# Cinco Riojas y cinco Riberas que siempre salen bien

Este post lleva años escribiéndose solo en las sobremesas. Cada vez que alguien me pide que le recomiende un vino doy más o menos los mismos nombres, y cada vez pienso «esto debería estar apuntado en algún sitio». Pues ya está. Antes de empezar, la declaración de intenciones de rigor, la misma que abría mi serie de [paellas](/search?tag=paellas): **no soy sumiller**. No tengo curso, no distingo un suelo calcáreo de uno arcilloso y jamás me oiréis decir que un vino tiene «un final largo con recuerdos de cuero ruso». Soy un bebedor aficionado con más de veinte años de práctica constante, un título que no se cuelga en ninguna pared pero que se gana copa a copa. Aquí no hay canon ni verdad revelada: esto es, simplemente, lo que a mí me gusta beber.

Y como todo bebedor español, he heredado una guerra: **Rioja contra Ribera**. En cualquier barra de este país hay un señor dispuesto a defender una de las dos con una vehemencia que no le he visto ni hablando de política. El de Rioja acusa al de Ribera de beber músculo con alcohol; el de Ribera acusa al de Rioja de beber vainilla con nostalgia. Yo he tomado la única postura decente: la traición permanente a los dos bandos. Bebo de ambas según el plato, el día y la compañía, y este post es mi manera de no mojarme mojándome del todo: cinco de cada.

Dos avisos. Uno: aquí no hay botellas heroicas; todo se encuentra en un **supermercado bueno, una tienda de barrio o cualquier vinoteca normal**. Dos: no doy añadas ni puntuaciones, porque no las apunto y porque sospecho que a ti tampoco te importan. Como mucho diré si un vino es de diario o de ocasión, que es la única clasificación que uso.

## Los cinco de Rioja

**Ramón Bilbao Crianza**. Mi Rioja de diario, el que compro sin pensar cuando el carro ya va lleno. Fruta roja por delante, la vainilla justa de la barrica por detrás, y una suavidad que no aburre: se deja beber sin pedir atención, que es lo que uno quiere un martes. Es el vino que abro con una pasta, una pizza casera o unas croquetas, y el que llevo cuando no sé qué llevar, porque no ha decepcionado a nadie nunca. Hay vinos mejores; hay pocos tan difíciles de fallar.

**Luis Cañas Crianza**. El descubrimiento que más he recomendado en los últimos años, y me atrevo a decir que se vende **por debajo de lo que debería costar**. Es alavés, jugoso, con la fruta muy viva y un trago fresco que pide el siguiente sin que te des cuenta. Donde otros crianzas se ponen serios, este se mantiene alegre. Para mí es vino de tapeo elevado: embutido bueno, unas gildas, queso curado y conversación larga. Si el señor de la barra pro-Rioja quisiera ganar adeptos, regalaría botellas de este.

**Marqués de Riscal Reserva**. El de la malla dorada, el clásico entre los clásicos, el que estaba en las celebraciones familiares antes de que ninguno de nosotros supiera nada de vino. Y aquí viene lo importante: sigue mereciendo el puesto. Elegante, suave, con esa madera bien educada que no tapa la fruta, es el reserva que entiende todo el mundo a la primera. Yo lo abro en comidas de familia con asado o cordero, y funciona además como regalo infalible: nadie ha torcido el gesto jamás al ver esa malla.

**Muga Reserva**. Si tuviera que explicarle a alguien qué es un Rioja hecho con mimo, abriría un Muga. En Haro trabajan la barrica como pocos, y se nota en un vino redondo, sedoso, donde fruta y madera van cogidas del brazo en vez de pisarse. Es mi tinto de guiso de invierno: unas carrilleras, un estofado, una sobremesa que se alarga hasta que fuera se hace de noche. De los diez de esta lista, probablemente el que más consenso genera: gusta al que sabe y al que no, que es el examen más difícil que existe.

**Viña Ardanza Reserva**. El de ocasión, y mi debilidad confesa. Es el Rioja de los de antes, el de La Rioja Alta, con su punto de garnacha y su crianza larga y paciente: sabe a fruta madura, a vainilla vieja, a algo antiguo en el mejor sentido de la palabra, como un mueble bien barnizado en una casa donde se vive bien. No es vino de diario ni por precio ni por carácter; es el que guardo para cuando hay algo que celebrar aunque sea pequeño. Con lechazo o simplemente con tiempo por delante, es de las alegrías más seguras que conozco.

## Los cinco de Ribera

**Protos Crianza**. El embajador de la denominación, el que está en todas partes, y menos mal. Más oscuro y con más músculo que sus primos riojanos, fruta negra, cuerpo serio, un vino que entra dando la mano fuerte. Es mi Ribera de cabecera para carne a la brasa: chuletillas, churrasco, cualquier cosa que haya pasado por fuego de verdad. Ser el más conocido le ha ganado cierta condescendencia entre los exquisitos; yo lo sigo abriendo tan tranquilo, porque cumple una y otra vez.

**Emilio Moro**. El vino que lleva el nombre de la casa, y el que yo usaría para convertir a un riojano irredento. Tiene toda la potencia de la Ribera pero con una fruta tan limpia y tan elegante que no hace falta ser de ningún bando para disfrutarlo. Es de los que huelen bien nada más servirse, sin esperas ni liturgias. Va igual de bien con un arroz de carne que con un simple plato de jamón, y es de esos nombres que, dichos en voz alta en una comida, hacen quedar bien sin parecer que lo intentas.

**Tinto Pesquera Crianza**. El vino de Alejandro Fernández, el hombre que puso a la Ribera en el mapa, y se nota que tiene carácter de fundador: fruta seria, nervio, una personalidad que no pide permiso. Este es mi vino de chuletón sin discusión posible — incluida [mi paella de chuletón](/post/paellas-amateur-chuleton), que ya conté que era una herejía y que con este vino asciende a herejía solemne. No es un tinto de fondo musical: o le prestas atención, o te la quita él.

**Pago de los Capellanes Crianza**. El favorito de mi vinoteca de confianza, y el más fino de mis cinco riberas. Barrica francesa, fruta negra pulida, flores por algún sitio si te concentras: un vino elegante sin ser tímido, que demuestra que en la Ribera también se puede susurrar. Lo reservo para cenas de pocas personas donde el vino va a ser tema de conversación, porque aguanta el examen. Si quieres impresionar sin ir de listo, es difícil elegir mejor.

**Arzuaga Crianza**. El clásico de restaurante bueno, ese nombre que aparece en la carta y hace que todo el mundo en la mesa asienta. Potente, carnoso, con la madera bien puesta, es un vino que no entiende de medias tintas: pide asado, pide invierno, pide mantel. En casa lo abro cuando el horno lleva encendido toda la mañana y la casa entera huele a domingo. De ocasión moderada, digamos: no es de diario, pero tampoco hace falta que sea tu cumpleaños.

## ¿Y quién gana?

La respuesta seria es que depende del plato: la Rioja perdona más y acompaña mejor; la Ribera exige más y abraza más fuerte. La respuesta honesta es que gana el que esté abierto. Y la respuesta completa es que esta lista son diez opiniones de aficionado, discutibles todas, que es exactamente para lo que están las sobremesas. Si tu favorito no sale, no es un veredicto: es que en mi mesa todavía no le ha llegado el turno. Tráelo y lo arreglamos.
