Por qué Cinema Paradiso es la mejor película jamás hecha
Hay películas que te gustan, películas que te emocionan y películas que te cambian. Cinema Paradiso es de las que te cambian. La vi por primera vez con veintitantos años, en un momento en el que no sabía muy bien qué hacer con mi vida, y algo encajó. No sabría explicar exactamente qué, pero desde entonces es mi película favorita y no ha habido nada que se le acerque.
La historia más simple del mundo

Si lo reduces al argumento, Cinema Paradiso es la historia de un niño que se hace amigo de un viejo en un pueblo de Sicilia. El niño se llama Salvatore, el viejo se llama Alfredo y el punto de encuentro es el cine del pueblo, el Cinema Paradiso, donde Alfredo trabaja como proyeccionista.
No hay giros inesperados. No hay villanos. No hay efectos especiales. Es una película sobre un niño que crece, un viejo que envejece y un pueblo que cambia. Y con eso te destroza emocionalmente durante dos horas y cuarto.
La fuerza de Cinema Paradiso está precisamente en su simplicidad. No necesita complicarse porque lo que cuenta es universal: la infancia que se va, las personas que te forman, las decisiones que te alejan de donde vienes y la nostalgia de lo que dejaste atrás.
Alfredo y la figura del mentor
Alfredo es uno de los mejores personajes de la historia del cine. Es el mentor que todos necesitamos y muy pocos tenemos: alguien que te quiere lo suficiente como para decirte la verdad aunque duela, y lo suficiente como para empujarte fuera del nido aunque eso signifique no volver a verte.
La escena en la que Alfredo le dice a Salvatore que se vaya del pueblo y no vuelva nunca es devastadora. "No quiero oírte hablar nunca más. No quiero que vuelvas. Olvídate de nosotros. Si descubres que te echas de menos, no cedas. Vuelve." No es crueldad. Es amor en su forma más pura y más difícil: querer lo mejor para alguien aunque lo mejor para él sea que se aleje de ti.
He pensado mucho en esa escena como padre. En algún momento mis hijas van a tener que irse, ya lo han hecho las mayores, y la tentación natural es retenerlas. Decirles que se queden cerca, que aquí están bien, que para qué arriesgarse. Pero Alfredo entiende algo que cuesta mucho entender: quedarse en el sitio cómodo es la forma más segura de no llegar a ser quien puedes ser.
Los besos censurados

El cura del pueblo obliga a Alfredo a cortar las escenas de besos de todas las películas que proyecta. Los feligreses protestan, el público se queja, pero los besos desaparecen. Alfredo guarda todos los recortes en latas de película durante años.
Al final de la película, cuando Salvatore ya es un director de cine famoso y vuelve al pueblo para el funeral de Alfredo, le dejan como herencia esas latas. Salvatore las proyecta en una sala vacía y lo que ve es un montaje de todos los besos censurados durante décadas. Uno detrás de otro. Todos los besos que el pueblo no pudo ver.
Si no lloras con esa escena, comprueba que tienes pulso.
Lo que hace que funcione no es solo la emoción. Es lo que representa: toda la belleza que nos perdemos por culpa de la censura, del miedo, de la mojigatería, de las normas que nos imponemos o nos imponen. Todos esos besos existían. Alguien los filmó, alguien los actuó, alguien los sintió. Y un tipo con unas tijeras decidió que no eran apropiados.
Alfredo los guardó todos. No los tiró. Los guardó. Sabía que algún día alguien los necesitaría.
La música de Morricone
No se puede hablar de Cinema Paradiso sin hablar de Ennio Morricone. La banda sonora de esta película es posiblemente la más hermosa jamás compuesta para cine. El tema principal te destroza con cuatro notas. No necesita más.
Morricone tenía la capacidad de traducir emociones a música de una forma que parece imposible. El tema de Cinema Paradiso suena a infancia perdida, a tardes de verano, a la luz de un proyector en una sala oscura, a todo lo que fuiste y ya no eres. Es nostalgia en estado puro convertida en melodía.
Hay compositores que hacen bandas sonoras espectaculares. Hans Zimmer te pone los pelos de punta. John Williams te hace sentir heroico. Pero Morricone te hace sentir humano. Y eso es mucho más difícil.
El pueblo como personaje

Giancaldo, el pueblo ficticio de Sicilia donde transcurre la película, es un personaje más. El pueblo cambia con los años igual que cambian Salvatore y Alfredo. Al principio es un lugar vivo, ruidoso, lleno de gente que se junta en la plaza para ir al cine. Al final es un lugar que ha envejecido, que se ha vaciado, donde el cine se ha cerrado y la plaza ya no tiene el mismo significado.
Es lo que pasa con los pueblos de verdad. Yo no crecí en un pueblo siciliano, pero cualquiera que haya vuelto a un sitio después de años sabe de qué habla Tornatore. Las calles son las mismas pero todo es diferente. Los bares han cambiado de nombre, las tiendas han cerrado, la gente que conocías se ha ido o ha envejecido hasta ser irreconocible. El sitio sigue ahí pero el lugar que tú recuerdas ya no existe. Solo existe en tu memoria.
Por qué la sigo viendo
Cada vez que veo Cinema Paradiso lloro en sitios diferentes. La primera vez lloré con los besos censurados. La segunda con la despedida de Alfredo. La tercera con el momento en que Salvatore vuelve al pueblo y ve el cine demolido. Cada etapa de mi vida hace que una parte diferente de la película me golpee más fuerte.
Supongo que eso es lo que define a una obra maestra: que crece contigo. Que no se agota. Que cada vez que vuelves a ella encuentras algo nuevo, no porque la película haya cambiado sino porque tú has cambiado.
Cinema Paradiso es mi película favorita porque me recuerda que las cosas importantes de la vida son simples: las personas que te quieren, los lugares donde fuiste feliz y el valor de dejarlo todo atrás para convertirte en quien tienes que ser. No necesitas más argumento que ese. Tornatore no lo necesitó. Y creó la mejor película jamás hecha.