# La vuelta al cole cuando ya solo queda una

Ayer por la tarde compré un rotulador permanente, una plancha de forro adhesivo y un paquete de etiquetas con nombre. Antes de eso, estuve diez minutos delante del expositor calculando cuánto forro necesitaba. Diez minutos. Hubo un tiempo en que esa cuenta la hacía en la puerta del bazar, sin mirar, porque me la sabía: **tres**. Tres de todo. Este año la respuesta era uno y he tardado diez minutos en aceptarlo.

Es el noveno o décimo septiembre que escribo sobre lo mismo sin escribirlo. La vuelta al cole no es un trámite: es el único calendario honesto que tiene una casa con hijos. El de enero es una convención; el de septiembre te dice, sin adornos, cuántos años han pasado y en qué punto estás.

## El septiembre de la logística

Cuando eran tres, septiembre era una operación militar de tres semanas. Había un cuaderno —de papel, con anillas— donde iba anotando lo que faltaba, y una carpeta con los tres listados del colegio, que nunca coincidían en nada salvo en la marca de la libreta de cuadrícula.

Los uniformes se probaban en cadena, y el veredicto era siempre el mismo: la mayor había pegado el estirón, a la mediana le venía bien lo de la mayor pero no lo quería porque era «de la mayor», y a la pequeña le quedaba todo grande y le daba igual. Los zapatos, que era la única partida donde no cabía la herencia, se compraban el mismo día las tres, en la misma tienda, con el mismo dependiente pidiendo paciencia y yo mirando el tique con una calculadora en la cabeza.

Luego venía la noche del forrado. Ana y yo en la mesa del salón, la tele de fondo, el rollo de plástico, la regla, el cúter, y esa técnica que uno perfecciona sin querer para sacar las burbujas empujándolas hacia el borde con el canto de la mano. Una hora larga. A veces dos. Etiquetas con nombre en todo, incluido el estuche, incluidas las tijeras, incluida la bata, porque en un colegio con cuatrocientos niños **todo lo que no lleva nombre deja de existir a la tercera semana**.

Yo protestaba mucho, de boquilla. Decía que era absurdo, que los libros digitales acabarían con esto, que por qué había que comprar un compás si nadie usa el compás. Y era mentira. Me gustaba. Me gustaba la mesa llena, el ruido, las tres discutiendo por el color de la carpeta, la sensación física de estar preparando algo. Solo que entonces no lo sabía, porque no había manera de saberlo.

## El septiembre de este año

Este año la mesa está bastante vacía.

Las dos mayores hace tiempo que se organizan solas. Ya conté que [me hacen pasar vergüenza](/sobre-mi), y es la verdad más pacífica de esta casa: son independientes, tienen sus horarios, sus cosas, sus decisiones, y en septiembre no me necesitan para nada más que para lo que necesita cualquier adulto de su padre, que es saber que está. Si compran libros, los compran ellas. Si necesitan algo, lo dicen. La logística ha desaparecido y lo que ha quedado debajo es otra cosa, más tranquila y más difícil de describir.

Así que el operativo de septiembre es ahora **para Penélope**, la pequeña. Y para una sola persona el operativo no es un operativo: es un recado. Una tarde. Un listado. Un carro medio lleno. El forrado se hace en cuarenta minutos y sobra plástico, que se queda en el cajón de abajo hasta el año que viene, como una especie de reproche silencioso.

Lo raro no es que haya menos trabajo. Lo raro es lo que hace el silencio con el trabajo que queda. Forrando un libro solo, sin nadie discutiendo al lado, te da tiempo a pensar, y pensar en septiembre con un cúter en la mano no es siempre buena idea.

## Lo que no se ve en la lista del colegio

Hay una cosa que nadie te cuenta de tener hijos con años de diferencia, y es que **no vives una infancia: vives tres, escalonadas, y las tres terminan por separado**. No hay un día en el que se acabe. Hay un día en el que se acaba lo de la mayor y sigue lo de las otras dos, y luego un día en el que se acaba lo de la mediana, y todavía te queda una, así que apenas te enteras. La casa se va vaciando por capas, muy despacio, y como cada capa es pequeña nunca es el momento de ponerse dramático.

Hasta que llega un septiembre en el que compras un rollo de forro en lugar de tres, y toda la resta que llevabas años sin hacer te la hacen de golpe en la caja del bazar.

No lo digo con pena, o no solo. Que tus hijas se hagan independientes es exactamente lo que estabas intentando conseguir; quejarse de haberlo logrado sería de una desvergüenza considerable. Escribí hace tiempo sobre [lo que nadie te cuenta de ser padre de tres hijas](/post/padre-de-tres-hijas-lo-que-nadie-te-dice), y si tuviera que añadirle un capítulo hoy sería este: el éxito de este trabajo consiste en volverte progresivamente innecesario, y la factura la pagas en septiembres.

## La foto de la puerta

Hay un rito que sí ha sobrevivido a las tres, y es la foto del primer día en la puerta de casa.

Empezó sin ninguna intención de ser nada. La mayor tenía tres años, iba con una mochila que le llegaba a las corvas, y yo hice una foto porque hacía fotos de todo. Al año siguiente la hice otra vez en el mismo sitio, no por sentimentalismo sino por pereza: la puerta estaba ahí. A la tercera ya era ley no escrita, y a partir de entonces ninguna se ha librado, ni siquiera en los años en que posar delante de tu padre a las ocho de la mañana era el peor plan imaginable.

Tengo esas fotos ordenadas por año y son, con diferencia, **el documento más honesto que existe sobre esta familia**. No porque salgan guapas —hay años en que salen espantosas, con el pelo mojado y cara de sueño— sino porque están hechas siempre en el mismo encuadre, con la misma luz de septiembre a las ocho y cuarto, y eso convierte una tontería en una serie. En una se ve una mochila nueva. En otra, un brazo escayolado que yo ya había olvidado por completo. En otra, la mayor ya no está porque ese año empezó la universidad más tarde, y esa ausencia en el marco cuenta más que cualquier cosa que yo pudiera escribir.

Este año la foto será de una. Y como llevo doce años haciendo la misma foto, sé exactamente lo que va a pasar: dentro de otros doce la miraré y lo que me llamará la atención no será Penélope, sino **el hueco a su izquierda**, que en las primeras fotos estaba lleno.

Si alguien está empezando con esto, que haga la foto. Da igual el encuadre, da igual la cámara, da igual que ese día vayáis tarde. Solo que sea siempre el mismo sitio. El valor no está en ninguna de las fotos: está en la fila.

## Septiembre como año nuevo

Estoy convencido de que el año empieza ahora. No en enero, con esa liturgia de propósitos que se cae sola el 12 de febrero.

En septiembre cambian las cosas de verdad. Cambian los horarios, se acaban las cenas a las once, vuelven las alarmas, vuelve el tráfico de las ocho y cuarto, [se retira la marea de agosto](/post/turismo-y-comercio-local-en-la-costa-del-sol) y el pueblo recupera su tamaño. La Costa del Sol en septiembre es una cosa distinta: el mar está mejor que en agosto, la gente que queda es la que vive aquí, y hay una calma en el paseo marítimo que en julio parecía imposible. Cada año pienso lo mismo, que este es el mes bueno, y cada año se me olvida hasta el siguiente.

Y cambian las rutinas, que es lo que a mí de verdad me sostiene. Vuelvo a levantarme a la misma hora, vuelvo a tener las mañanas ordenadas, vuelvo a poder trabajar tres horas seguidas sin que nadie entre a preguntar si hay helado. La libertad de agosto es estupenda durante dos semanas y después se convierte en una especie de niebla. Septiembre trae el marco de vuelta, y yo funciono mucho mejor dentro de un marco.

## El truco que sí me ha servido

Voy a dejar aquí lo único que me parece un consejo utilizable, por si alguien está en el septiembre de los tres forros.

**No delegues el forrado.** Ni el etiquetado, ni la compra de zapatos, ni la firma de las autorizaciones. Es tentador, porque es trabajo tonto y repetitivo y uno tiene cosas más importantes que hacer. Pero es de las poquísimas actividades que compartes con un hijo donde no hay pantalla, no hay prisa, hay una tarea con principio y final, y se puede hablar de cualquier cosa mientras las manos están ocupadas. La mitad de las conversaciones importantes que he tenido con mis hijas ocurrieron con un rollo de plástico entre las manos, precisamente porque **nadie estaba mirando a nadie a los ojos**. Con adolescentes eso vale su peso en oro.

Yo eso lo entendí tarde, cuando ya solo quedaban dos. Ahora, con una, lo hago a propósito y sin prisa, y si tardamos cuarenta minutos en un libro que se forra en ocho, pues tardamos cuarenta.

## Y el año que viene

El año que viene compraré otra vez un rollo. Y en algún septiembre que ya no está tan lejos no compraré ninguno, y esa tarde tendré que inventarme otra cosa que hacer con las manos.

Mientras tanto, este sábado toca comprar los zapatos. Una sola talla, un solo par, un solo tique. Media hora escasa.

Voy a hacerla durar lo que pueda.
