# Guardar silencio: cuándo es fuerza y cuándo es solo tragar

Hay una frase que circula mucho últimamente, de esas que se comparten con fondo negro y letra blanca. Dice exactamente esto:

> «Cuando te juzguen, guarda silencio. Cuando te subestimen, guarda silencio. Cuando te digan que no estás a la altura, guarda silencio. No porque seas débil, sino porque el silencio puede ser la respuesta más contundente. La verdadera fuerza nunca necesita levantar la voz.»

La leí dos veces. La primera pensé que tenía razón. La segunda pensé que tenía razón a medias, y que la mitad que falta es la que importa.

Me pasó lo mismo hace poco con [la frase de Séneca que circula en tazas](/post/seneca-miedo-al-futuro-y-recuerdo-del-pasado): una idea con siglos de tradición detrás, recortada hasta caber en una pantalla de móvil, y por el camino se pierde justo la parte que te dice cuándo aplicarla. Así que hice lo mismo que entonces: ir a buscar de dónde viene esto de callar y qué se ha quedado fuera de la frase.

## Una idea muy vieja

La tradición es enorme, así que me quedo con unas cuantas voces.

**Pitágoras** es el caso extremo. Según cuenta Diógenes Laercio en sus *Vidas de los filósofos* (libro VIII, 10), los discípulos que entraban en su escuela tenían que pasar **cinco años en silencio**, escuchando sus lecciones sin llegar a verle, hasta superar un examen. Hay que tomarlo con pinzas, porque Diógenes escribió siete u ocho siglos después. Pero fíjate en qué tipo de silencio es: no sirve para responder a nadie, sirve para **aprender**. Callas porque todavía no sabes lo suficiente.

El **Eclesiastés**, en ese capítulo 3 que todo el mundo conoce aunque no sepa que lo conoce, lo dice con una simetría que la frase se ha comido: «tiempo de callar, y tiempo de hablar». Las dos cosas. En la misma línea y con el mismo peso.

Y luego están los estoicos, que son los que más se parecen a la frase y, precisamente por eso, los que mejor la desmontan.

**Epicteto**, el esclavo liberto que acabó siendo uno de los grandes maestros estoicos, tiene en el *Enquiridión* frases que podría firmar quien la escribió. En el capítulo 33 aconseja: «Calla la mayor parte del tiempo, o di solo lo necesario y en pocas palabras». En el 20 explica por qué: no es el que te insulta o te golpea quien te ofende, sino **tu opinión de que eso es una ofensa**. Y añade un detalle práctico que me encanta: si consigues ganar tiempo, te dominarás con más facilidad.

Pero en ese mismo capítulo 33 hay un consejo que me parece mucho mejor que el de la frase. Si alguien te cuenta que fulano habla mal de ti, dice Epicteto, no te pongas a justificarte. Contesta: **«Se ve que no conocía mis otros defectos; si no, no habría mencionado solo esos»**.

Eso no es silencio. Es una respuesta: breve, con humor, sin rencor y sin levantar la voz. El maestro estoico del no reaccionar no te dice que te calles: te dice que no te defiendas, que es otra cosa.

## Séneca y la pausa

**Séneca** dedicó a esto un tratado entero, *De ira*, y en él está la idea que más me sirve. En el libro II (29, 1) la formula sin rodeos: *maximum remedium irae mora est*. El mayor remedio de la ira es la demora. La ira tiene sus primeros golpes muy fuertes, dice, pero si espera, se apaga. En el libro III añade algo que me hace gracia: *nemo se differt*. Nadie se aplaza a sí mismo. Aplazamos el dentista, la declaración de la renta y la llamada al seguro, pero la respuesta al que nos ha ofendido la queremos mandar ya.

En el mismo tratado cuenta dos anécdotas que explican mejor que cualquier frase con fondo negro lo que es la fuerza que no levanta la voz.

La primera es de **Catón**. Alguien le golpeó en los baños sin saber quién era; cuando luego fue a disculparse, Catón le contestó: «No recuerdo que me hayan golpeado». Séneca comenta que le pareció mejor no darse por enterado que vengarse (II, 32).

La segunda es de **Sócrates**, y es mi favorita. Cuenta Séneca (III, 13, 3) que en Sócrates la señal de que estaba enfadado era que **bajaba la voz y hablaba menos**. Ahí está el remate de la frase, con veinticuatro siglos de antigüedad. Pero fíjate: Sócrates bajaba la voz. **No se callaba**. Seguía en la conversación, solo que más despacio.

Y **Marco Aurelio**, en el libro VI de las *Meditaciones*, lo resume en una línea que vale por casi todo lo anterior: la mejor manera de vengarte es **no parecerte** a quien te ha hecho daño.

## Las citas que se cuelan

Este tema atrae citas apócrifas como la miel a las moscas. Tres que me he encontrado buscando:

**«Es mejor callar y parecer tonto que hablar y despejar las dudas.»** Se atribuye a Lincoln o a Mark Twain, según el día. Quote Investigator no ha encontrado ninguna prueba de que la dijera ninguno de los dos: la primera atribución a Lincoln aparece en una revista de 1931, sesenta y seis años después de su muerte. La versión más antigua conocida está en un libro de humor de Maurice Switzer, *Mrs. Goose, Her Book*, de 1906. La idea es mucho más vieja y está en Proverbios 17, 28: «Aun el necio, cuando calla, es contado por sabio».

**«Eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices.»** Hay quien se la atribuye a Freud, quien a Aristóteles. No he encontrado a nadie que dé la obra y la página. Funciona mejor como lo que probablemente es: un refrán sin dueño, y no por eso peor.

**«De lo que no se puede hablar, hay que callar.»** Esta sí es de quien dicen: es la proposición 7, la última, del *Tractatus logico-philosophicus* de **Wittgenstein**. Pero no tiene nada que ver con no contestar a tu cuñado. Wittgenstein hablaba de **los límites del lenguaje**: de lo que, según él, no se puede decir con proposiciones con sentido, como la ética o lo que llamaba lo místico. Usarla para justificar que no respondes a un mensaje es como citar la teoría de la relatividad para explicar por qué llegas tarde.

## Cuándo callar es fuerza

Dicho esto, la frase tiene su parte de verdad y no quiero despacharla con desprecio de señor que lee a los clásicos.

Hay un silencio que es fuerza, y casi siempre lo descubrimos por haberlo echado de menos. Es el del correo en caliente. Te llega algo injusto, o algo que te parece injusto, que no es lo mismo, y los dedos ya están escribiendo la respuesta antes de que la cabeza termine de leer. Yo he escrito más de un correo de esos que se quedan en borradores. Ninguno de los que no envié me ha traído problemas. De los que sí envié no puedo decir lo mismo.

Es lo mismo que pasa en los grupos de WhatsApp. En [el de mis amigos](/post/el-grupo-de-whatsapp-de-los-amigos) hubo una discusión política que casi se lo lleva por delante, y lo que lo salvó no fue el mejor argumento: fue que alguien dejó pasar dos horas y mandó un meme. Esas dos horas hicieron más que cualquier réplica.

**Pascal** dejó escrito en sus *Pensamientos*, en el fragmento sobre la diversión, que **toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación**. Él hablaba de nuestra incapacidad para estar a solas sin buscar distracciones, no de insultos. Pero la tentación de contestar tiene mucho de eso. Lo que no soportamos no es la ofensa, es quedarnos quietos con ella.

De ahí sale la distinción que me parece más útil de todo este asunto: **responder no es lo mismo que reaccionar**. Reaccionar es inmediato y sale del estómago. Responder es lo que haces después de la *mora* de Séneca, cuando ya has decidido si merece la pena decir algo. A veces, tras la pausa, la respuesta es el silencio. Pero entonces es un silencio elegido, no uno que te ha pasado por encima.

Y hay otro silencio que es fuerza y que la frase ni menciona: **el de escuchar**. El de los discípulos de Pitágoras. Callarse no para castigar ni para aguantar, sino porque el otro está diciendo algo y todavía no lo has entendido. En ese mismo grupo hay un amigo que lleva dos años sin escribir y que, cuando quedamos, demuestra que lo ha leído todo. Nadie está tan dentro de esa conversación.

## Cuándo callar no es fuerza

Ahora la otra mitad, la que no cabe en cinco líneas.

**Está el silencio cómplice.** En su *Carta desde la cárcel de Birmingham*, fechada el 16 de abril de 1963, Martin Luther King escribió que su generación tendría que arrepentirse no solo de las palabras y los actos de los malos, sino del **«espantoso silencio de los buenos»** (*the appalling silence of the good people*). Por cierto, la frase de King que más circula sobre esto («Al final no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos») no aparece, que se sepa, en ninguno de sus textos publicados. La de Birmingham sí está, y es mejor. Cuando a quien juzgan, subestiman o humillan no es a ti sino a otro, callarse no tiene nada de fuerza. Es comodidad.

**Está el silencio como castigo.** Lo que se suele llamar la *ley del hielo*, o hacerle el vacío a alguien. El psicólogo John Gottman, que lleva décadas estudiando parejas, identificó cuatro conductas que anuncian que una relación va mal y las llamó **los cuatro jinetes**: la crítica, el desprecio, la actitud defensiva y lo que en inglés se llama *stonewalling*, levantar un muro de piedra. Uno de los dos se cierra, deja de responder, mira el móvil. Desde fuera parece calma; por dentro, dice Gottman, suele ser alguien desbordado, con el pulso disparado, que se ha desconectado para no estallar.

Lo curioso es que el antídoto que propone Gottman también es un silencio, pero de otra clase: parar la discusión, decir que necesitas un descanso y tomarte al menos veinte minutos para calmarte antes de volver. Es la *mora* de Séneca con instrucciones de uso. La diferencia entre el muro y la pausa es muy simple: **la pausa avisa de que va a volver**. El muro no avisa de nada.

**Y está el silencio de tragar.** Hay gente que no guarda silencio: lo acumula. Cada cosa que se calla va a un cajón, y un día el cajón no cierra y sale todo junto, desproporcionado y en el peor momento. Guardar silencio y tragar se parecen por fuera y son contrarios por dentro. Del primero sales más ligero. Del segundo, con una cuenta pendiente que alguien acabará pagando, normalmente quien menos la debe.

Por último, **el silencio por miedo**. Callarse porque no te atreves no tiene nada de estoico, por mucho que te lo cuentes así. Decir algo con serenidad es justo de lo que, según Epicteto, sí depende de nosotros.

## «Cuando te digan que no estás a la altura»

Hay algo de la frase que me chirrió desde el principio: mete en el mismo saco tres situaciones que no tienen nada que ver.

Que te juzguen es la opinión de otro, y Epicteto tiene razón: no te hace nada si no se lo permites. Que te subestimen es otra cosa, y ahí el silencio tiene su encanto, porque la respuesta suele llegar sola cuando haces lo que nadie esperaba.

Pero que te digan que no estás a la altura puede ser, sencillamente, **verdad**. A veces quien te lo dice tiene razón, o una parte de razón, y en ese caso la respuesta más contundente no es el silencio digno: es ponerte a trabajar. O preguntar qué es exactamente lo que falta, que requiere hablar. Con cuarenta y muchos he tenido tiempo de comprobar que algunas de las críticas que más me molestaron eran también de las más acertadas. Si a todas les hubiera respondido con un silencio de estatua, me habría quedado muy digno y bastante igual.

Y cuando es puro desprecio, a veces lo más fuerte tampoco es callar, sino una frase serena en el momento justo. La de Epicteto sobre los otros defectos. La de Catón en los baños. Una sola, sin subir el tono, y a otra cosa.

## Lo que me quedo

Me quedo con Sócrates bajando la voz. Es mejor imagen que la de la frase porque recoge lo que esta tiene de cierto, que la fuerza no necesita gritar, sin la parte que falla: que la fuerza consista en desaparecer de la conversación.

Y me quedo con el Eclesiastés, que en una sola línea dijo lo que este post ha tardado dos mil palabras en decir. Hay tiempo de callar y tiempo de hablar. Lo difícil nunca ha sido elegir, sino saber en cuál de los dos estás. Para eso no hay frase que valga: hay que dejar pasar un rato, escuchar y, solo entonces, decidir.

La frase se lee en cinco segundos. Aprender a distinguir una cosa de otra lleva bastante más.
