Javier Valencia Javier Valencia
Un escritorio con un portátil, una libreta y un café

Un mes publicando a diario: balance

Javier Valencia · · 7 min de lectura · 2 visitas · Personal
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Hoy hace un mes que empecé a publicar un post diario en este blog. Treinta días consecutivos, treinta piezas, treinta momentos en los que he tenido que decidir sobre qué escribir, cómo empezarlo y cuándo dar un texto por terminado. El experimento tiene una lógica sencilla: llevaba años diciéndome que quería escribir más y no lo hacía. Cuando algo no sale solo, la única forma que conozco de arrancarlo es convertirlo en obligación pública. Este post es el balance de ese mes.

Escritorio con portátil abierto y café

Qué esperaba y qué no

Empecé con dos miedos claros. El primero, quedarme sin ideas a la semana. El segundo, que la calidad cayera en picado a partir del día diez y tuviera que decidir entre bajar el estándar o abandonar el plan.

Ninguna de las dos cosas ha pasado, aunque por razones distintas a las que esperaba.

Las ideas no se han agotado porque pronto descubrí que el problema no era falta de temas sino exceso. Una vez abres la mano y te das permiso para escribir sobre cualquier cosa (técnica, personal, anécdotas, opiniones sueltas), te encuentras con una lista creciente de borradores, ideas a medias y fragmentos. Lo difícil no es tener sobre qué escribir: es decidir qué publicar hoy cuando tienes siete temas esperando.

La calidad, por otro lado, sí ha fluctuado. No de forma catastrófica, pero sí ha habido días en los que he publicado un texto que, con tres días más, habría sido bastante mejor. Con el tiempo he aprendido que eso está bien. Un blog personal no es una revista literaria. Publicar un texto correcto vale más que no publicar uno excelente.

El tiempo real que cuesta

Antes del experimento, si alguien me hubiera preguntado cuánto tardo en escribir un post, habría dicho que unas dos horas. La realidad, con treinta posts de muestra, es otra: la media está cerca de las tres horas por post, si sumamos la idea inicial, el borrador, la edición y las revisiones finales.

Tres horas por día, treinta días, noventa horas al mes. Es un compromiso de tiempo enorme para un proyecto personal. No lo podía sostener indefinidamente y lo sabía desde el principio. Era un experimento con fecha de caducidad: un mes, y luego reevaluar.

Libreta con notas manuscritas

Lo interesante es que no todas las tres horas son iguales. Las primeras dos son el trabajo duro: bajar la idea, estructurar, encontrar el ángulo. La tercera es pulido: releer, cortar, ajustar. Con más práctica, probablemente podría bajar la media a dos horas por post. Pero dos horas diarias en algo que no genera ingresos directos sigue siendo mucho.

Qué he publicado

De los treinta posts, unos doce son técnicos (Go, DevOps, bases de datos, herramientas), diez son personales (reflexiones, rutinas, reseñas de películas y series) y ocho son híbridos (reflexiones sobre la vida adulta con un componente técnico o lifestyle local).

Los técnicos son los más fáciles de escribir porque son los más estructurados. Sé de qué hablo, hay una secuencia natural (problema, contexto, solución, ejemplos) y las objeciones las he oído mil veces. En tres horas sale un post técnico decente sin demasiada fricción.

Los personales son lentos. Lo que debería ser fácil ("escribir sobre lo que piensas") es en realidad lo más difícil, porque exige decidir qué cuentas y qué no, y cómo lo cuentas sin sonar presuntuoso ni plano. He reescrito posts personales tres o cuatro veces cuando la primera versión sonaba a postureo. Los técnicos rara vez necesitan tanto trabajo.

Lo que ha pasado con los lectores

En cifras, el blog ha pasado de ser visitado por nadie a ser visitado por muy poca gente. Pero ha habido un patrón interesante: los posts que yo esperaba que funcionaran bien (los técnicos más profundos) han tenido lecturas menores que los posts personales, que pensaba que no interesarían a nadie.

Gráfica de visitas del blog

El post sobre por qué sigo leyendo en papel en 2026 ha tenido cuatro veces más visitas que el post sobre generics en Go, que fue el más ambicioso técnicamente del mes. Esto no me sorprende del todo (los textos con ángulo personal suelen difundirse más) pero sí me ha hecho replantear qué tipo de blog quiero tener. Si solo persigo tráfico, la estrategia es clara. Pero creo que quiero un equilibrio, aunque el algoritmo premie un lado sobre otro.

La disciplina fue más fácil de lo que pensaba

Hay una trampa común en los retos de "publicar todos los días durante X": los primeros tres días son fáciles, los siguientes diez son duros, del once al veinte es cuando la gente abandona, y si sobrevives al veinte, los últimos diez se vuelven fáciles de nuevo porque ya tienes momentum.

En mi caso el patrón fue similar pero menos doloroso de lo que anticipaba. La clave fue una decisión inicial: nunca escribir el post del día el mismo día. Siempre tenía un borrador, como mínimo, adelantado. Esto significa que nunca me he encontrado a las once de la noche sin saber qué publicar al día siguiente. El estrés del "no tengo nada" no ha existido porque el sistema estaba diseñado para evitarlo.

Cuando una máquina de escribir a diario se rompe, casi siempre es por falta de reservas. Si tienes tres borradores por delante, una mala tarde no te obliga a publicar basura; simplemente usas uno de los que tenías listos.

Lo que no ha funcionado

Hubo dos cosas que intenté y que tuve que abandonar.

La primera fue un intento de planificar por categorías: lunes técnico, martes personal, etc. En teoría suena bien, en la práctica fue rígido. A veces la idea que tenía madurada era técnica en un día "personal" según el plan, y terminaba publicando algo forzado solo para cumplir la categoría. Al cabo de una semana lo dejé correr. Mejor publicar lo que está listo que lo que toca.

La segunda fue incluir fotografías propias. La idea era añadir una foto mía al principio de cada post. Duró cinco días. Hacer una foto decente añade veinte minutos que no tenía, y la mayoría de las veces el texto no necesitaba foto. Volví a un sistema más ligero: una imagen conceptual cuando el post lo pide, nada cuando no.

Lo que sí ha funcionado

Lo que ha funcionado, y me ha sorprendido lo mucho que ha funcionado, es el efecto sobre el resto de mi día. Escribir un post decente requiere un tipo de concentración que es incompatible con estar disperso. Para escribir bien, tengo que haber pensado bien. Y pensar bien es un músculo que he ido reactivando con este mes.

He notado que los días que escribo son días con más energía, no menos. Es contraintuitivo: uno pensaría que después de tres horas de escritura estaría agotado. Y sí, lo estoy físicamente, pero mentalmente estoy más enfocado el resto del día. Es un tipo de ordenación mental que, ahora que lo tengo, no quiero perder.

También ha sido un ejercicio de autoconocimiento. Escribir obliga a articular. Muchas cosas que creía pensar con claridad resulta que las pensaba con mucha bruma. Sentarme a escribir sobre ellas me ha obligado a formularlas, y formular cosas cambia cómo las entiendes.

¿Lo vuelvo a hacer?

No un mes seguido. Pero sí un hábito regular, probablemente tres o cuatro posts por semana. La intensidad del mes diario era insostenible con mi vida (trabajo, familia, otros compromisos) pero el hábito más moderado es completamente realista.

El formato que voy a probar a partir de mañana es: cinco o seis posts a la semana, mezcla de técnicos y personales, sin días fijos pero con un mínimo semanal. Si un día no hay post, no pasa nada. El objetivo es mantener el músculo activo sin convertir la escritura en una obligación pesada.

La conclusión

Un mes de publicación diaria en un blog personal no te va a cambiar la vida, pero sí te va a enseñar bastantes cosas sobre ti. Aprendes cuánto sabes sobre los temas que creías dominar. Aprendes cuánto te cuesta articular lo que piensas. Aprendes qué tipo de contenido te sale solo y cuál tienes que forzar. Aprendes que el miedo al folio en blanco se disuelve cuando no queda más remedio que llenarlo.

Lo que queda cuando pasa un mes así es algo difícil de cuantificar pero muy claro de sentir: la confianza de que eres capaz de producir, de que tienes cosas que decir, de que escribir no es algo reservado para profesionales. En el peor de los casos, has escrito treinta textos mediocres. En el mejor, has construido una prueba pública de que te dedicas a pensar en voz alta. A mí me ha merecido la pena. Y eso basta.