerar, la mejor que hemos tenido en cualquier tienda de La Cañada. La señora que estaba detrás del mostrador no nos miró por encima del hombro porque íbamos en chanclas y con cara de cansados. Tomó el colgante, lo examinó con calma, explicó qué tenía que hacer, dio un precio razonable y un plazo concreto. Mientras tanto, atendió a la pequeña que quería ver "el anillo brillante de allí", se lo dejó probar, le siguió la conversación, y nos dejó mirar el resto sin presión ninguna.
Salimos sin haber comprado nada caro, pero con el colgante anotado para recogerlo la semana siguiente y con la sensación rara, en un centro comercial, de haber sido tratados como personas y no como tickets de caja. Hay tiendas que parecen pensar que el cliente es un trámite. Esta señora no.
Para terminar
La Cañada tiene cosas buenas. El parking gratuito, la oferta de tiendas, La Casa del Libro como refugio, y joyas escondidas como esa joyería del piso de arriba. Pero la experiencia general un sábado por la tarde, con familia y prisas relativas, es agotadora. Las escaleras mal puestas, los pasillos que se estrechan en los peores sitios, la densidad de gente, y precios como los de Five Guys que dejan a uno preguntándose si no compensaba volver a casa y hacerse unas hamburguesas en la plancha.
La próxima vez iremos un martes a media mañana, entraremos directos a la librería, saludaremos a la señora de la joyería si está, y compraremos las hamburguesas en el supermercado de vuelta. La Cañada tiene su gracia, pero hay que aprender a domesticarla.