Cinco enseñanzas y cinco frases del Quijote (y algunas que no son suyas)
Cuando hice mi lista de las diez mejores cosas de España, el primer puesto no tuvo debate: el Quijote. Lo resumí como la historia de un fracasado entrañable que decide que la realidad no le gusta y sale a corregirla, en un libro que se ríe de él, de sí mismo y del género que lo contiene, y que en mitad de la risa te rompe el corazón. Hace poco volvió a salirme al paso con Dostoyevski, que lo tenía por el gran antecedente del príncipe Mishkin de El idiota: el personaje bello que solo funciona porque al mismo tiempo es ridículo.
Dos veces en pocos meses es suficiente aviso. Hoy van cinco ideas de fondo que el libro enseña sin dar lecciones y cinco frases sacadas del texto, con su contexto.
Como el Quijote es probablemente el libro en español al que más frases falsas se atribuyen, aquí no hay ni una cita de memoria: todas están copiadas de la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, que se puede consultar gratis en el Centro Virtual Cervantes, y cotejadas con el texto de Project Gutenberg. Al final, las que no están.
Cinco enseñanzas
1. Lo que leemos acaba leyéndonos
El libro arranca con un diagnóstico casi clínico: a Alonso Quijano, «del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio» (I, 1). La ficción se le mete en la vida.
Luego Cervantes hace el camino contrario y mete la vida en la ficción. En el escrutinio de la biblioteca (I, 6), el cura encuentra La Galatea, de un tal Miguel de Cervantes, «más versado en desdichas que en versos». En la segunda parte, de 1615, la cosa se vuelve vertiginosa: en el capítulo 3, Sansón Carrasco le cuenta a don Quijote que ya hay impresos «más de doce mil libros» de su historia, y los duques que lo acogen después lo han leído y montan sus burlas a partir de lo que saben.
Y en 1614, mientras Cervantes escribía, apareció un Quijote apócrifo firmado por un tal Alonso Fernández de Avellaneda, cuya identidad sigue sin estar clara. Cervantes lo metió en la novela. En el capítulo 59, al saber que su doble falso va a Zaragoza, don Quijote cambia de ruta: «no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno». En el 72 se cruza con don Álvaro Tarfe, un personaje del libro de Avellaneda, y le hace declarar ante el alcalde que no lo conoce.
Es lo que en aquel ranking llamé la ficción que sabe que es ficción. Pero la enseñanza va más allá de la técnica: las historias que consumimos nos moldean, y las que otros cuentan de nosotros también. Pelearse con una versión falsa de uno mismo que circula por ahí suena muy actual.
2. Nadie sale de una buena amistad siendo el mismo
El corazón del libro no son las aventuras, sino la conversación entre un hidalgo y un labrador que discuten, se enfadan, se reconcilian y se van contagiando.
Salvador de Madariaga le puso nombre en su Guía del lector del Quijote (1926): la quijotización de Sancho y la sanchificación de don Quijote. El escudero va subiendo hacia la ilusión; el caballero, bajando hacia la realidad. En II, 66, Sancho filosofa tan bien sobre la fortuna que su amo le contesta, escamado: «Muy filósofo estás, Sancho, muy a lo discreto hablas. No sé quién te lo enseña».
El cruce se completa en el último capítulo. Don Quijote, ya cuerdo, le pide perdón a Sancho por haberle hecho creer en caballeros andantes. Y Sancho, llorando, le contesta con el discurso más quijotesco del libro:
«No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.»
— Segunda parte, capítulo 74
Y le propone irse al campo vestidos de pastores. Ahora el que quiere seguir soñando es el escudero. Las amistades que importan no te dejan como estabas.
3. El sentido común gobierna mejor que el linaje
Los duques le dan a Sancho el gobierno de la ínsula Barataria para reírse de él. Antes de que se vaya, don Quijote le da unos consejos (II, 42 y 43) que todavía se leen con provecho. Uno de mis favoritos: «Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo».
Y Sancho gobierna bien. En el capítulo 45, un viejo jura haber devuelto un préstamo mientras el acreedor le sujeta el bastón; Sancho manda romper la caña y dentro aparecen los diez escudos. Los presentes lo tienen «por un nuevo Salomón». En el 51 dicta unas ordenanzas que el narrador llama «Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza».
Lo mejor es cómo se va. Tras una noche de falso asalto, ensilla al rucio y renuncia: «Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad» (II, 53). Y suelta un refrán que repite cuatro veces en el libro (I, 25; II, 8; II, 53 y II, 57): «desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano». Sin blanca entró en el gobierno y sin blanca sale, «bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas». La pulla no ha caducado.
4. La libertad, también la de los otros
La libertad atraviesa el libro, casi siempre en boca de alguien a quien se la quieren quitar. La pastora Marcela, acusada de causar la muerte de Grisóstomo por no corresponderle, se defiende en su entierro: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos» (I, 14). Don Quijote suelta a los galeotes porque le parece «duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres» (I, 22), y ellos se lo agradecen a pedradas, porque Cervantes nunca deja que una idea noble salga gratis.
El episodio que más me interesa es el de Ricote (II, 54). Sancho, recién salido de Barataria, se encuentra con Ricote, el tendero morisco del pueblo, expulsado con los suyos cuando Felipe III decretó, a partir de 1609, la expulsión de los moriscos. Ha vuelto disfrazado de peregrino a por un dinero que escondió. Cuenta que en Alemania se vive mejor porque allí, en la mayor parte, se vive «con libertad de conciencia», y resume su exilio en una frase terrible: «Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural».
Sin trampas: el propio Ricote dice en el mismo discurso que la expulsión fue justa, y los especialistas aún discuten si eso es ironía, prudencia o convicción. Lo que hace Sancho, en cambio, no admite dobles lecturas. No le ayuda a sacar el tesoro, porque le parece traicionar al rey, y tampoco lo denuncia: «conténtate que por mí no serás descubierto». Entre la ley y el vecino, Sancho elige no hacer daño. No es una gran declaración de principios, sino algo más raro.
5. Se puede perder con dignidad
En la playa de Barcelona, el Caballero de la Blanca Luna, que es Sansón Carrasco disfrazado, derriba a don Quijote y le pone la lanza en la visera. Según lo pactado, el vencido tiene que confesar que la dama del vencedor es más hermosa que Dulcinea. Y don Quijote, molido, contesta «como si hablara dentro de una tumba»:
«Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.»
— Segunda parte, capítulo 64
Don Quijote lo pierde todo menos lo que no depende del resultado: la fidelidad a aquello en lo que cree. Algo de eso debió de ver Dostoyevski. El personaje es ridículo, sí, pero, como escribí a propósito de Mishkin, en esa risa queda retratado quien se ríe.
Y luego llega lo que más duele: la cordura. En el último capítulo, Alonso Quijano despierta curado: «Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno» (II, 74). Debería ser un final feliz y no lo es. Ahí está quizá la enseñanza más honda del libro: hay locuras que nos hacen mejores y corduras que solo nos dejan más solos. Cervantes no dice cuál es la buena; deja que lo sientas tú.
Cinco frases
«Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro»
Primera parte, capítulo 18. Don Quijote acaba de cargar contra dos rebaños de ovejas convencido de que eran ejércitos, los pastores lo han recibido a pedradas y ha perdido varios dientes. Sancho, manteado en la venta el capítulo anterior, está hundido sobre su asno. Y su amo, desdentado, intenta animarle.
La misma idea aparece con otra forma, «cada uno es hijo de sus obras», que dice don Quijote en el capítulo 4 y repite Sancho en el 47. Lo que vale una persona no lo fija la cuna, y en la España de la limpieza de sangre eso no era poco decir. Y lo dice un hombre sin dientes que acaba de atacar a unas ovejas: Cervantes pone las verdades en la boca menos solemne posible.
«Donde una puerta se cierra, otra se abre»
Primera parte, capítulo 21. Tras una noche de terror por unos golpes que resultaron ser los mazos de un batán, don Quijote ve venir a un hombre con algo que brilla en la cabeza y le dice a Sancho que no hay refrán que no sea verdadero, «especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre"».
Lo que se abre es la aventura del yelmo de Mambrino, que es la bacía de un barbero; Sancho acabará llamándolo «baciyelmo» (I, 44). El refrán ya existía, y aquí sirve para que el optimismo nos pille en falso. Las puertas se abren, sí, pero conviene mirar qué hay detrás.
«El que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho»
Segunda parte, capítulo 25. En una venta aparecen maese Pedro, un titiritero con un parche en el ojo, y su mono adivino, que reconoce a don Quijote y a Sancho nada más verlos. Don Quijote, impresionado, pronuncia esta frase.
Dos capítulos después sabremos que maese Pedro es Ginés de Pasamonte, el galeote al que liberó en la primera parte, que los conocía de sobra. La frase es buenísima y probablemente cierta, pero Cervantes la pone justo cuando quien la dice está siendo engañado. Leer y viajar mucho no vacunan contra un buen trilero.
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos»
Segunda parte, capítulo 58. Don Quijote deja el castillo de los duques, donde ha pasado semanas entre banquetes, y en cuanto se ve en campo abierto le dice a Sancho:
«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.»
Suele cortarse ahí, pero lo que sigue es mejor: en aquellos banquetes se sentía hambriento, porque lo que se le debe a otro ata, y remata: «¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!». Para Cervantes, que pasó cinco años cautivo en Argel, el cautiverio no era una metáfora. Y Sancho baja el discurso a tierra: lleva sobre el corazón doscientos escudos que le dio el mayordomo del duque, «que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen».
«Cada uno es artífice de su ventura»
Segunda parte, capítulo 66. Don Quijote sale de Barcelona vencido y, al pasar por donde cayó, exclama: «¡Aquí fue Troya!». Sancho lo consuela diciendo que la Fortuna es una mujer borracha, antojadiza y ciega. Don Quijote le responde que no hay fortuna en el mundo y que, como suele decirse, «cada uno es artífice de su ventura».
Fuera de contexto suena a taza de desayuno. Pero sigue hablando: «Yo lo he sido de la mía, pero no con la prudencia necesaria». Y termina: «Atrevíme, en fin; hice lo que pude, derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra». No es un eslogan sobre el éxito, sino un hombre derrotado que se niega a echarle la culpa a otro.
Las que no están
Como ya me pasó con Séneca y con las frases sobre el silencio, buscando las citas buenas han ido saliendo las falsas.
«Ladran, Sancho, señal que cabalgamos». La más famosa, y no está: en todo el texto no aparecen ni «ladran» ni «cabalgamos». El origen que suele señalarse es «Kläffer» («ladradores»), un poema breve de Goethe fechado habitualmente en 1808, que termina diciendo que el ladrido del perro que nos sigue solo prueba que vamos a caballo: Und seines Bellens lauter Schall / beweist nur, daß wir reiten. Alguien le añadió un Sancho y se la regaló a Cervantes.
«Con la Iglesia hemos topado». Tiene base, pero ni dice eso ni significa eso. En el capítulo 9 de la segunda parte, don Quijote y Sancho llegan de noche al Toboso buscando el palacio de Dulcinea, avanzan a ciegas hacia un bulto enorme y resulta ser la torre de la iglesia. Don Quijote dice: «Con la iglesia hemos dado, Sancho». Es literal: se han dado de bruces con el edificio. El verbo y el sentido de chocar con el poder eclesiástico los puso la posteridad.
«Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades». No está en el Quijote, pero es de Cervantes: aparece en La gitanilla, la primera de las Novelas ejemplares (1613), en boca del corregidor y con otra forma: «se dará tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades». Libro equivocado y frase retocada.
«Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras». Tampoco aparece. Lo más parecido está en el romancero del Cid, donde el rey le reprocha al Campeador: «cosas tenedes, el Cid, / que farán fablar las piedras». Alguien cambió al Cid por Sancho.
Tiene algo de cervantino: un libro que pelea contra un Quijote falso lleva cuatro siglos acumulando frases falsas.
Lo que me quedo
Me quedo con cómo reparte Cervantes la sabiduría. Las frases buenas nunca llegan solas: la del mérito la dice un desdentado; la de leer y viajar, un engañado; la de la libertad viene seguida de doscientos escudos en el bolsillo de Sancho, y la de ser artífice de la propia ventura, de un «no con la prudencia necesaria». Nadie tiene la última palabra, ni siquiera el narrador.
Arrancada de su escena, cualquier línea del Quijote parece un consejo; dentro, casi todas son una pregunta. Y se lee mejor sabiendo que, al lado de cada idea noble, hay un Sancho que la baja al suelo y un mono que no adivina nada.