De Mr. Chips a Scarface: por qué Breaking Bad es mi serie favorita
Hace un par de semanas, en el post sobre James Gandolfini y Los Soprano, dejé caer que Los Soprano es la segunda mejor serie que he visto y que solo Breaking Bad está por delante. Dicho así parece una manía, una de esas listas que uno se hace sin pensar. No lo es. Tengo mis razones, y hoy toca explicarlas.
Ya escribí hace meses sobre lo que me enseñó Breaking Bad, pero aquel post iba lleno de spoilers y hablaba de la vida, no de la serie. Este va de por qué la considero la mejor serie de la televisión, y está escrito para quien no la ha visto. No destripo el final.
(Las citas en inglés de este post las he traducido yo.)
Mr. Chips y Scarface
La premisa cabe en una línea. Walter White cumple 50 años en el primer episodio. Es profesor de química en un instituto de Albuquerque, Nuevo México, brillante y desperdiciado, con un segundo trabajo en un lavadero de coches, un hijo adolescente, una mujer embarazada y un sueldo que no llega. Y enseguida le diagnostican un cáncer de pulmón. Para dejarle algo a su familia, decide usar lo único que sabe hacer mejor que nadie: química. En concreto, metanfetamina.
Vince Gilligan, su creador, venía de Expediente X. En septiembre de 2011 contó en el programa Fresh Air de NPR que vendió la idea a la cadena AMC con una frase: «coges a Mr. Chips y lo conviertes en Scarface».
Mr. Chips es el profesor entrañable de Adiós, Mr. Chips, la novela de James Hilton (1934) que en 1939 dio a Robert Donat el Óscar al mejor actor: el maestro bueno por excelencia. Scarface es Tony Montana, el narco de Al Pacino en la película de Brian De Palma (1983). Tiene gracia: el otro gran Tony.
La serie se emitió en AMC entre el 20 de enero de 2008 y el 29 de septiembre de 2013: cinco temporadas y 62 episodios. La primera solo tuvo siete, porque la huelga de guionistas de 2007-2008 la cortó por la mitad.
Walter cambia; Tony no
Aquí está, para mí, el corazón del asunto.
En esa misma entrevista, Gilligan explicaba que la serie era «una especie de experimento»: un personaje que no solo cambia, sino que ese cambio «es el objetivo». «El personaje empieza como protagonista y poco a poco se convierte en el antagonista». Y lo comparaba con Los Soprano, a la que llamaba «una gran inspiración»: allí los personajes nacieron en el crimen, mientras que Walter White «toma la decisión activa» de convertirse en un criminal.
La televisión, hasta entonces, vivía de lo contrario. Una serie es un negocio que quiere durar, y para durar le conviene que sus personajes se queden quietos. Gilligan rompió esa regla a propósito. Cada episodio mueve a Walter un paso, a veces un milímetro, a veces un salto, y nunca vuelve a la casilla de salida.
Tony Soprano es lo contrario, y no es un defecto de la serie, es su tesis. Seis temporadas en el diván de la doctora Melfi, ataques de pánico, sueños, momentos en los que parece que por fin lo ha entendido… y Tony sigue siendo Tony. Los Soprano pregunta una y otra vez si la gente puede cambiar, y su respuesta, casi siempre, es que no. Es una serie circular, y por eso es tan honda y tan triste.
Breaking Bad es una flecha. Tiene principio, desarrollo y final, como una novela. Cuando la ves entera entiendes que cada pieza estaba ahí por algo: un objeto que aparece en la primera temporada y pesa una tonelada en la quinta, una frase que cambia de sentido, un color que acaba significando otra cosa.
Las dos son obras maestras. Pero entre el retrato perfecto de alguien que no cambia y la historia perfecta de alguien que sí, me quedo con la segunda. Me parece más difícil, más arriesgada y más rara de ver bien hecha. Por eso el orden.
Bryan Cranston: del padre de Malcolm a Heisenberg
Para casi todo el mundo, Bryan Cranston era Hal, el padre atolondrado de Malcolm in the Middle (en España, Malcolm). Un cómico. Pero Gilligan lo recordaba de otra cosa: en 1998 había escrito para Expediente X el episodio «Drive», en el que Cranston hacía de un tipo desagradable y desesperado al que acababas compadeciendo. Eso era exactamente lo que necesitaba Walter White. En AMC no lo veían tan claro y probaron antes con John Cusack y Matthew Broderick, que dijeron que no.
Lo que hizo Cranston se mide en premios (cuatro Emmy al mejor actor de drama: 2008, 2009, 2010 y 2014), pero sobre todo en el cuerpo. El Walter del principio camina encogido, habla bajito, pide perdón con los hombros. Heisenberg ocupa la habitación entera. Y nunca ves el cambio de golpe: ves cinco temporadas de pequeños desplazamientos hasta que un día no reconoces al hombre del primer episodio.
Circula a menudo una carta que parece demasiado bonita para ser verdad: Anthony Hopkins escribiendo a Cranston en 2013, tras ver la serie entera en un par de semanas, para decirle que su Walter White era «la mejor interpretación que he visto nunca». Huele a bulo. No lo es: la publicó en Facebook Steven Michael Quezada, compañero de reparto, y un portavoz de Hopkins confirmó que era auténtica, según Snopes.
Jesse, que tenía que morir
Jesse Pinkman, el exalumno con el que Walter empieza a cocinar, iba a morir al final de la primera temporada. Dos cosas lo salvaron: la huelga de guionistas, que recortó la temporada, y Aaron Paul, que ya en el segundo episodio había convencido a Gilligan de que matarlo habría sido «un error colosal».
Menos mal. Jesse es el contrapeso de Walter: si Walter es la cabeza que se pudre, Jesse es la conciencia que se resiste a pudrirse. Paul ganó tres Emmy al mejor secundario (2010, 2012 y 2014).
Los secundarios: Gus, Mike, Hank y Skyler
Gus Fring (Giancarlo Esposito) aparece en la segunda temporada como el gerente educadísimo de una cadena de pollo frito, Los Pollos Hermanos. No levanta la voz, no hace aspavientos y da más miedo quieto que cualquier pistolero gritando. Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks) es el profesional cansado que lo resuelve todo sin una palabra de más. Los dos estuvieron nominados al Emmy, en 2012 y 2013 respectivamente. Y Hank Schrader (Dean Norris), el cuñado de Walter y agente de la DEA, empieza pareciendo un bocazas de barbacoa y acaba siendo uno de los personajes más íntegros de la serie.
Y luego está Skyler, la mujer de Walter, y aquí la historia se sale de la pantalla. Buena parte del público la odió con una saña que todavía cuesta entender: páginas de Facebook dedicadas a odiarla, foros llenos de insultos y, al final, amenazas dirigidas no al personaje sino a la actriz, Anna Gunn.
El 23 de agosto de 2013, poco antes del final de la serie, Gunn publicó en The New York Times un artículo titulado «I Have a Character Issue» («Tengo un problema de personaje»). Escribía que Skyler se había convertido en «el detonante de lo que mucha gente siente hacia las mujeres fuertes, que no se someten y a las que se trata mal». Y concluía que la mayor parte del odio a Skyler tenía poco que ver con ella y mucho con cómo esa gente veía a las mujeres y a las esposas.
Comparto cada palabra. Skyler es la persona de esa casa que antes ve lo que está pasando y la única que se atreve a decirlo. Odiarla es odiar a quien te estropea la fantasía. Gunn ganó el Emmy a la mejor secundaria un mes después de aquel artículo, y repitió en 2014. Algo de justicia hubo.
Tres episodios, sin destripar nada
- «Fly» (3x10). El episodio de la mosca. Walter y Jesse pasan una jornada en el laboratorio y una mosca se convierte en obsesión. Nació por falta de dinero: la producción iba tan pasada de presupuesto que necesitaba un episodio de un solo decorado. Lo dirigió Rian Johnson y es el que más divide: hay críticos que lo ponen entre las mejores horas de la televisión y otros que lo detestan. A mí me parece una pequeña obra de teatro.
- «Face Off» (4x13). El final de la cuarta temporada, escrito y dirigido por el propio Gilligan. Cierra el duelo que ha sostenido toda la temporada con una precisión de relojero. Ni una palabra más.
- «Ozymandias» (5x14). Emitido el 15 de septiembre de 2013, escrito por Moira Walley-Beckett y dirigido otra vez por Rian Johnson. Es el antepenúltimo episodio, así que aquí me paro: el título viene del soneto de Shelley sobre la estatua rota de un rey que se creía eterno. Walley-Beckett ganó el Emmy al mejor guion por él, y Cranston y Gunn ganaron los suyos con ese episodio.
Un desmentido de paso: «Ozymandias es el único episodio con un 10 perfecto en IMDb». Lo fue durante más de trece años. Pero en febrero de 2026 lo perdió en una guerra de votos absurda con los fans de A Knight of the Seven Kingdoms, la serie de HBO del universo de Juego de tronos, según The Daily Star: unos hundieron la nota del rival y los otros respondieron hundiendo la de «Ozymandias». El episodio es igual de bueno. Lo que bajó fue el nivel de la conversación.
La forma: los cold opens, el color y Albuquerque
Los cold opens. Casi cada episodio empieza con una escena antes de los créditos que te descoloca. El primero de todos es un pantalón cayendo del cielo en mitad del desierto y una autocaravana conduciendo a lo loco. En la segunda temporada, varios arrancan con un osito de peluche rosa flotando en una piscina, en blanco y negro. Es una forma de pedirte que confíes: lo que ahora no tiene sentido lo tendrá.
El color. A GQ Gilligan le explicó, según recogía CBS, que en el piloto Walter empieza «muy beige y caqui, muy apocado» y a lo largo de esa hora va pasando al verde. La ropa cuenta el estado de ánimo de cada personaje, y hay obsesiones que no necesitan explicación: Marie, la hermana de Skyler, vive rodeada de morado.
Albuquerque. Los primeros guiones transcurrían en Riverside, California. Sony propuso rodar en Nuevo México por las condiciones económicas que ofrecía el estado, y Gilligan acabó trasladando allí la historia para no tener que esconder las montañas de Sandia en cada plano. El desierto, los cielos enormes y los suburbios de casas bajas acabaron siendo un personaje más. Tanto que en 2015 Gilligan tuvo que pedir a los fans que dejaran de tirar pizzas al tejado de la casa de los White, imitando una escena de la tercera temporada. «No sois los primeros», les dijo.
La cámara. Desde la segunda temporada el director de fotografía fue Michael Slovis. La serie se rodó sobre todo en película de 35 mm, y se usó el digital para los planos imposibles: la cámara en el punto de vista de un objeto, los time-lapse de nubes sobre el desierto. Encuadres que en otra serie serían un capricho y aquí son idioma.
El legado
Los números: 16 Emmy de 58 nominaciones, entre ellos el de mejor serie dramática en 2013 y 2014. Más de 10 millones de espectadores vieron el último episodio en Estados Unidos, una audiencia que se fue formando, en buena parte, con gente que se puso al día en Netflix entre temporadas.
Otro dato que se cita mal: «según el Guinness, es la serie mejor valorada de la historia». Guinness World Records la incluyó en su edición de 2014, pero el récord se basa en el 99 sobre 100 de su quinta temporada en Metacritic, no en la serie entera, y la propia web de Guinness reconoce otras temporadas con ese mismo 99. Sigue siendo una barbaridad, pero conviene contarlo bien.
Y el universo siguió. Better Call Saul (2015-2022), la precuela centrada en el abogado Saul Goodman (Bob Odenkirk), tiene seis temporadas y para muchos está a la altura de la original; batió un récord triste: 53 nominaciones al Emmy y ninguna estatuilla. El Camino (2019), estrenada en Netflix el 11 de octubre de ese año, es un epílogo: no la veas hasta terminar la serie.
Mi detalle favorito no tiene que ver con premios. El 4 de octubre de 2013, un grupo de fans pagó una esquela de Walter White en el Albuquerque Journal y después organizó un funeral de broma que recaudó casi 17.000 dólares para la atención sanitaria de personas sin hogar.
Dónde verla hoy en España
Cuando escribo esto, a mediados de octubre de 2026, Breaking Bad, Better Call Saul y El Camino están en Netflix en España, según JustWatch, y la serie también aparece a la venta en Apple TV. Los catálogos cambian sin avisar, así que compruébalo antes. Y por vías legales: la gente que la hizo se lo merece.
Si nunca la has visto, un consejo: aguanta la primera temporada. Es la más corta y la más lenta, y es la que coloca todas las piezas en el tablero.
La flecha y el círculo
Los Soprano es un círculo perfecto: un hombre que da vueltas sobre sí mismo durante seis temporadas, y una serie con el valor de decirte que quizá la gente no cambia nunca. Breaking Bad es una flecha: un hombre corriente que decide, episodio a episodio, convertirse en otra cosa, y una serie con el valor de llevar esa decisión hasta el final, sin trampas y sin estirarse una temporada de más.
Gilligan siempre ha dicho que sin Tony Soprano no habría existido Walter White, y tiene razón. Pero creo que el alumno superó al maestro. No por ser más oscuro ni más premiado, sino por algo más difícil: saber exactamente adónde iba desde el primer pantalón cayendo del cielo, y llegar.
Por eso es mi serie favorita. La he visto tres veces y ando pensando en empezar la cuarta, a ver qué descubro esta vez. Y por eso, si no la has visto, te envidio un poco: todavía tienes por delante a Mr. Chips.