Javier Valencia Javier Valencia
Camisetas lisas de distintos colores colgadas en perchas

Camisetas lisas de un solo color: por qué visto igual casi todos los días

Javier Valencia · · 5 min de lectura · 1 visita · Personal
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En mi armario hay una balda entera de camisetas dobladas. Blancas, negras, azul marino, gris, verde botella. Y de vez en cuando, en medio de esa sobriedad, una amarillo chillón o una naranja que se ve desde la otra punta de Fuengirola. Todas tienen tres cosas en común: son lisas, son de un solo color y ninguna me ha costado un disgusto. La mayoría vienen del Decathlon, donde las básicas no llegan a cinco euros y pocas pasan de diez.

Mis hijas se ríen de mí por esto. «Papá, vas siempre igual.» Y tienen razón. Voy siempre igual. Lo que ya no les concedo es que eso sea un defecto. A estas alturas de mi vida, con cincuenta y muchos años y más de veinticinco dedicados al software, estoy convencido de que vestir así es una de las decisiones más prácticas que he tomado. Aunque, siendo honesto, tampoco fue exactamente una decisión.

Esto no se decide, se descubre

Nadie se levanta un día y proclama «a partir de hoy, camisetas lisas». Lo que pasa es más gradual. Un día te compras una camiseta básica porque necesitas algo para andar por casa. Resulta cómoda. Compras otra. Un buen día te das cuenta de que las camisetas con dibujos, mensajes ingeniosos o logos del tamaño de un plato se han ido quedando al fondo del cajón sin que nadie las haya echado de menos.

En mi caso ayudó el oficio. Llevo un cuarto de siglo trabajando en software, un gremio donde nadie te mira mal por ir en camiseta, y buena parte de ese tiempo trabajando desde casa. Cuando tu ropa no tiene que impresionar a nadie, queda al descubierto la pregunta de verdad: ¿para qué sirve la ropa? Y la respuesta, despojada de todo lo demás, es sencilla: para estar cómodo, para ir aseado y para no pasar ni frío ni calor. Todo lo que se añade a partir de ahí es decoración.

Aquí en la Costa del Sol, además, la temporada de camiseta dura nueve o diez meses al año. Esa balda de mi armario no es un capricho: es la infraestructura principal de mi vestuario.

Las decisiones que no tomo

Hay un argumento clásico a favor del uniforme personal, y lo dieron dos personas con bastantes más responsabilidades que yo. Barack Obama se lo contó al periodista Michael Lewis en 2012, en un reportaje para Vanity Fair: «Verás que solo llevo trajes grises o azules. Intento reducir las decisiones. No quiero tomar decisiones sobre qué como o qué me pongo, porque tengo demasiadas otras decisiones que tomar». Y Steve Jobs directamente le encargó al diseñador Issey Miyake jerséis negros de cuello alto suficientes para el resto de su vida, según cuenta Walter Isaacson en su biografía.

La psicología llamó a esto «fatiga de decisión». No os voy a vender que sea ciencia firme, porque buena parte de esos estudios anda en revisión, como tantas cosas de la psicología de los 2000. Pero mi experiencia doméstica, que no necesita revisión por pares, dice esto: por la mañana no pienso en qué ponerme. Abro el cajón, cojo una camiseta —cualquiera, porque todas combinan con todo— y ya estoy vestido. Ese pequeño vacío de decisión, repetido cada día durante años, es una comodidad que no se aprecia hasta que se tiene.

La parte práctica, que es casi toda

Los beneficios concretos, sin filosofía:

  • Todo combina con todo. Una camiseta lisa funciona con vaqueros, con pantalón corto, con chinos. No existe la combinación fallida. El armario entero es compatible consigo mismo.
  • Cuestan poco y duran mucho. Una camiseta básica de algodón del Decathlon aguanta años de lavadora. Y cuando muere —porque todas mueren—, la repones por el precio de un desayuno con tostada y zumo, sin drama y sin duelo.
  • No hay jerarquía. Como todas valen más o menos lo mismo, no existe «la camiseta buena» que da pena estrenar ni la que reservas para ocasiones. Todas son la buena. Todas se usan.
  • La lavadora se simplifica. Sin estampados que se cuartean, sin serigrafías que se pelan al planchar, sin instrucciones especiales. Ropa que se lava, se seca y se dobla sin pensar.
  • No llevas publicidad de nadie. Esto parece menor, pero no lo es: una camiseta con un logotipo enorme te convierte en valla publicitaria andante, y encima pagando tú. En una camiseta lisa, el único mensaje es que no hay mensaje.

El color chillón, o la excepción que confirma la regla

Y luego está el amarillo chillón. Porque vestir sencillo no significa vestir triste, y de vez en cuando cae en la cesta una camiseta de un color que en teoría no me pega nada: amarillo mostaza, naranja butano, un verde que casi vibra. Sigue siendo lisa, sigue costando cuatro duros, pero le da la personalidad entera al conjunto sin necesidad de estampar nada encima.

Hay algo curiosamente liberador en que la única extravagancia de tu vestuario sea un color. Es una extravagancia barata, reversible y que no grita ningún eslogan. Y tiene ventajas colaterales: mis hijas me localizan a treinta metros en cualquier supermercado, lo cual, según a quién preguntes de las cuatro personas de esta casa, es una ventaja o un inconveniente.

Vestir sencillo no es vestir descuidado

Sé lo que puede parecer desde fuera: dejadez. No lo es, y la diferencia importa. Una camiseta lisa limpia, entera y de tu talla es ropa perfectamente digna; lo descuidado es llevarla dada de sí, desteñida o con lamparones, y eso vale igual para una camiseta de cuatro euros que para un polo de ochenta.

A mí, que soy introvertido de serie, esta manera de vestir me encaja además por otra razón: mi ropa no habla por mí. No lanza mensajes, no pide atención, no intenta contar quién soy a golpe de estampado. Prefiero que eso lo hagan las conversaciones, cuando las hay, y este blog, cuando no las hay.

Al final se trata de eso: de quitarle a la ropa toda la importancia que no tiene, para dejarle exactamente la que sí tiene. Una camiseta lisa, de un solo color, cómoda y barata, cumple esa función con una elegancia que ningún estampado ha conseguido igualar. Y si alguna vez me cruzáis por la Costa del Sol y veis a alguien con una camiseta amarillo chillón sin un solo logo, saludad, que probablemente sea yo.


Imagen de cabecera: camisetas lisas colgadas en un mercado de Petersham (Australia). Fotografía de Parker Burchfield, Wikimedia Commons, licencia CC0.